Gaijin Modelo

No hay estudiante extranjero de universidad en Japón que probablemente no haya visto el tentador aviso de la siguiente forma de ganarse unos mangos: se busca gente que tenga la disposición de dar una breve disertación sobre el país del que proviene, preferentemente a una clase de chicos de colegio.

Pan comido, uno dice. Aunque yo por varios años evité enrolarme en estas actividades. La razón principal es que no crecí en el lugar en el que nací y, si bien volví a éste por algunos años antes de venir a esta isla, hay muchas cosas de las cuales soy ignorante (todavía hay por ahí cierta persona que se ríe de mí al no entender la diferencia entre una jibia y una jaiba). Sumémosle a esto que mi padre viene a su vez de otro país diferente, convirtiéndome en una suerte de híbrido latinoamericano poseedor de múltiples costumbres y acentos. Me ha sucedido a menudo que en un grupo de latinos, soy la única persona a la que le hablan en inglés. Creo que para mí siempre ha sido más importante sentirme parte de este planeta y nada más.

Sin embargo, cuando la necesidad llama, no queda más que aperrar. Por lo que respondí al aviso publicado en el boletín de estudiantes extranjeros. Sonaba mejor que otros trabajos de gaijin que había hecho en el pasado, como enseñar español a personas de dudosas intenciones, o entretener amas de casa hablando en inglés para que ellas sintieran que algo en su vida valiese la pena; o ir a un complejo de investigación científica para participar en un experimento neurológico, o atender un combini transformándome en un robot que sólo sabe decir irasshaimase.

No podía ser tan malo, me dije. Me encontré con una de las encargadas que iba a llevarme al sitio de trabajo junto a otra estudiante de cierto país europeo y nos embarcamos a la derruida ciudad vecina, Tsuchiura. Al llegar a un recinto municipal, nos anuncian que nuestro público serán ancianos. Se apodera de mí la angustia. Horas antes, mientras me alistaba para esto me miré por cierto tiempo al espejo con indecisión. Tengo dos piercings en el labio. Me pregunté varias veces si debía cambiármelos por un tipo de joyería más sobria, de modo de dar una buena impresión. Después de pensarlo bastante, desistí en cambiar las púas que tenía puestas, puesto que en primer lugar, esto no se trataba de un trabajo de cajero en un banco y segundo, si iba a estar frente a gente más joven, procuraría en esforzarme en romper los estereotipos: tener un aspecto underground no significa falta de educación y cortesía. Me vestí con una camisa y un pantalón negros, de la manera más sobria y arreglada que pude. Decidí que no tenía nada de lo cual avergonzarme.

Cuando llegué al salón lleno de señoras mayores ya no tenía tal seguridad. La chica europea no había procurado en producirse tanto como yo-sólo un par de jeans y un saco deportivo- pero su cabello castaño claro producía un resplandor que hacía que el mío, negro azabache, se viera casi como un pecado. Aún así auné la fuerza que me quedaba, teniendo confianza en mis buenas maneras y comencé mi disertación. El tema que había escogido-pensando en una audiencia infantil-trataba de una breve introducción de la mitología mapuche y chilota. Al elegir tal tópico había pensado que los chicos se aburrirían al recitarles una entrada de wikipedia, relatándoles en cifras exactas el área y población de mi país. Había intentado unir mi propio interés en la mitología japonesa para poder llegarles de una forma más atractiva. Pero obviamente la mayoría de las señoras del público no estuvieron muy contentas con mi elección. De todas maneras, con mi mejor sonrisa, llevé a cabo mi presentación mientras les daba una muestra de música autóctona e imágenes relacionadas. Contesté las preguntas que me hicieron con la mejor disposición. Pero mientras hablaba, un par de señoras excesivamente arregladas que se sentaron en los pupitres del frente, comenzaron a hablar en un volumen no muy discreto acerca de mí: ¡Cómo traen a una persona así!, balbuceaban.¿Acaso no ven su atuendo? Este tipo de personas nunca debería estar en un lugar como éste. Tragándome mi estupefacción, seguí contestando diligentemente las preguntas como si no hubiera escuchado nada. Una señora mayor con aspecto granjero tenía mucha curiosidad por los mitos que le relataba y alegremente concluyó que Japón y aquella faja larga y angosta de tierra tenían, misteriosamente, varios puntos en común. Sólo por ella pensé que valió la pena pararme frente aquella pizarra.

