Todos diferentes 

En la última rutina de embellecimiento bimensual–porque resulta que Azuma es un ser mortal como todos, con más inmunidad a la influenza H1N1 que a la vanidad- me tocó un peluquero con muy mala mano. Mi corte de pelo parece el de una soccer mom japonesa y hay unas ondas que sobrevivieron a los batallescos intentos de la permanente lisa. Ahora desperdigo malos comentarios de aquella peluquería con toda la gente que conozco en venganza.

El año pasado había dejado ser a mi pelo y que creciera, con sus rulos y todo. Fue una clase de proceso de aceptación. Siempre odié aquellas ondas que venían por el lado paterno. Cuando estaba en la escuela primaria tenía el pelo hasta la cintura y era un martirio peinar aquellos rulos todas las mañanas. Poco tiempo después de instalarme en Tokyo, me embarqué hacia la gloriosa tierra de Omotesando y me metí por más de dos horas en una peluquería para cumplir uno de mis sueños: alisarme el pelo. Amé de inmediato el resultado y los tres años siguientes me encargué de mantener religiosamente aquel alisado, pero después de todo ese tiempo me vino una especie de rebeldía occidental. En una de mis poco misericordiosas reflexiones en clase, me di cuenta de la cantidad de niñas que tenían la cabellera permanentada, ¡y yo podía conseguir aquello sin pagar ni un sólo yen! Así fue como decidí dejar que mi herencia genética se tomara mi cabeza otra vez.

Ahora, si bien el cambio no me molestó tanto como pensaba (ahora era yo quien me peinaba, no mi mamá apurada con su cepillo castigador), se me presentó cierta dificultad. Ahora siempre que iba a la peluquería, después de terminar la rutina, el estilista sacaba la plancha y me dejaba el pelo planísimo. Al principio no me importó demasiado, pero luego comenzó a darme curiosidad y le pregunté al peluquero de turno la razón. Tu tienes kusege, me dijo (kuse, manía y ge(ke), pelo).

¿Pelo mañoso? Bueno, después de verlo en el diccionario, en verdad es la palabra que se usa para describir al pelo ondulado (la otra es tennen paama-es decir “permanente natural”).

Otro peluquero dijo en otro momento que gracias a aquella peculiaridad, había que alisar de todas maneras porque si no no se arreglaba. Claro, pensé yo con algo de rabia, como deben ser pocas las oportunidades de ver rulos de verdad, es mejor convertirlos en algo digerible para ellos.  La historia luego se repitió varias veces y dependiendo del ánimo me solía causar gracia o todo lo contrario.

Hace una semana decidí hacer otro viaje a la peluquería ya que me habían dado un cupón de descuento. Esta vez decidí dejar mi versión 2009 atrás y alisarme otra vez. Mientras me secaba el pelo, un joven asistente mantuvo conmigo una corta conversación.

“¿En tú país todos tienen el pelo negro?” me preguntó.

“Mmm…no realmente. Hay de todo.” El muchacho me miró con interés. “Pues, depende de la persona…” continué  “hay gente como yo, o con el pelo café, rubios, pelirrojos, etc.”

“¡Oh!” exclamó él  “Entonces, ¡son todos diferentes!”

Parpadeé unos segundos tratando de entender aquella afirmación.

“Entonces, ¡a las personas les gustarán distintos tipos de gente!” siguió él maravillado.

“Eh sí…supongo.”

Después de aquello la conversación murió naturalmente. El sonido del secador tampoco ayudaba mucho-ni las manos de hacha del asistente que se chocaban con mis piercings o los  minutos de más en los que dejaba que la máquina medio calcinara mi cuero cabelludo. Y además, ¿cómo se supone que continúan esas conversaciones?

Tsukuba Monogatari-prólogo

Muchas personas asumen que mi color favorito es el negro.  Desde hace algunos años comencé la práctica de agregar prendas de este tono en mi clóset. Lo primero que adquirí fue una chaqueta Adidas en los primeros meses de mi estadía en Tokyo. Me había llamado la atención el diseño y me armé de valor para tomarla y comprarla. Nunca antes había tenido ropa negra y no es una forma de decir; realmente ésa era la primera vez en mi vida que me atrevía a usar ese color. Las razones dan para una larga historia que dudo que valga la pena contar, pero en palabras simples podría decir que aquella tonalidad me estaba vedada desde mis primeros años. Pero ahí estaba yo en aquel momento, libre, en Tokyo y mirando de frente en el silencio a esa cosa que dice ser mi ser. De pronto se me encarga la tarea de repintar esa silueta grisácea con forma humana, esta vez de la forma que yo quisiera. Y los caminos del Señor son misteriosos.

Así llegamos hasta el día de hoy en el que, guardando la ropa recién lavada me doy cuenta de que tengo una docena de camisas negras, sin contar las camisetas del mismo color. Desperté y tomé conciencia de que me vestía la noche, a pesar de saberlo a medias por mucho tiempo.

