El Día Once (1)

De las discusiones teológicas

“Ésta es la señal de que el mundo se está acabando.” afirma un amigo senegalés, mientras la tarde del infame 11 de marzo caía angustiosamente. La temperatura bajaba y el abrigo se mostraba insuficiente. Decenas de estudiantes extranjeros se acumulaban frente a la entrada del complejo de dormitorios. Debajo de mi montgomery de lana tenía todavía puesto el pijama.

“¡Los profetas lo han anunciado!”continúa el hombre. “Es exactamente como ellos lo han descrito.”

“¿Lo han dicho quiénes?” interfiero yo con algo de sorna. No era la primera vez que él se dedicaba a predicar el Islam a la gente que le rodeaba.

“¡Los profetas!”dice él con seriedad. “Es la palabra de Dios.”

“Me parece insólito que una historia que a un hombre se le ocurrió escribir en un par de libros tenga que ser considerado como verdad universal.”contesto, mientras saco de mi mochila una botella de vino. Tomo un sorbo y luego la comparto con otro amigo, un europeo que escuchaba nuestra conversación tratando de no reírse. Aquel merlot rosé era la única manera en ese momento de paliar el frío. No podíamos volver a nuestras casas. Habían comenzado a correr las horas de una catástrofe de la cual todavía no podíamos imaginar la magnitud.

“Es la verdad porque es la palabra de Dios.” repite. “La prueba de eso es que muchos profetas han sido enviados a lo largo del tiempo trayendo Sus mensajes, para iluminar a los paganos. El Diablo siempre ha estado entre los hombres y…”

“Ya tenía que salir el pobre Satanás.”interrumpo yo.”No le sigan echando la culpa de todo.”
Mi amigo, tal como esperaba, me mira con espanto.

“¡El Diablo está aquí para confundirnos, guiarnos por caminos errados! Hay que tener mucho cuidado de…”

“Ése es solo un aspecto de la figura de Lucifer. En las religiones paganas muchas deidades fueron luego transformadas en entes malignas y luego lo proclamaron como verdad.”

Mientras venían réplicas de siete grados richter que estremecían el suelo, el hombre estaba más concentrado en indignarse frente a mis palabras.

Yo me estaba divirtiendo, pero mientras más se oscurecía el cielo también lo hacía el futuro de los próximos días. Las líneas del teléfono estaban cortadas, asímismo la luz y el agua. En mi mochila habían cuatro litros de bebidas deportivas, mi netbook, onigiris de atún y mi gel para el pelo-no pregunten el porqué de esto último. En las emergencias uno tiene una lógica extraña. Mi amigo europeo había tenido la ocurrencia de llenar su mochila de toallas.

“A mí me cae como bien, el Diablo…”murmuro. Ya casi no nos veíamos las caras.
El senegalés menea la cabeza.

“¡Tienes que leer y estudiar mucho!”me grita. Luego se pierde entre la multitud.

Alá o Lucifer, nada me quitó la sensación de insignificancia frente al universo.

Gaijin Modelo

No hay estudiante extranjero de universidad en Japón que probablemente no haya visto el tentador aviso de la siguiente forma de ganarse unos mangos: se busca gente que tenga la disposición de dar una breve disertación sobre el país del que proviene, preferentemente a una clase de chicos de colegio.

Pan comido, uno dice. Aunque yo por varios años evité enrolarme en estas actividades. La razón principal es que no crecí en el lugar en el que nací y, si bien volví a éste por algunos años antes de venir a esta isla, hay muchas cosas de las cuales soy ignorante (todavía hay por ahí cierta persona que se ríe de mí al no entender la diferencia entre una jibia y una jaiba). Sumémosle a esto que mi padre viene a su vez de otro país diferente, convirtiéndome en una suerte de híbrido latinoamericano poseedor de múltiples costumbres y acentos. Me ha sucedido a menudo que en un grupo de latinos, soy la única persona a la que le hablan en inglés. Creo que para mí siempre ha sido más importante sentirme parte de este planeta y nada más.

Sin embargo, cuando la necesidad llama, no queda más que aperrar. Por lo que respondí al aviso publicado en el boletín de estudiantes extranjeros. Sonaba mejor que otros trabajos de gaijin que había hecho en el pasado, como enseñar español a personas de dudosas intenciones, o entretener amas de casa hablando en inglés para que ellas sintieran que algo en su vida valiese la pena; o ir a un complejo de investigación científica para participar en un experimento neurológico, o atender un combini transformándome en un robot que sólo sabe decir irasshaimase.