Luego subió al podio una de las representantes de aquella casta de los gaijin modelo.

(Gaijin modelo: representante de aquel ser humano ideal construído por la mente japonesa que consiste en tres atributos principales: 1.Pertenencia a un país norteamericano o europeo. 2.Tez blanca, ojos claros y cabello claro. 3. Tener cierto interés superficial en Japón que se pueda enmascarar como académico. Nota: no malentender como prejucio de quien escribe este blog. No tengo nada en contra con la gente de tales facciones. Sólo me llama la atención la fijación que los habitantes de este archipiélago tienen por ellas.)

La chica provee información enciclopédica. Ésta es mi bandera, mi capital, mis platos típicos. Fin. Todo el público encantado. Embelesado cuando ella les muestra el traje típico campesino que seguramente nunca se usó. Les comenta que practica Judo hace algunos años, enamorando finalmente a sus interlocutores. Le aplauden. Le dan tarjetas con sus direcciones. Por favor practique Judo con nuestros hijos.

Yo hasta ese momento no había pensado en vanagloriarme de que también había practicado artes marciales por varios años. ¿Qué venía al caso?

Una de las organizadoras del evento me comenta con dudosa amabilidad que si tengo intención de venir una próxima vez que lleve conmigo un traje típico. Le contesto que nunca me traje tal cosa. La última vez que puse una chupalla en mi cabeza fue cuando tenía unos cinco años, en una fiesta de inmigrantes en cierto país extranjero, en donde mis padres me disfrazaron y los compatriotas se sintieron contentos y enternecidos conmigo. Pero las señoras del auditorio y la organizadora me miraban con decepción. Cómo se me ocurría vestir tan 2011, cuando se suponía que debía andar con la mitad de mi cuerpo desnudo cazando con un arco o cerbatana, viviendo encima de los árboles. No importaba el que quisiera contarles sobre ciertos aspectos culturales que yo encontraba valiosos. El que no me viese como la imagen de sudamericano que se esperaba hacía que todo lo que dijera fuese inválido.

Al final del evento, ocurre una conversación entre la chica europea, la organizadora y yo.

“¿Hay mucha gente que quiere venir a Japón de tú país?” me pregunta la organizadora.

“Mmm bueno, supongo que ahora hay más gente, porque últimamente Japón está en boga, usted sabe…” respondo.

“Es verdad.” se une la europea. “Con eso de las subculturas…” murmura mirándome de soslayo. Luego prosigue, burlónamente. “Ahh, ¡Yo nunca he tomado un tomo de manga entre mis manos!”

Allí aproveché para darle mi mejor sonrisa. “Ya veo. Fíjate que yo tengo una colección de más de cien tomos y me los pienso llevar conmigo. ¡No sé que hacer! Jajaja…”

Nadie sabe qué responderme. He cometido el crimen de romper el tabú número uno del japonófilo oficial: nunca te mezcles con la cultura pop, pues así nunca tu interés por esta isla será genuino.

I have been there too.

La chica europea apenas se despide de mí cuando nos dejan en la universidad. Yo le respondo con infinita amabilidad.

 

Ya sé que estoy piantao

Mi universidad, con su campus de más de cuatro kilómetros, posee un hospital y un consultorio médico. Ambos están, como la mayoría de instalaciones de este centro educativo, bastante desgastados. A alguien le deben de servir, pero entre esos afortunados usuarios no me encuentro yo. Anteayer fui a parar allí por enésima vez.

