Koujou no tsuki (荒城の月)
10 may 2010 11 comentarios
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Últimamente me da la impresión de que estoy más tiempo en el gimnasio general de la universidad que en mi facultad. Un día me bromearon preguntándome si es que me iba a graduar de Educación Física. La verdad es que el ejercicio siempre me ha gustado y creo que es en lo único que puedo perseverar sin sentir que me estoy torturando. Dibujar, lo cual se supone que es mi segunda naturaleza, me supone uno de los sufrimientos más perturbadores en este tiempo. Obviamente que para el deporte no tengo ningún talento y sólo lo hago por disfrute y vanidad.
En este decadente gimnasio (el cual me hace recordar siempre de que estoy en una institución pública, gracias a sus máquinas despintadas y viejas) no van muchos extranjeros, como es de esperarse, pero tampoco es que no aparezcan en lo absoluto. De cuando en cuando alguno va a aprovechar la gratuidad de aquellas máquinas desvencijadas, o hay otros que se someten a estoicas auto sesiones de yoga o algún arte marcial de dudosa definición. Dependiendo del día se llena de miembros del club de béisbol, los cuales tienen la cabeza rapada y parecen hechos todos con el mismo molde, o también puede aparecer la delegación del club de danza que se empeña en bailar los peores hits del j-pop actual que puede existir. A veces también hay corredores que con su esbelta figura hacen que me ponga azul de la envidia o pueden aparecer macizas mujeres judoka que sin hablar entre ellas, se concentran con semblante espartano en ayudarse a ejercitar. Todos ellos son un paisaje interesante de observar de reojo mientras subo escaleras ficticias en una máquina que se debió haber hecho poco antes de que yo naciera. Ninguno de ellos me presta mucha atención y por eso el gimnasio es uno de los pocos lugares en donde no siento tanta incomodidad. Creo que el color de mi pelo y mi expresión de pocos amigos ayuda mucho.
Cuando fui al gimnasio esta vez estaba más o menos vacío, pero noté una música que era bastante más agradable que las canciones de Hey Say Jump. Al parecer era una suerte de música tradicional japonesa. Luego veo que hay un par de personas bailando con abanicos. Al subirme a la bicicleta estática tengo una mejor vista y me doy cuenta de que eran un par de extranjeros, probablemente europeos o norteamericanos. Me llaman un poco la atención y los sigo con la mirada prudentemente. Estaban ensayando algún baile tradicional. Había otra figura que los supervisaba, una joven también extranjera. Poco tiempo después entró parte del grupo de danza ataviado con gorras y pantalones anchos y miraron a los extranjeros con un poco de resguardo. Me pareció gracioso. Los chicos japoneses empeñados en bailar rap y los extranjeros con sus abanicos. Ninguno de los dos grupos lo hacía bien, la verdad.
En ese momento me acordé que cuando estaba estudiando japonés hace cuatro años, en Tokyo, me uní a un grupo de shakuhachi por un tiempo. No era un club propiamente tal si no una agrupación destinada a que los extranjeros se relacionaran con la cultura japonesa. No era tan aburrido como las clases de caligrafía también para extranjeros-que estaban llenas de chicos que seguramente iban a estar tres meses en el país pero que me miraban en menos por hacer el kanji de uno más grácil que yo (mi caligrafía es horrenda en japonés o español, qué puedo hacer). En shakuhachi la mayoría eran también estudiantes de intercambio. Lo que más me gustaba de aquel lugar era el instructor, un anciano que tocaba aquel instrumento con una dulzura sorprendente y nunca nos miró de soslayo. A pesar de sus esfuerzos, eso sí, la mayoría aprendía bastante lento. Él sabía que en mi país habían quenas y esperaba que soplase sin mayores dificultades (porque todos los sudamericanos tocamos quena, claro), pero me demoré un par de clases en dejar de soplar al vacío. Pasé varias tardes en más o menos buena compañía, hasta que nos avisaron que en cierto evento de la universidad iba a haber una presentación del grupo. Yo al instante me negué, pues tocaba bastante mal, al igual que la mayoría. Pero nos insistieron. Tocaríamos Koujou no Tsuki, una canción tradicional que hablaba de un castillo en ruinas. Muy romántico todo, pero después de ir de mala gana a varios ensayos, desaparecí misteriosamente. No quería hacer el ridículo. Me sentí como cuando me pusieron un disfraz de pollo hecho de cartón para bailar en un acto de kinder. Pero los otros estudiantes de intercambio se lo tomaron bastante en serio. El día de la presentación los escuché de lejos y llámenme cruel, pero me alegré de no estar ahí.