No podía ser tan malo, me dije. Me encontré con una de las encargadas que iba a llevarme al sitio de trabajo junto a otra estudiante de cierto país europeo y nos embarcamos a la derruida ciudad vecina, Tsuchiura. Al llegar a un recinto municipal, nos anuncian que nuestro público serán ancianos. Se apodera de mí la angustia. Horas antes, mientras me alistaba para esto me miré por cierto tiempo al espejo con indecisión. Tengo dos piercings en el labio. Me pregunté varias veces si debía cambiármelos por un tipo de joyería más sobria, de modo de dar una buena impresión. Después de pensarlo bastante, desistí en cambiar las púas que tenía puestas, puesto que en primer lugar, esto no se trataba de un trabajo de cajero en un banco y segundo, si iba a estar frente a gente más joven, procuraría en esforzarme en romper los estereotipos: tener un aspecto underground no significa falta de educación y cortesía. Me vestí con una camisa y un pantalón negros, de la manera más sobria y arreglada que pude. Decidí que no tenía nada de lo cual avergonzarme.

Cuando llegué al salón lleno de señoras mayores ya no tenía tal seguridad. La chica europea no había procurado en producirse tanto como yo-sólo un par de jeans y un saco deportivo- pero su cabello castaño claro producía un resplandor que hacía que el mío, negro azabache, se viera casi como un pecado. Aún así auné la fuerza que me quedaba, teniendo confianza en mis buenas maneras y comencé mi disertación. El tema que había escogido-pensando en una audiencia infantil-trataba de una breve introducción de la mitología mapuche y chilota. Al elegir tal tópico había pensado que los chicos se aburrirían al recitarles una entrada de wikipedia, relatándoles en cifras exactas el área y población de mi país. Había intentado unir mi propio interés en la mitología japonesa para poder llegarles de una forma más atractiva. Pero obviamente la mayoría de las señoras del público no estuvieron muy contentas con mi elección. De todas maneras, con mi mejor sonrisa, llevé a cabo mi presentación mientras les daba una muestra de música autóctona e imágenes relacionadas. Contesté las preguntas que me hicieron con la mejor disposición. Pero mientras hablaba, un par de señoras excesivamente arregladas que se sentaron en los pupitres del frente, comenzaron a hablar en un volumen no muy discreto acerca de mí: ¡Cómo traen a una persona así!, balbuceaban.¿Acaso no ven su atuendo? Este tipo de personas nunca debería estar en un lugar como éste. Tragándome mi estupefacción, seguí contestando diligentemente las preguntas como si no hubiera escuchado nada. Una señora mayor con aspecto granjero tenía mucha curiosidad por los mitos que le relataba y alegremente concluyó que Japón y aquella faja larga y angosta de tierra tenían, misteriosamente, varios puntos en común. Sólo por ella pensé que valió la pena pararme frente aquella pizarra.

Luego subió al podio una de las representantes de aquella casta de los gaijin modelo.

(Gaijin modelo: representante de aquel ser humano ideal construído por la mente japonesa que consiste en tres atributos principales: 1.Pertenencia a un país norteamericano o europeo. 2.Tez blanca, ojos claros y cabello claro. 3. Tener cierto interés superficial en Japón que se pueda enmascarar como académico. Nota: no malentender como prejucio de quien escribe este blog. No tengo nada en contra con la gente de tales facciones. Sólo me llama la atención la fijación que los habitantes de este archipiélago tienen por ellas.)

La chica provee información enciclopédica. Ésta es mi bandera, mi capital, mis platos típicos. Fin. Todo el público encantado. Embelesado cuando ella les muestra el traje típico campesino que seguramente nunca se usó. Les comenta que practica Judo hace algunos años, enamorando finalmente a sus interlocutores. Le aplauden. Le dan tarjetas con sus direcciones. Por favor practique Judo con nuestros hijos.

Yo hasta ese momento no había pensado en vanagloriarme de que también había practicado artes marciales por varios años. ¿Qué venía al caso?

Una de las organizadoras del evento me comenta con dudosa amabilidad que si tengo intención de venir una próxima vez que lleve conmigo un traje típico. Le contesto que nunca me traje tal cosa. La última vez que puse una chupalla en mi cabeza fue cuando tenía unos cinco años, en una fiesta de inmigrantes en cierto país extranjero, en donde mis padres me disfrazaron y los compatriotas se sintieron contentos y enternecidos conmigo. Pero las señoras del auditorio y la organizadora me miraban con decepción. Cómo se me ocurría vestir tan 2011, cuando se suponía que debía andar con la mitad de mi cuerpo desnudo cazando con un arco o cerbatana, viviendo encima de los árboles. No importaba el que quisiera contarles sobre ciertos aspectos culturales que yo encontraba valiosos. El que no me viese como la imagen de sudamericano que se esperaba hacía que todo lo que dijera fuese inválido.