La primera ocasión en la que pisé al consultorio fue para adentrarme en las habitaciones acolchadas del departamento de siquiatría. Cursaba primer año y el precio de aguantarme tristezas de años me comenzaba a reclamar. Inocentemente me preguntaba por qué era capaz de dormir por días enteros y me hería la luz del sol, hasta que me empezó a atrapar un síntoma más claro: la melancolía. Había leído en un folleto que habían terapeutas en la universidad y pensé que lógicamente, si uno estaba enfermo del alma, allí me iban a guiar por buen camino. Qué ingenuidad la mía.

En la primera sesión la sicóloga me dijo que por qué no me volvía a mi país. No supe bien qué contestar. Ella alegó que no se podía hacer cargo completamente de un extranjero. Que buscara en otra parte más adecuada. Yo insistí que necesitaba ayuda y que era el único lugar al que podía acudir. Después de recetarme unos antidepresivos tan nauseabundos que apenas me dejaban comer, ella no tuvo más que escucharme. Luego de un mes me preguntó con poca sutileza si realmente me servía hablar con ella. Yo, que comenzaba a sentir un leve avance en nuestra comunicación, quedé marcando ocupado una vez más. No volví a visitarla y pensé que no habría otra oportunidad en la que entrase en esas mórbidas salas, pero me equivoqué. En la segunda mitad de mi segundo año, bajo la orden (amenaza) de mi decano, me senté de mala gana frente a otra sicóloga. Me habían dicho que si no me medicaba contra mi depresión, no me dejarían seguir cursando. Aparenté ser obediente y me dejé analizar sin chistar. Esta vez la terapeuta no me miraba con tanta incomodidad, pero no era capaz de tomarme en serio tampoco. Aunque el problema de esta ronda fue el siquiatra al que me derivaron. Después de contarle en detalle sobre mi poco amor por la vida, me recetó pastillas para dormir y me dijo que además padecía fobia social. Sacó aquella conclusión después de que me quejara acerca de cómo uno era mirado y tratado por ser extranjero. Al parecer, gracias a aquella dolencia, esos problemas estaban en mi cabeza. Miren ustedes. Todavía conservo las pastillas. Las tomé por unos días, pero me dejaban una sensación de resaca peor que la que se tiene tomando el whisky más barato. Me saqué de encima aquellas sesiones lo más rápido que pude.

La tercera vez que me tuve que acercar al temido consultorio fue por una lesión de rodilla. La naturaleza física del problema hizo el trámite más fácil. Antiflamatorio, remedio para el estómago para contrarrestar el daño del antiflamatorio, vendas y compresas. Fue el único tratamiento que tuvo éxito.  Y luego esta vez, donde llegué de emergencia.

Había salido a clases como de costumbre, pero al llegar a la universidad desapareció la fuerza de mi cuerpo y mi miopía parecía hacerse más aguda. El corazón me bailaba a ritmos sincopados y me sentí desfallecer. Con la lucidez que me quedaba agarré mi bicicleta y volví a mi casa-que queda a unas tres cuadras del lugar. Al entrar a mi cuarto caí como un costal. No me duró mucho la inconsciencia, pero el mundo me daba vueltas. Supe que mi dieta de monje budista, baja en calorías, baja en azúcar, carbohidratos y cualquier vitamina en general, podría tener algo que ver. Me asusté y llamé a mi amiga Olavia para que me acompañara al médico. Al llegar a la ventanilla lo único que se me ocurrió decir fue que me iba a desmayar. La enfermera parpadeó varias veces, inexpresiva, explicándome no muy amablemente que llenase un formulario, pues sin él no me podrían atender. Uno se podrá estar muriendo y todo, pero si no se escribe el formulario, no tiene validez.

“¿Qué más siente?” me preguntó otra enfermera que se había puesto a mi lado.

“Náuseas.”

“Escríbalo ahí.”

“Se me olvidó el kanji.”

“Escríbalo en hiragana.”

Ha-ki-ke.

Luego de dejar a la pobre Olavia en la sala de espera-para después ser acosada por las enfermeras preguntándole acerca de mi estado- me llevaron a la sala pertinente. Mientras esperaba la llegada del médico otra enfermera me preguntó de nuevo por los síntomas y luego se detuvo contrariada. Me agarró el brazo, mostrándome, como si me acusara, mis cicatrices y tatuajes.

