Tsukuba Monogatari-prólogo

Publicado en Misc, The art con etiquetas , , el Febrero 6, 2010 por azuma

Muchas personas asumen que mi color favorito es el negro.  Desde hace algunos años comencé la práctica de agregar prendas de este tono en mi clóset. Lo primero que adquirí fue una chaqueta Adidas en los primeros meses de mi estadía en Tokyo. Me había llamado la atención el diseño y me armé de valor para tomarla y comprarla. Nunca antes había tenido ropa negra y no es una forma de decir; realmente ésa era la primera vez en mi vida que me atrevía a usar ese color. Las razones dan para una larga historia que dudo que valga la pena contar, pero en palabras simples podría decir que aquella tonalidad me estaba vedada desde mis primeros años. Pero ahí estaba yo en aquel momento, libre, en Tokyo y mirando de frente en el silencio a esa cosa que dice ser mi ser. De pronto se me encarga la tarea de repintar esa silueta grisácea con forma humana, esta vez de la forma que yo quisiera. Y los caminos del Señor son misteriosos.

Así llegamos hasta el día de hoy en el que, guardando la ropa recién lavada me doy cuenta de que tengo una docena de camisas negras, sin contar las camisetas del mismo color. Desperté y tomé conciencia de que me vestía la noche, a pesar de saberlo a medias por mucho tiempo.

Tengo entendido que si uno se refiere a los colores en la luz, el negro es la ausencia del color. En materia de pigmentos esto puede ser más discutible. Cuando el consejero de estudiantes extranjeros me miró irrespetuosamente de la cabeza a los pies, tomó el significado más fácil de toda esa mezcla de códigos que es el vestir y me dijo “te ves triste“. Me hubiese encantado que esa ola de empatía le hubiese durado cuando intentaba inventar excusas para echarme de la universidad. Otro día, había decidido usar un abrigo rojo. Al entrar a mi facultad un profesor me vio y expresó con sorpresa y algo de alegría de que no estaba vistiendo de negro. No volví a usar ese abrigo.

Pero a pesar de todo lo anterior, que quede claro una cosa: mi color favorito no es el negro. No sólo porque desde algunas perspectivas no es considerado un color como dije antes, si no porque no se trata de gustos. Para mí su uso es un deber. Al principio creí que era por la depresión y todo ese cliché. Pero después me di cuenta que no era porque quería decirle al mundo que mi vida era un carro de lágrimas. Me gusta su connotación funeraria, pero es porque es un color de aceptación de los cambios de la vida, de las depresiones incurables, de las fobias, de la lógica propia que sólo se choca una y otra vez con miradas peyorativas.

Ahora que empieza este año me percato de que aquellas garras que me quitan los deseos de vivir, que aquel suspiro que me envenena para que me entregue al sueño por horas infinitas, siempre estarán presentes y serán siempre más definidos que mi sombra. Pero no es porque me haya rendido. Es porque comencé a aprender a bailar en aquellos tonos menores. Y para ello hay que mancharse de negro, encontrarse en la oscuridad.

Ni muerta, ni de parranda

Publicado en Misc con etiquetas el Diciembre 18, 2009 por azuma

Exacto.

Déjenme hacer una visita de médico. Primero que nada quiero expresar la alegría que me produce el que este blog sea leído y comentado. Gracias por seguirme y expresar sus opiniones, o compartir experiencias parecidas, da mucho ánimo para seguir contando más (siempre escribí estas cosas como un monólogo solitario y nunca tuve mucha esperanza de que a otros les interesaría).

Segundo, ¡aquí estoy!. Tengo varios post pendientes que saldrán en un futuro que espero que sea cercano. Últimamente he tenido que librar varias batallas que me han dejado sin aliento y han marchitado mi inspiración; luchas contra el sistema, contra un flujo de vida que uno no desea, contra uno mismo. Pero de ninguna manera tengo intención de dejar morir este blog. Así que, si no les he colmado ya la paciencia, ¡espérenme un poco más!

La Gata Kiku y yo les agradeceremos.

Butterfly! Butterfly! Butterfly!

Publicado en Bunka, Misc con etiquetas , , el Septiembre 7, 2009 por azuma

El timbre sonó a las diez de la noche, cuando extrañamente para esa hora yo me encontraba debajo de la gruesa colcha de mi futón. Me paré lentamente, mis ojos pobremente enfocando porque mis lentes se habían perdido bajo la almohada y me dirigí a la puerta. Divisé la cara de un conocido que una vez había sido compañero mío en mis estudios de japonés y el cual también había terminado en esta universidad campestre. Lo saludé y él estaba pálido. Le pregunté qué sucedía y una sonrisa nerviosa fue la primera respuesta. No sé quién era el que estaba más incómodo.