Los jóvenes que bailaban con los abanicos se quedaron después de que yo terminara de quemar cuatrocientas calorías y se deslizaban por el suelo con el rostro solemne. Daban la impresión de ser autodidactas, aunque no me producía mucha admiración el hecho. No dudo que les gustase lo que estaban haciendo. Cuando tenía quince años a mí también me gustaba y le pedí a mi mamá que me fabricara un hakama y bailé también con un abanico, frente a todo el colegio. En ese tiempo me creía una persona versada en budismo Zen, pero creo que es el hikikomori de ahora que vive con su gata quien es más capaz de entender las cuatro verdades nobles porque lo único certero en estos años ha sido de hecho, el sufrimiento. Pero tampoco pretendo dejar de desear y ponerme bajo una cascada de agua helada para que me den el certificado que acredite mi iluminación.
Tsukuba Monogatari-prólogo
06 feb 2010 2 comentarios
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Muchas personas asumen que mi color favorito es el negro. Desde hace algunos años comencé la práctica de agregar prendas de este tono en mi clóset. Lo primero que adquirí fue una chaqueta Adidas en los primeros meses de mi estadía en Tokyo. Me había llamado la atención el diseño y me armé de valor para tomarla y comprarla. Nunca antes había tenido ropa negra y no es una forma de decir; realmente ésa era la primera vez en mi vida que me atrevía a usar ese color. Las razones dan para una larga historia que dudo que valga la pena contar, pero en palabras simples podría decir que aquella tonalidad me estaba vedada desde mis primeros años. Pero ahí estaba yo en aquel momento, libre, en Tokyo y mirando de frente en el silencio a esa cosa que dice ser mi ser. De pronto se me encarga la tarea de repintar esa silueta grisácea con forma humana, esta vez de la forma que yo quisiera. Y los caminos del Señor son misteriosos.
Así llegamos hasta el día de hoy en el que, guardando la ropa recién lavada me doy cuenta de que tengo una docena de camisas negras, sin contar las camisetas del mismo color. Desperté y tomé conciencia de que me vestía la noche, a pesar de saberlo a medias por mucho tiempo.
Tengo entendido que si uno se refiere a los colores en la luz, el negro es la ausencia del color. En materia de pigmentos esto puede ser más discutible. Cuando el consejero de estudiantes extranjeros me miró irrespetuosamente de la cabeza a los pies, tomó el significado más fácil de toda esa mezcla de códigos que es el vestir y me dijo “te ves triste“. Me hubiese encantado que esa ola de empatía le hubiese durado cuando intentaba inventar excusas para echarme de la universidad. Otro día, había decidido usar un abrigo rojo. Al entrar a mi facultad un profesor me vio y expresó con sorpresa y algo de alegría de que no estaba vistiendo de negro. No volví a usar ese abrigo.
Pero a pesar de todo lo anterior, que quede claro una cosa: mi color favorito no es el negro. No sólo porque desde algunas perspectivas no es considerado un color como dije antes, si no porque no se trata de gustos. Para mí su uso es un deber. Al principio creí que era por la depresión y todo ese cliché. Pero después me di cuenta que no era porque quería decirle al mundo que mi vida era un carro de lágrimas. Me gusta su connotación funeraria, pero es porque es un color de aceptación de los cambios de la vida, de las depresiones incurables, de las fobias, de la lógica propia que sólo se choca una y otra vez con miradas peyorativas.
Ahora que empieza este año me percato de que aquellas garras que me quitan los deseos de vivir, que aquel suspiro que me envenena para que me entregue al sueño por horas infinitas, siempre estarán presentes y serán siempre más definidos que mi sombra. Pero no es porque me haya rendido. Es porque comencé a aprender a bailar en aquellos tonos menores. Y para ello hay que mancharse de negro, encontrarse en la oscuridad.
Butterfly! Butterfly! Butterfly!
07 sep 2009 7 comentarios
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El timbre sonó a las diez de la noche, cuando extrañamente para esa hora yo me encontraba debajo de la gruesa colcha de mi futón. Me paré lentamente, mis ojos pobremente enfocando porque mis lentes se habían perdido bajo la almohada y me dirigí a la puerta. Divisé la cara de un conocido que una vez había sido compañero mío en mis estudios de japonés y el cual también había terminado en esta universidad campestre. Lo saludé y él estaba pálido. Le pregunté qué sucedía y una sonrisa nerviosa fue la primera respuesta. No sé quién era el que estaba más incómodo.