“¿¡Y esto!? ¿Ha ido a la unidad de siquiatría?”

Yo sólo suspiré y murmuré un sí. Los ojos de la enfermera, cada vez más punzantes, exigían que me avergonzase de lo que era, pero no encontraron a su víctima en mi cara cansada y pálida.

“¿No será que sus síntomas tienen que ver con esos problemas?” agregó, como quien lanza una piedra en el último intento de matar a un pájaro. Yo no me pude concentrar en otra cosa más que la íncomoda sensación de mi taquicardia.

Minutos después llega el doctor. Me pregunta menos que el formulario y las enfermeras. Me acuesto y pone su estetoscopio en mi estómago. Luego hunde su dedo en varias partes de mi abdomen. ¿Le duele aquí? No. ¿Y acá? Tampoco. Me diagnostican algún problema digestivo. ¿Qué?

“Señor, siento que me desmayo y el corazón me late muy rápido.”

“¿El corazón?” ríe. Me toma la presión como para que deje de molestar. Se da cuenta que está baja pero no le da mucha importancia.

“Tome este remedio para el estómago. Y trate de no comer. Esto sucede cuando se come mucho.”

“¡Pero lo que menos he hecho es comer!”

“Sí, no coma.”

Esto comenzaba a parecer un gag. Decidí no seguir discutiendo y fui a recibir las medicinas, pues me podrían servir en otra ocasión, aunque probablemente quedasen vencidas junto a los somníferos. Al salir del consultorio, Olavia me obligó a comprar algo de comer y después de tragar una bolsa entera de pasas, sentí que mi sistema operativo hizo funcionar el administrador de tareas.

Koujou no tsuki (荒城の月)

Últimamente me da la impresión de que estoy más tiempo en el gimnasio general de la universidad que en mi facultad. Un día me bromearon preguntándome si es que me iba a graduar de Educación Física. La verdad es que el ejercicio siempre me ha gustado y creo que es en lo único que puedo perseverar sin sentir que me estoy torturando. Dibujar, lo cual se supone que es mi segunda naturaleza, me supone uno de los sufrimientos más perturbadores en este tiempo. Obviamente que para el deporte no tengo ningún talento y sólo lo hago por disfrute y vanidad.
En este decadente gimnasio (el cual me hace recordar siempre de que estoy en una institución pública, gracias a sus máquinas despintadas y viejas) no van muchos extranjeros, como es de esperarse, pero tampoco es que no aparezcan en lo absoluto. De cuando en cuando alguno va a aprovechar la gratuidad de aquellas máquinas desvencijadas, o hay otros que se someten a estoicas auto sesiones de yoga o algún arte marcial de dudosa definición. Dependiendo del día se llena de miembros del club de béisbol, los cuales tienen la cabeza rapada y parecen hechos todos con el mismo molde, o también puede aparecer la delegación del club de danza que se empeña en bailar los peores hits del j-pop actual que puede existir. A veces también hay corredores que con su esbelta figura hacen que me ponga azul de la envidia o pueden aparecer macizas mujeres judoka que sin hablar entre ellas, se concentran con semblante espartano en ayudarse a ejercitar. Todos ellos son un paisaje interesante de observar de reojo mientras subo escaleras ficticias en una máquina que se debió haber hecho poco antes de que yo naciera. Ninguno de ellos me presta mucha atención y por eso el gimnasio es uno de los pocos lugares en donde no siento tanta incomodidad. Creo que el color de mi pelo y mi expresión de pocos amigos ayuda mucho.

Cuando fui al gimnasio esta vez estaba más o menos vacío, pero noté una música que era bastante más agradable que las canciones de Hey Say Jump. Al parecer era una suerte de música tradicional japonesa. Luego veo que hay un par de personas bailando con abanicos. Al subirme a la bicicleta estática tengo una mejor vista y me doy cuenta de que eran un par de extranjeros, probablemente europeos o norteamericanos. Me llaman un poco la atención y los sigo con la mirada prudentemente. Estaban ensayando algún baile tradicional. Había otra figura que los supervisaba, una joven también extranjera. Poco tiempo después entró parte del grupo de danza ataviado con gorras y pantalones anchos y miraron a los extranjeros con un poco de resguardo. Me pareció gracioso. Los chicos japoneses empeñados en bailar rap y los extranjeros con sus abanicos. Ninguno de los dos grupos lo hacía bien, la verdad.