“Necesito pedirte un favor…” balbuceó al fin y yo en mi somnolienta descortesía no terminaba por abrir la puerta completamente. Le pregunté de qué se trataba esperando que no fuese algo de naturaleza monetaria. Pero el favor en cuestión estaba lejos de cualquier cosa que me imaginara.

“¿Se puede quedar una niña en tu habitación por esta noche? “

“¿Ah?”

Silencio incómodo. Ahora yo sintiéndome impertinente, a pesar de que había sido mi interlocutor el de la interrupción, le pregunté qué diantres sucedía. Es complicado, me contestó. Pero su estatus de conocido no era suficiente como para poder aceptar un favor sin más explicaciones.

Su piel oscilando entre tonos verdosos y azules, murmuró: “Es que acabamos de romper….”

Ahhh.

¿Ah?

No sé cómo mi cara se contrajo en aquel momento, pero sin duda no esbozó una expresión de placer. Pero el chico no mostraba señales de rendirse y yo ahora no podía cerrar la puerta de la pura estupefacción.

“¿Donde está ella?”

“Me está esperando afuera.”

“Mmm…está bien. Pero mañana me tengo que levantar temprano.” afirmé cuidadosamente.

“Gracias. No tenía a quien acudir.

Y al siguiente instante ya se había marchado. Sin saber muy bien en qué pensar, corrí a poner todo más o menos en orden en el pequeño espacio de tiempo de la espera. El timbre volvió a sonar unos minutos después.

Abrí la puerta y junto al chico anterior, se encontraba la llorosa y pálida figura de una joven china. La dejé pasar sin mucha ceremonia y después de darme un parco y nervioso gracias, el muchacho se fue.

Siéntate, ¿quieres algo para tomar?, decía yo tratando de encajar las piezas de este casi onírico momento. ¿Pero por qué estaba yo ofreciendo cosas a este huésped inesperado? Ah, lo que sea. Sin poder ya languidecer en mi futón mientras escuchaba el lejano sonido de la televisión, intentando hilar sueños, me senté con algo de resignación cerca de ella. ¿Estás bien?

Y es ahí cuando la overtura de un gran drama personal comienza a sonar de fondo. Una historia tan triste como común. Acordémonos de Madama Butterfly.

La devota y amable joven china había sido novia de este rubio muchacho por varios años. Ella, enamorada hasta el alma de toda aquella occidentalidad que no podía tener, lo siguió a todas partes y aguantó cualquier capricho. Él que, antes de que ella me dijera ya sabía yo que era poseedor de un carácter complicado, le añadió más detalles escabrosos a la figura de este individuo ojiazul. Ella le cocinaba, le daba hasta el tiempo que no tenía. Al principio, como en todo, fue idílico. Hasta que ella creyó que el único destino de ese amor era el altar. Allí, el pálido ángel de cabellos dorados se convirtió en un ogro casi de un día para otro. Él dejó de llamarla y de querer que lo llamaran. La abandonó con una fría indiferencia.

Un período de tortuosos meses comenzaron para ambos, hasta que en la cúspide de estas tribulaciones, él pareció desaparecer del planeta. Ella supo poco después que había enfermado y, como justo es época de un gran contagio de gripe humana, pensó lo peor. Desde un lejano punto de Tokyo ella tomó el tren, le compró comida y viajó hasta esta comuna en medio de arrozales y telas de araña. Habiendo llegado ya de noche, ella tocó su puerta y él no la dejó entrar en su casa. La lanzó afuera y después de unos momentos de drama, él estaba parado en frente de mi puerta para que yo me hiciese cargo.

Ella no podía entender el repentino cambio de personalidad de su Pinkerton, yo no podía decirle que no podía ser más obvio. No dormí en toda la noche escuchando sus lamentos; ella temblaba ante la idea de verse sin su rubio acompañante. En una ocasión hasta se había puesto a leer libros sobre las famosas diferencias entre hombres y mujeres para poder entender la repentina bipolaridad de su amado.

Él le dijo: “Si te gusta tanto ese libro, ¿porqué no sales con él?”

Ya de día, la fui a dejar a la parada de buses para que tomara el primer tren a Tokyo. Me dejó en agradecimiento el bento que le había comprado a su supuestamente enfermo amado. Después de mirar las cajas de comida por unos segundos, las usé para el desayuno, sin saber bien en qué pensar. No tenían mal sabor.