Al final del evento, ocurre una conversación entre la chica europea, la organizadora y yo.

“¿Hay mucha gente que quiere venir a Japón de tú país?” me pregunta la organizadora.

“Mmm bueno, supongo que ahora hay más gente, porque últimamente Japón está en boga, usted sabe…” respondo.

“Es verdad.” se une la europea. “Con eso de las subculturas…” murmura mirándome de soslayo. Luego prosigue, burlónamente. “Ahh, ¡Yo nunca he tomado un tomo de manga entre mis manos!”

Allí aproveché para darle mi mejor sonrisa. “Ya veo. Fíjate que yo tengo una colección de más de cien tomos y me los pienso llevar conmigo. ¡No sé que hacer! Jajaja…”

Nadie sabe qué responderme. He cometido el crimen de romper el tabú número uno del japonófilo oficial: nunca te mezcles con la cultura pop, pues así nunca tu interés por esta isla será genuino.

I have been there too.

La chica europea apenas se despide de mí cuando nos dejan en la universidad. Yo le respondo con infinita amabilidad.

 

Mes Mundial de Azuma

Se declara este mes como el Mes Mundial de Azuma. Podrá ser una noticia inesperada, pero pretendo dejar Japón al final de este mes.

Mi intención nunca fue dejar abandonado este blog por tal cantidad de tiempo, pero las circunstancias han sido más que complicadas; para quienes dudan de la veracidad de mis escritos, les digo que a veces quisiera tener una imaginación digna de idear aquelllos sucesos, pero si realmente así fuera ya habría publicado alguna novela. Como ya habré dicho en alguna ocasión, la blogósfera estará seguramente poblada por viajeros temporales que proclaman las bondades de este archipiélago, y no niego totalmente sus experiencias, pero vivir en un lugar por cierta cantidad de años es distinto que hacer un año sabático, por lo que las experiencias son más intensas, profundas y coloridas.

En este último mes publicaré los últimos post que nunca pude terminar ni atreverme a publicar, entregando las últimas historias que aquellos que decidieron leerme se merecen, perfilando las experencias vividas en este lugar de la manera más sincera que puedo escribir. Agradezco infinitamente a quienes  me han leído y acompañado hasta el final, sin hacerme preguntas obvias, si no sencillamente compartiendo experiencias de vida que componen el ser humano, olvidando pertenecer a determinado lugar geográfico.

Para todos aquellos, haré lo mejor que pueda para contar mis últimas historias.

Que comience el último acto.

 

 

 

Pregúntenle a Azuma

Antes de publicar el siguiente post-que de por cierto se ha estado atrasando bastante- quería dejar la dirección de mi nueva cuenta de formspring (pinchar aquí). Viendo que a ratos aparecen personas buscando información, o simplemente queriendo saber sobre Japón de una forma algo distinta, les dejaré esto a su alcance si es que quieren hacerme alguna pregunta. Responderé a casi todo lo que pueda, aunque aclararé que no contestaré a cosas que se pueden investigar navegando un poco por la red, ni a preguntas que no se entiendan o suenen poco respetuosas.

Veamos cómo nos va (:.

Ya sé que estoy piantao

Mi universidad, con su campus de más de cuatro kilómetros, posee un hospital y un consultorio médico. Ambos están, como la mayoría de instalaciones de este centro educativo, bastante desgastados. A alguien le deben de servir, pero entre esos afortunados usuarios no me encuentro yo. Anteayer fui a parar allí por enésima vez.

La primera ocasión en la que pisé al consultorio fue para adentrarme en las habitaciones acolchadas del departamento de siquiatría. Cursaba primer año y el precio de aguantarme tristezas de años me comenzaba a reclamar. Inocentemente me preguntaba por qué era capaz de dormir por días enteros y me hería la luz del sol, hasta que me empezó a atrapar un síntoma más claro: la melancolía. Había leído en un folleto que habían terapeutas en la universidad y pensé que lógicamente, si uno estaba enfermo del alma, allí me iban a guiar por buen camino. Qué ingenuidad la mía.