En ese momento me acordé que cuando estaba estudiando japonés hace cuatro años, en Tokyo, me uní a un grupo de shakuhachi por un tiempo. No era un club propiamente tal si no una agrupación destinada a que los extranjeros se relacionaran con la cultura japonesa. No era tan aburrido como las clases de caligrafía también para extranjeros-que estaban llenas de chicos que seguramente iban a estar tres meses en el país pero que me miraban en menos por hacer el kanji de uno más grácil que yo (mi caligrafía es horrenda en japonés o español, qué puedo hacer). En shakuhachi la mayoría eran también estudiantes de intercambio. Lo que más me gustaba de aquel lugar era el instructor, un anciano que tocaba aquel instrumento con una dulzura sorprendente y nunca nos miró de soslayo. A pesar de sus esfuerzos, eso sí, la mayoría aprendía bastante lento. Él sabía que en mi país habían quenas y esperaba que soplase sin mayores dificultades (porque todos los sudamericanos tocamos quena, claro), pero me demoré un par de clases en dejar de soplar al vacío. Pasé varias tardes en más o menos buena compañía, hasta que nos avisaron que en cierto evento de la universidad iba a haber una presentación del grupo. Yo al instante me negué, pues tocaba bastante mal, al igual que la mayoría. Pero nos insistieron. Tocaríamos Koujou no Tsuki, una canción tradicional que hablaba de un castillo en ruinas. Muy romántico todo, pero después de ir de mala gana a varios ensayos, desaparecí misteriosamente. No quería hacer el ridículo. Me sentí como cuando me pusieron un disfraz de pollo hecho de cartón para bailar en un acto de kinder. Pero los otros estudiantes de intercambio se lo tomaron bastante en serio. El día de la presentación los escuché de lejos y llámenme cruel, pero me alegré de no estar ahí.

Los jóvenes que bailaban con los abanicos se quedaron después de que yo terminara de quemar cuatrocientas calorías y se deslizaban por el suelo con el rostro solemne. Daban la impresión de ser autodidactas, aunque no me producía mucha admiración el hecho. No dudo que les gustase lo que estaban haciendo. Cuando tenía quince años a mí también me gustaba y le pedí a mi mamá que me fabricara un hakama y bailé también con un abanico, frente a todo el colegio. En ese tiempo me creía una persona versada en budismo Zen, pero creo que es el hikikomori de ahora que vive con su gata quien es más capaz de entender las cuatro verdades nobles porque lo único certero en estos años ha sido de hecho, el sufrimiento. Pero tampoco pretendo dejar de desear y ponerme bajo una cascada de agua helada para que me den el certificado que acredite mi iluminación.

Todos diferentes 

En la última rutina de embellecimiento bimensual–porque resulta que Azuma es un ser mortal como todos, con más inmunidad a la influenza H1N1 que a la vanidad- me tocó un peluquero con muy mala mano. Mi corte de pelo parece el de una soccer mom japonesa y hay unas ondas que sobrevivieron a los batallescos intentos de la permanente lisa. Ahora desperdigo malos comentarios de aquella peluquería con toda la gente que conozco en venganza.

El año pasado había dejado ser a mi pelo y que creciera, con sus rulos y todo. Fue una clase de proceso de aceptación. Siempre odié aquellas ondas que venían por el lado paterno. Cuando estaba en la escuela primaria tenía el pelo hasta la cintura y era un martirio peinar aquellos rulos todas las mañanas. Poco tiempo después de instalarme en Tokyo, me embarqué hacia la gloriosa tierra de Omotesando y me metí por más de dos horas en una peluquería para cumplir uno de mis sueños: alisarme el pelo. Amé de inmediato el resultado y los tres años siguientes me encargué de mantener religiosamente aquel alisado, pero después de todo ese tiempo me vino una especie de rebeldía occidental. En una de mis poco misericordiosas reflexiones en clase, me di cuenta de la cantidad de niñas que tenían la cabellera permanentada, ¡y yo podía conseguir aquello sin pagar ni un sólo yen! Así fue como decidí dejar que mi herencia genética se tomara mi cabeza otra vez.