Tengo entendido que si uno se refiere a los colores en la luz, el negro es la ausencia del color. En materia de pigmentos esto puede ser más discutible. Cuando el consejero de estudiantes extranjeros me miró irrespetuosamente de la cabeza a los pies, tomó el significado más fácil de toda esa mezcla de códigos que es el vestir y me dijo “te ves triste“. Me hubiese encantado que esa ola de empatía le hubiese durado cuando intentaba inventar excusas para echarme de la universidad. Otro día, había decidido usar un abrigo rojo. Al entrar a mi facultad un profesor me vio y expresó con sorpresa y algo de alegría de que no estaba vistiendo de negro. No volví a usar ese abrigo.

Pero a pesar de todo lo anterior, que quede claro una cosa: mi color favorito no es el negro. No sólo porque desde algunas perspectivas no es considerado un color como dije antes, si no porque no se trata de gustos. Para mí su uso es un deber. Al principio creí que era por la depresión y todo ese cliché. Pero después me di cuenta que no era porque quería decirle al mundo que mi vida era un carro de lágrimas. Me gusta su connotación funeraria, pero es porque es un color de aceptación de los cambios de la vida, de las depresiones incurables, de las fobias, de la lógica propia que sólo se choca una y otra vez con miradas peyorativas.

Ahora que empieza este año me percato de que aquellas garras que me quitan los deseos de vivir, que aquel suspiro que me envenena para que me entregue al sueño por horas infinitas, siempre estarán presentes y serán siempre más definidos que mi sombra. Pero no es porque me haya rendido. Es porque comencé a aprender a bailar en aquellos tonos menores. Y para ello hay que mancharse de negro, encontrarse en la oscuridad.

Aviso

Exacto.

Déjenme hacer una visita de médico. Primero que nada quiero expresar la alegría que me produce el que este blog sea leído y comentado. Gracias por seguirme y expresar sus opiniones, o compartir experiencias parecidas, da mucho ánimo para seguir contando más (siempre escribí estas cosas como un monólogo solitario y nunca tuve mucha esperanza de que a otros les interesaría).

Segundo, ¡aquí estoy!. Tengo varios post pendientes que saldrán en un futuro que espero que sea cercano. Últimamente he tenido que librar varias batallas que me han dejado sin aliento y han marchitado mi inspiración; luchas contra el sistema, contra un flujo de vida que uno no desea, contra uno mismo. Pero de ninguna manera tengo intención de dejar morir este blog. Así que, si no les he colmado ya la paciencia, ¡espérenme un poco más!

La Gata Kiku y yo les agradeceremos.

Butterfly! Butterfly! Butterfly!

El timbre sonó a las diez de la noche, cuando extrañamente para esa hora yo me encontraba debajo de la gruesa colcha de mi futón. Me paré lentamente, mis ojos pobremente enfocando porque mis lentes se habían perdido bajo la almohada y me dirigí a la puerta. Divisé la cara de un conocido que una vez había sido compañero mío en mis estudios de japonés y el cual también había terminado en esta universidad campestre. Lo saludé y él estaba pálido. Le pregunté qué sucedía y una sonrisa nerviosa fue la primera respuesta. No sé quién era el que estaba más incómodo.

“Necesito pedirte un favor…” balbuceó al fin y yo en mi somnolienta descortesía no terminaba por abrir la puerta completamente. Le pregunté de qué se trataba esperando que no fuese algo de naturaleza monetaria. Pero el favor en cuestión estaba lejos de cualquier cosa que me imaginara.

“¿Se puede quedar una niña en tu habitación por esta noche? ”

“¿Ah?”

Silencio incómodo. Ahora yo sintiéndome impertinente, a pesar de que había sido mi interlocutor el de la interrupción, le pregunté qué diantres sucedía. Es complicado, me contestó. Pero su estatus de conocido no era suficiente como para poder aceptar un favor sin más explicaciones.

Su piel oscilando entre tonos verdosos y azules, murmuró: “Es que acabamos de romper….”

Ahhh.

¿Ah?

No sé cómo mi cara se contrajo en aquel momento, pero sin duda no esbozó una expresión de placer. Pero el chico no mostraba señales de rendirse y yo ahora no podía cerrar la puerta de la pura estupefacción.

“¿Donde está ella?”

“Me está esperando afuera.”

“Mmm…está bien. Pero mañana me tengo que levantar temprano.” afirmé cuidadosamente.

“Gracias. No tenía a quien acudir.

Y al siguiente instante ya se había marchado. Sin saber muy bien en qué pensar, corrí a poner todo más o menos en orden en el pequeño espacio de tiempo de la espera. El timbre volvió a sonar unos minutos después.

Abrí la puerta y junto al chico anterior, se encontraba la llorosa y pálida figura de una joven china. La dejé pasar sin mucha ceremonia y después de darme un parco y nervioso gracias, el muchacho se fue.