En la primera sesión la sicóloga me dijo que por qué no me volvía a mi país. No supe bien qué contestar. Ella alegó que no se podía hacer cargo completamente de un extranjero. Que buscara en otra parte más adecuada. Yo insistí que necesitaba ayuda y que era el único lugar al que podía acudir. Después de recetarme unos antidepresivos tan nauseabundos que apenas me dejaban comer, ella no tuvo más que escucharme. Luego de un mes me preguntó con poca sutileza si realmente me servía hablar con ella. Yo, que comenzaba a sentir un leve avance en nuestra comunicación, quedé marcando ocupado una vez más. No volví a visitarla y pensé que no habría otra oportunidad en la que entrase en esas mórbidas salas, pero me equivoqué. En la segunda mitad de mi segundo año, bajo la orden (amenaza) de mi decano, me senté de mala gana frente a otra sicóloga. Me habían dicho que si no me medicaba contra mi depresión, no me dejarían seguir cursando. Aparenté ser obediente y me dejé analizar sin chistar. Esta vez la terapeuta no me miraba con tanta incomodidad, pero no era capaz de tomarme en serio tampoco. Aunque el problema de esta ronda fue el siquiatra al que me derivaron. Después de contarle en detalle sobre mi poco amor por la vida, me recetó pastillas para dormir y me dijo que además padecía fobia social. Sacó aquella conclusión después de que me quejara acerca de cómo uno era mirado y tratado por ser extranjero. Al parecer, gracias a aquella dolencia, esos problemas estaban en mi cabeza. Miren ustedes. Todavía conservo las pastillas. Las tomé por unos días, pero me dejaban una sensación de resaca peor que la que se tiene tomando el whisky más barato. Me saqué de encima aquellas sesiones lo más rápido que pude.

La tercera vez que me tuve que acercar al temido consultorio fue por una lesión de rodilla. La naturaleza física del problema hizo el trámite más fácil. Antiflamatorio, remedio para el estómago para contrarrestar el daño del antiflamatorio, vendas y compresas. Fue el único tratamiento que tuvo éxito.  Y luego esta vez, donde llegué de emergencia.

Había salido a clases como de costumbre, pero al llegar a la universidad desapareció la fuerza de mi cuerpo y mi miopía parecía hacerse más aguda. El corazón me bailaba a ritmos sincopados y me sentí desfallecer. Con la lucidez que me quedaba agarré mi bicicleta y volví a mi casa-que queda a unas tres cuadras del lugar. Al entrar a mi cuarto caí como un costal. No me duró mucho la inconsciencia, pero el mundo me daba vueltas. Supe que mi dieta de monje budista, baja en calorías, baja en azúcar, carbohidratos y cualquier vitamina en general, podría tener algo que ver. Me asusté y llamé a mi amiga Olavia para que me acompañara al médico. Al llegar a la ventanilla lo único que se me ocurrió decir fue que me iba a desmayar. La enfermera parpadeó varias veces, inexpresiva, explicándome no muy amablemente que llenase un formulario, pues sin él no me podrían atender. Uno se podrá estar muriendo y todo, pero si no se escribe el formulario, no tiene validez.

“¿Qué más siente?” me preguntó otra enfermera que se había puesto a mi lado.

“Náuseas.”

“Escríbalo ahí.”

“Se me olvidó el kanji.”

“Escríbalo en hiragana.”

Ha-ki-ke.

Luego de dejar a la pobre Olavia en la sala de espera-para después ser acosada por las enfermeras preguntándole acerca de mi estado- me llevaron a la sala pertinente. Mientras esperaba la llegada del médico otra enfermera me preguntó de nuevo por los síntomas y luego se detuvo contrariada. Me agarró el brazo, mostrándome, como si me acusara, mis cicatrices y tatuajes.

“¿¡Y esto!? ¿Ha ido a la unidad de siquiatría?”

Yo sólo suspiré y murmuré un sí. Los ojos de la enfermera, cada vez más punzantes, exigían que me avergonzase de lo que era, pero no encontraron a su víctima en mi cara cansada y pálida.

“¿No será que sus síntomas tienen que ver con esos problemas?” agregó, como quien lanza una piedra en el último intento de matar a un pájaro. Yo no me pude concentrar en otra cosa más que la íncomoda sensación de mi taquicardia.

Minutos después llega el doctor. Me pregunta menos que el formulario y las enfermeras. Me acuesto y pone su estetoscopio en mi estómago. Luego hunde su dedo en varias partes de mi abdomen. ¿Le duele aquí? No. ¿Y acá? Tampoco. Me diagnostican algún problema digestivo. ¿Qué?