Ahora, si bien el cambio no me molestó tanto como pensaba (ahora era yo quien me peinaba, no mi mamá apurada con su cepillo castigador), se me presentó cierta dificultad. Ahora siempre que iba a la peluquería, después de terminar la rutina, el estilista sacaba la plancha y me dejaba el pelo planísimo. Al principio no me importó demasiado, pero luego comenzó a darme curiosidad y le pregunté al peluquero de turno la razón. Tu tienes kusege, me dijo (kuse, manía y ge(ke), pelo).

¿Pelo mañoso? Bueno, después de verlo en el diccionario, en verdad es la palabra que se usa para describir al pelo ondulado (la otra es tennen paama-es decir “permanente natural”).

Otro peluquero dijo en otro momento que gracias a aquella peculiaridad, había que alisar de todas maneras porque si no no se arreglaba. Claro, pensé yo con algo de rabia, como deben ser pocas las oportunidades de ver rulos de verdad, es mejor convertirlos en algo digerible para ellos.  La historia luego se repitió varias veces y dependiendo del ánimo me solía causar gracia o todo lo contrario.

Hace una semana decidí hacer otro viaje a la peluquería ya que me habían dado un cupón de descuento. Esta vez decidí dejar mi versión 2009 atrás y alisarme otra vez. Mientras me secaba el pelo, un joven asistente mantuvo conmigo una corta conversación.

“¿En tú país todos tienen el pelo negro?” me preguntó.

“Mmm…no realmente. Hay de todo.” El muchacho me miró con interés. “Pues, depende de la persona…” continué  “hay gente como yo, o con el pelo café, rubios, pelirrojos, etc.”

“¡Oh!” exclamó él  “Entonces, ¡son todos diferentes!”

Parpadeé unos segundos tratando de entender aquella afirmación.

“Entonces, ¡a las personas les gustarán distintos tipos de gente!” siguió él maravillado.

“Eh sí…supongo.”

Después de aquello la conversación murió naturalmente. El sonido del secador tampoco ayudaba mucho-ni las manos de hacha del asistente que se chocaban con mis piercings o los  minutos de más en los que dejaba que la máquina medio calcinara mi cuero cabelludo. Y además, ¿cómo se supone que continúan esas conversaciones?

Butterfly! Butterfly! Butterfly!

El timbre sonó a las diez de la noche, cuando extrañamente para esa hora yo me encontraba debajo de la gruesa colcha de mi futón. Me paré lentamente, mis ojos pobremente enfocando porque mis lentes se habían perdido bajo la almohada y me dirigí a la puerta. Divisé la cara de un conocido que una vez había sido compañero mío en mis estudios de japonés y el cual también había terminado en esta universidad campestre. Lo saludé y él estaba pálido. Le pregunté qué sucedía y una sonrisa nerviosa fue la primera respuesta. No sé quién era el que estaba más incómodo.

“Necesito pedirte un favor…” balbuceó al fin y yo en mi somnolienta descortesía no terminaba por abrir la puerta completamente. Le pregunté de qué se trataba esperando que no fuese algo de naturaleza monetaria. Pero el favor en cuestión estaba lejos de cualquier cosa que me imaginara.

“¿Se puede quedar una niña en tu habitación por esta noche? ”

“¿Ah?”

Silencio incómodo. Ahora yo sintiéndome impertinente, a pesar de que había sido mi interlocutor el de la interrupción, le pregunté qué diantres sucedía. Es complicado, me contestó. Pero su estatus de conocido no era suficiente como para poder aceptar un favor sin más explicaciones.

Su piel oscilando entre tonos verdosos y azules, murmuró: “Es que acabamos de romper….”

Ahhh.

¿Ah?