“Necesito pedirte un favor…” balbuceó al fin y yo en mi somnolienta descortesía no terminaba por abrir la puerta completamente. Le pregunté de qué se trataba esperando que no fuese algo de naturaleza monetaria. Pero el favor en cuestión estaba lejos de cualquier cosa que me imaginara.
“¿Se puede quedar una niña en tu habitación por esta noche? “
“¿Ah?”
Silencio incómodo. Ahora yo sintiéndome impertinente, a pesar de que había sido mi interlocutor el de la interrupción, le pregunté qué diantres sucedía. Es complicado, me contestó. Pero su estatus de conocido no era suficiente como para poder aceptar un favor sin más explicaciones.
Su piel oscilando entre tonos verdosos y azules, murmuró: “Es que acabamos de romper….”
Ahhh.
¿Ah?
No sé cómo mi cara se contrajo en aquel momento, pero sin duda no esbozó una expresión de placer. Pero el chico no mostraba señales de rendirse y yo ahora no podía cerrar la puerta de la pura estupefacción.
“¿Donde está ella?”
“Me está esperando afuera.”
“Mmm…está bien. Pero mañana me tengo que levantar temprano.” afirmé cuidadosamente.
“Gracias. No tenía a quien acudir.“
Y al siguiente instante ya se había marchado. Sin saber muy bien en qué pensar, corrí a poner todo más o menos en orden en el pequeño espacio de tiempo de la espera. El timbre volvió a sonar unos minutos después.
Abrí la puerta y junto al chico anterior, se encontraba la llorosa y pálida figura de una joven china. La dejé pasar sin mucha ceremonia y después de darme un parco y nervioso gracias, el muchacho se fue.
Siéntate, ¿quieres algo para tomar?, decía yo tratando de encajar las piezas de este casi onírico momento. ¿Pero por qué estaba yo ofreciendo cosas a este huésped inesperado? Ah, lo que sea. Sin poder ya languidecer en mi futón mientras escuchaba el lejano sonido de la televisión, intentando hilar sueños, me senté con algo de resignación cerca de ella. ¿Estás bien?
Y es ahí cuando la overtura de un gran drama personal comienza a sonar de fondo. Una historia tan triste como común. Acordémonos de Madama Butterfly.
La devota y amable joven china había sido novia de este rubio muchacho por varios años. Ella, enamorada hasta el alma de toda aquella occidentalidad que no podía tener, lo siguió a todas partes y aguantó cualquier capricho. Mi conocimiento de él, que antes de que ella me dijera ya sabía yo que era poseedor de un carácter complicado, fue coloreado con más detalles escabrosos. Ella le cocinaba y le daba hasta el tiempo que no tenía. Al principio, como en todo, fue idílico. Hasta que ella creyó que el único destino de ese amor era el altar. Allí, el pálido ángel de cabellos dorados se convirtió en un ogro casi de un día para otro. Él dejó de llamarla y de querer que lo llamaran. La abandonó con una fría indiferencia.
Un período de tortuosos meses comenzó para ambos, hasta que en la cúspide de estas tribulaciones, él pareció desaparecer del planeta. Ella supo poco después que había enfermado y, como justo es época de un gran contagio de gripe humana, pensó lo peor. Desde un lejano punto de Tokyo ella tomó el tren, le compró comida y viajó hasta esta comuna en medio de arrozales y telas de araña. Habiendo llegado ya de noche, ella tocó su puerta y él no la dejó entrar en su casa. La lanzó afuera y después de unos momentos de drama, él estaba parado en frente de mi puerta para que yo me hiciese cargo.
Ella no podía entender el repentino cambio de personalidad de su Pinkerton, yo no podía decirle que no podía ser más obvio. No dormí en toda la noche escuchando sus lamentos; ella temblaba ante la idea de verse sin su rubio acompañante. En una ocasión hasta se había puesto a leer libros sobre las famosas diferencias entre hombres y mujeres para poder entender la repentina bipolaridad de su amado.
Él le dijo: “Si te gusta tanto ese libro, ¿porqué no sales con él?”
Ya de día, la fui a dejar a la parada de buses para que tomara el primer tren a Tokyo. Me dejó en agradecimiento el bento que le había comprado a su supuestamente enfermo amado. Después de mirar las cajas de comida por unos segundos, las usé para el desayuno, sin saber bien en qué pensar. No tenían mal sabor.