“Señor, siento que me desmayo y el corazón me late muy rápido.”

“¿El corazón?” ríe. Me toma la presión como para que deje de molestar. Se da cuenta que está baja pero no le da mucha importancia.

“Tome este remedio para el estómago. Y trate de no comer. Esto sucede cuando se come mucho.”

“¡Pero lo que menos he hecho es comer!”

“Sí, no coma.”

Esto comenzaba a parecer un gag. Decidí no seguir discutiendo y fui a recibir las medicinas, pues me podrían servir en otra ocasión, aunque probablemente quedasen vencidas junto a los somníferos. Al salir del consultorio, Olavia me obligó a comprar algo de comer y después de tragar una bolsa entera de pasas, sentí que mi sistema operativo hizo funcionar el administrador de tareas.

Koujou no tsuki (荒城の月)

Últimamente me da la impresión de que estoy más tiempo en el gimnasio general de la universidad que en mi facultad. Un día me bromearon preguntándome si es que me iba a graduar de Educación Física. La verdad es que el ejercicio siempre me ha gustado y creo que es en lo único que puedo perseverar sin sentir que me estoy torturando. Dibujar, lo cual se supone que es mi segunda naturaleza, me supone uno de los sufrimientos más perturbadores en este tiempo. Obviamente que para el deporte no tengo ningún talento y sólo lo hago por disfrute y vanidad.
En este decadente gimnasio (el cual me hace recordar siempre de que estoy en una institución pública, gracias a sus máquinas despintadas y viejas) no van muchos extranjeros, como es de esperarse, pero tampoco es que no aparezcan en lo absoluto. De cuando en cuando alguno va a aprovechar la gratuidad de aquellas máquinas desvencijadas, o hay otros que se someten a estoicas auto sesiones de yoga o algún arte marcial de dudosa definición. Dependiendo del día se llena de miembros del club de béisbol, los cuales tienen la cabeza rapada y parecen hechos todos con el mismo molde, o también puede aparecer la delegación del club de danza que se empeña en bailar los peores hits del j-pop actual que puede existir. A veces también hay corredores que con su esbelta figura hacen que me ponga azul de la envidia o pueden aparecer macizas mujeres judoka que sin hablar entre ellas, se concentran con semblante espartano en ayudarse a ejercitar. Todos ellos son un paisaje interesante de observar de reojo mientras subo escaleras ficticias en una máquina que se debió haber hecho poco antes de que yo naciera. Ninguno de ellos me presta mucha atención y por eso el gimnasio es uno de los pocos lugares en donde no siento tanta incomodidad. Creo que el color de mi pelo y mi expresión de pocos amigos ayuda mucho.

Cuando fui al gimnasio esta vez estaba más o menos vacío, pero noté una música que era bastante más agradable que las canciones de Hey Say Jump. Al parecer era una suerte de música tradicional japonesa. Luego veo que hay un par de personas bailando con abanicos. Al subirme a la bicicleta estática tengo una mejor vista y me doy cuenta de que eran un par de extranjeros, probablemente europeos o norteamericanos. Me llaman un poco la atención y los sigo con la mirada prudentemente. Estaban ensayando algún baile tradicional. Había otra figura que los supervisaba, una joven también extranjera. Poco tiempo después entró parte del grupo de danza ataviado con gorras y pantalones anchos y miraron a los extranjeros con un poco de resguardo. Me pareció gracioso. Los chicos japoneses empeñados en bailar rap y los extranjeros con sus abanicos. Ninguno de los dos grupos lo hacía bien, la verdad.