No sé cómo mi cara se contrajo en aquel momento, pero sin duda no esbozó una expresión de placer. Pero el chico no mostraba señales de rendirse y yo ahora no podía cerrar la puerta de la pura estupefacción.

“¿Donde está ella?”

“Me está esperando afuera.”

“Mmm…está bien. Pero mañana me tengo que levantar temprano.” afirmé cuidadosamente.

“Gracias. No tenía a quien acudir.

Y al siguiente instante ya se había marchado. Sin saber muy bien en qué pensar, corrí a poner todo más o menos en orden en el pequeño espacio de tiempo de la espera. El timbre volvió a sonar unos minutos después.

Abrí la puerta y junto al chico anterior, se encontraba la llorosa y pálida figura de una joven china. La dejé pasar sin mucha ceremonia y después de darme un parco y nervioso gracias, el muchacho se fue.

Siéntate, ¿quieres algo para tomar?, decía yo tratando de encajar las piezas de este casi onírico momento. ¿Pero por qué estaba yo ofreciendo cosas a este huésped inesperado? Ah, lo que sea. Sin poder ya languidecer en mi futón mientras escuchaba el lejano sonido de la televisión, intentando hilar sueños, me senté con algo de resignación cerca de ella. ¿Estás bien?

Y es ahí cuando la overtura de un gran drama personal comienza a sonar de fondo. Una historia tan triste como común. Acordémonos de Madama Butterfly.

La devota y amable joven china había sido novia de este rubio muchacho por varios años. Ella, enamorada hasta el alma de toda aquella occidentalidad que no podía tener, lo siguió a todas partes y aguantó cualquier capricho. Mi conocimiento de él, que antes de que ella me dijera ya sabía yo que era poseedor de un carácter complicado, fue coloreado con más detalles escabrosos.  Ella le cocinaba y le daba hasta el tiempo que no tenía. Al principio, como en todo, fue idílico. Hasta que ella creyó que el único destino de ese amor era el altar. Allí, el pálido ángel de cabellos dorados se convirtió en un ogro casi de un día para otro. Él dejó de llamarla y de querer que lo llamaran. La abandonó con una fría indiferencia.

Un período de tortuosos meses comenzó para ambos, hasta que en la cúspide de estas tribulaciones, él pareció desaparecer del planeta. Ella supo poco después que había enfermado y, como justo es época de un gran contagio de gripe humana, pensó lo peor. Desde un lejano punto de Tokyo ella tomó el tren, le compró comida y viajó hasta esta comuna en medio de arrozales y telas de araña. Habiendo llegado ya de noche, ella tocó su puerta y él no la dejó entrar en su casa. La lanzó afuera y después de unos momentos de drama, él estaba parado en frente de mi puerta para que yo me hiciese cargo.

Ella no podía entender el repentino cambio de personalidad de su Pinkerton, yo no podía decirle que no podía ser más obvio. No dormí en toda la noche escuchando sus lamentos; ella temblaba ante la idea de verse sin su rubio acompañante. En una ocasión hasta se había puesto a leer libros sobre las famosas diferencias entre hombres y mujeres para poder entender la repentina bipolaridad de su amado.

Él le dijo: “Si te gusta tanto ese libro, ¿porqué no sales con él?”

Ya de día, la fui a dejar a la parada de buses para que tomara el primer tren a Tokyo. Me dejó en agradecimiento el bento que le había comprado a su supuestamente enfermo amado. Después de mirar las cajas de comida por unos segundos, las usé para el desayuno, sin saber bien en qué pensar. No tenían mal sabor.


Siete frases célebres de gente común (bonus track)

1. “En Japón, la gente no habla dentro de los trenes por que está cansada de las relaciones humanas.” (compañero de clase, en un seminario sobre comunicación intercultural)

2. “La Universidad no es un hospital y los estudiantes no son clientes.” (respuesta del rector de la Facultad de Arte, al escuchar los problemas de quien escribe este blog)

3. “Las cosas son eternas mientras pienses que lo son.” (sicóloga de la universidad ante un ataque de pánico)

4.  “¿Qué te queda mejor, lo sádico o masoquista?” (pregunta de una compañera de clase en una conversación casual)

5. “La melancolía es una cosa que se lleva en los genes.” (una amiga)

6. “Tienes que mostrarte alegre porque eres mujer.” (el dueño de una convenience store en la que quise trabajar, dándome instrucciones).

7. “¡El que dos estudiantes de primaria se besen es un problema moral!” (la misma amiga anterior, mientras veíamos una escena como la relatada en una película.)

Problemas maritales

(Una conversación más para esta colección de perlas envenenadas—-)

Caí en la oficina del consejero de estudiantes extranjeros otra vez. Era la tercera ocasión en la que me llevaban, porque me había dejado de dignar en contestar las llamadas de los profesores de mi carrera.  Queremos saber cómo estás, alegaban, pero en realidad lo único que querían deducir era si ya había sucumbido para tener una excusa para despedirme amablemente. Entonces me pusieron en frente a este pelagato que se ponía nervioso de sólo mirarme- porque el dichoso consejero no es ni sicólogo ni preparado en la materia, es un profesor elegido al azar de quién sabe dónde, para llenar un cargo que sirva de tapón de conciencia ante todas las tristezas que padecemos.

“¿Estás yendo a clases?”

“Eso intento.”

“Tú…¿qué era lo que estudiabas?”

“Arte.”

“Ah, entonces dibujas…”

“Antes lo hacía.”

“¿Y qué es lo que quieres para el futuro?”

“No lo sé con seguridad. Supongo que algo que tenga relación con lo que estudio.”

“¿Con quien vives?”

“Con nadie.”

“¿Qué haces en tu tiempo libre?”

“Quedarme en mi casa.”

“¿Pero eso no es muy solo?”

“¿Y qué más puedo hacer?”

La jornada había comenzado como un tedioso partido de tenis.

“Mire…” comencé, tratando de contener mi exasperación “…si usted es un consejero de estudiantes extranjeros, debe saberlo de sobra. La gente no se quiere relacionar con nosotros, si quiere ponga de excusa la cultura, las costumbres, etc, pero es un hecho. Usted debe saber que eso es un gran problema que enfrentamos, ¿o no?”

“Bueno….supongo que sí. Pero es que este país tiene cierta peculiaridad…”

“¿Qué quiere decir?”

“En este país los extranjeros que se vienen a vivir siempre se quejan, por una u otra cosa, pero nunca se van. Se pasan quejando pero no hacen nada al respecto.”

“¿Hacer algo al respecto?”

“Claro. Tú también deberías hacer algo al respecto.”

“¿Qué quiere decir? ¿Que me vaya?”

“Por ejemplo.”

“Entonces, según usted, sería mejor que no llegaran estudiantes extranjeros.”

“¿Y, sí no? De alguna forma eso sería mejor para ellos.”

“¿No se supone que usted es el consejero? ¿No debería darme usted ideas? Yo no sé si me vaya o no de aquí, no sé si me quiero quedar o no. Eso depende de varias cosas. Tal vez logre encontrar un trabajo y sea a largo plazo, tal vez sea la hora de ir a otros lados. Pero lo que sí sé, es que si me tengo que ir de este país, no me quiero ir en pelea con él. Yo todavía amo muchas cosas de este lugar. Todavía hay muchos aspectos que admiro y disfruto, y no tengo intención de recordarlos luego con amargura.” El consejero se rió.

“Esto es como los problemas maritales.” afirmó. Y ahora yo reí ante aquella disparatada frase. “Hay parejas que cuando se conocen, la pasan bien y se casan muy enamoradas, pero luego por circunstancias de la vida, a pesar de todo el amor que se tuvieron, terminan divorciándose. Es un final del cual ni la mejor pareja se salva.”

Yo callé y reí una vez más, esta vez para mis adentros. Luego la sesión terminó, agarré mi bicicleta y mientras escuchaba mi mp3 player, respiré la humedad del clima. Recordé que, a pesar del verano, los días nublados siempre me habían gustado, y aquella pureza traspasaba todo límite.

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