En ese momento me acordé que cuando estaba estudiando japonés hace cuatro años, en Tokyo, me uní a un grupo de shakuhachi por un tiempo. No era un club propiamente tal si no una agrupación destinada a que los extranjeros se relacionaran con la cultura japonesa. No era tan aburrido como las clases de caligrafía también para extranjeros-que estaban llenas de chicos que seguramente iban a estar tres meses en el país pero que me miraban en menos por hacer el kanji de uno más grácil que yo (mi caligrafía es horrenda en japonés o español, qué puedo hacer). En shakuhachi la mayoría eran también estudiantes de intercambio. Lo que más me gustaba de aquel lugar era el instructor, un anciano que tocaba aquel instrumento con una dulzura sorprendente y nunca nos miró de soslayo. A pesar de sus esfuerzos, eso sí, la mayoría aprendía bastante lento. Él sabía que en mi país habían quenas y esperaba que soplase sin mayores dificultades (porque todos los sudamericanos tocamos quena, claro), pero me demoré un par de clases en dejar de soplar al vacío. Pasé varias tardes en más o menos buena compañía, hasta que nos avisaron que en cierto evento de la universidad iba a haber una presentación del grupo. Yo al instante me negué, pues tocaba bastante mal, al igual que la mayoría. Pero nos insistieron. Tocaríamos Koujou no Tsuki, una canción tradicional que hablaba de un castillo en ruinas. Muy romántico todo, pero después de ir de mala gana a varios ensayos, desaparecí misteriosamente. No quería hacer el ridículo. Me sentí como cuando me pusieron un disfraz de pollo hecho de cartón para bailar en un acto de kinder. Pero los otros estudiantes de intercambio se lo tomaron bastante en serio. El día de la presentación los escuché de lejos y llámenme cruel, pero me alegré de no estar ahí.

Los jóvenes que bailaban con los abanicos se quedaron después de que yo terminara de quemar cuatrocientas calorías y se deslizaban por el suelo con el rostro solemne. Daban la impresión de ser autodidactas, aunque no me producía mucha admiración el hecho. No dudo que les gustase lo que estaban haciendo. Cuando tenía quince años a mí también me gustaba y le pedí a mi mamá que me fabricara un hakama y bailé también con un abanico, frente a todo el colegio. En ese tiempo me creía una persona versada en budismo Zen, pero creo que es el hikikomori de ahora que vive con su gata quien es más capaz de entender las cuatro verdades nobles porque lo único certero en estos años ha sido de hecho, el sufrimiento. Pero tampoco pretendo dejar de desear y ponerme bajo una cascada de agua helada para que me den el certificado que acredite mi iluminación.

La Gata Kiku y sus amigos

Hace poco menos de una semana me estaba volviendo a angustiar mientras esperaba en mi casa, con el oído atento, pensando que mi gata podía volver en cualquier momento. La última vez había desaparecido unos seis días -y cuando con el corazón en la mano había empezado a buscar números y direcciones de las perreras de la prefectura, maulló como si nada hubiese pasado en mi ventana. Ahora habían pasado dos días y pensé que no debía preocuparme, si no tener paciencia, pero algo me decía que las cosas no andaban bien.

Un poco antes de esto, medio en serio, medio en broma, le hice a mi gata una cuenta en gmail. Puse esa dirección en su collar (tiene un colgante con un pequeño recipiente donde se puede meter un papel)junto con el teléfono, por si acaso. Y resulta que sirvió. Anoche, en mi preocupación, me acordé de la existencia de esta dirección de correo y veo que alguien me había enviado un mensaje. Aquí me entero que esto se trataba de una relación triangular:

Resulta que este segundo cuidador de la Kiku la conoció en la primavera pasada y que un día había entrado a aquel departamento como si nada; luego había vuelto misteriosamente con collar e  iba de visita de vez en cuando. ¡Un año en este ir y venir entre sus dos dueños! Y sucedió que hace un par de días, había ido a aquella casa en una de sus visitas, pero enfermó de repente. El segundo dueño se preocupó y se la llevó al veterinario, le consiguió medicamentos y un día después me contactó.

Lo gracioso de todo esto, es que el dueño número dos no me contactaba para hacer cuentas conmigo, si no para preguntarme si podía dejar a la Kiku en su casa hasta que se recuperara. Apenas se hizo de día fui a buscarla, y el lugar estaba ni más ni menos a una cuadra de mi edificio. Al entrar la gata reconoció mi voz y me saludó. Pero después se quedó sentada, muy cómoda en la sala de esta casa. El segundo dueño, que era un ex estudiante de mi universidad y ahora vivía allí con su novia, también le daba comida y no parecía molesto en absoluto. Después de conversar un momento sobre los misterios de esta criatura y su posterior tratamiento médico, me la llevé a mi casa. “Cualquier cosa, me avisas” me dijo el joven. “A mi novia y a mí nos gusta mucho, así que de vez en cuando déjala salir para que nos venga a visitar”. Después se volteó, murmurando un doumo desganado, mientras logré ver en un par de segundos que los ojos se le tornaban tristes. Me quedé allí hasta que desapareció del pasillo de mi edificio y ahora recordé repentinamente que, en el suelo del departamento de este muchacho, habían un par de juguetes para gato tirados en la alfombra.

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