Siéntate, ¿quieres algo para tomar?, decía yo tratando de encajar las piezas de este casi onírico momento. ¿Pero por qué estaba yo ofreciendo cosas a este huésped inesperado? Ah, lo que sea. Sin poder ya languidecer en mi futón mientras escuchaba el lejano sonido de la televisión, intentando hilar sueños, me senté con algo de resignación cerca de ella. ¿Estás bien?

Y es ahí cuando la overtura de un gran drama personal comienza a sonar de fondo. Una historia tan triste como común. Acordémonos de Madama Butterfly.

La devota y amable joven china había sido novia de este rubio muchacho por varios años. Ella, enamorada hasta el alma de toda aquella occidentalidad que no podía tener, lo siguió a todas partes y aguantó cualquier capricho. Mi conocimiento de él, que antes de que ella me dijera ya sabía yo que era poseedor de un carácter complicado, fue coloreado con más detalles escabrosos.  Ella le cocinaba y le daba hasta el tiempo que no tenía. Al principio, como en todo, fue idílico. Hasta que ella creyó que el único destino de ese amor era el altar. Allí, el pálido ángel de cabellos dorados se convirtió en un ogro casi de un día para otro. Él dejó de llamarla y de querer que lo llamaran. La abandonó con una fría indiferencia.

Un período de tortuosos meses comenzó para ambos, hasta que en la cúspide de estas tribulaciones, él pareció desaparecer del planeta. Ella supo poco después que había enfermado y, como justo es época de un gran contagio de gripe humana, pensó lo peor. Desde un lejano punto de Tokyo ella tomó el tren, le compró comida y viajó hasta esta comuna en medio de arrozales y telas de araña. Habiendo llegado ya de noche, ella tocó su puerta y él no la dejó entrar en su casa. La lanzó afuera y después de unos momentos de drama, él estaba parado en frente de mi puerta para que yo me hiciese cargo.

Ella no podía entender el repentino cambio de personalidad de su Pinkerton, yo no podía decirle que no podía ser más obvio. No dormí en toda la noche escuchando sus lamentos; ella temblaba ante la idea de verse sin su rubio acompañante. En una ocasión hasta se había puesto a leer libros sobre las famosas diferencias entre hombres y mujeres para poder entender la repentina bipolaridad de su amado.

Él le dijo: “Si te gusta tanto ese libro, ¿porqué no sales con él?”

Ya de día, la fui a dejar a la parada de buses para que tomara el primer tren a Tokyo. Me dejó en agradecimiento el bento que le había comprado a su supuestamente enfermo amado. Después de mirar las cajas de comida por unos segundos, las usé para el desayuno, sin saber bien en qué pensar. No tenían mal sabor.


Siete frases célebres de gente común (bonus track)

1. “En Japón, la gente no habla dentro de los trenes por que está cansada de las relaciones humanas.” (compañero de clase, en un seminario sobre comunicación intercultural)

2. “La Universidad no es un hospital y los estudiantes no son clientes.” (respuesta del rector de la Facultad de Arte, al escuchar los problemas de quien escribe este blog)

3. “Las cosas son eternas mientras pienses que lo son.” (sicóloga de la universidad ante un ataque de pánico)

4.  “¿Qué te queda mejor, lo sádico o masoquista?” (pregunta de una compañera de clase en una conversación casual)

5. “La melancolía es una cosa que se lleva en los genes.” (una amiga)

6. “Tienes que mostrarte alegre porque eres mujer.” (el dueño de una convenience store en la que quise trabajar, dándome instrucciones).

7. “¡El que dos estudiantes de primaria se besen es un problema moral!” (la misma amiga anterior, mientras veíamos una escena como la relatada en una película.)

Problemas maritales

(Una conversación más para esta colección de perlas envenenadas—-)

Caí en la oficina del consejero de estudiantes extranjeros otra vez. Era la tercera ocasión en la que me llevaban, porque me había dejado de dignar en contestar las llamadas de los profesores de mi carrera.  Queremos saber cómo estás, alegaban, pero en realidad lo único que querían deducir era si ya había sucumbido para tener una excusa para despedirme amablemente. Entonces me pusieron en frente a este pelagato que se ponía nervioso de sólo mirarme- porque el dichoso consejero no es ni sicólogo ni preparado en la materia, es un profesor elegido al azar de quién sabe dónde, para llenar un cargo que sirva de tapón de conciencia ante todas las tristezas que padecemos.

“¿Estás yendo a clases?”

“Eso intento.”

“Tú…¿qué era lo que estudiabas?”

“Arte.”

“Ah, entonces dibujas…”

“Antes lo hacía.”

“¿Y qué es lo que quieres para el futuro?”

“No lo sé con seguridad. Supongo que algo que tenga relación con lo que estudio.”

“¿Con quien vives?”

“Con nadie.”

“¿Qué haces en tu tiempo libre?”

“Quedarme en mi casa.”

“¿Pero eso no es muy solo?”

“¿Y qué más puedo hacer?”

La jornada había comenzado como un tedioso partido de tenis.

“Mire…” comencé, tratando de contener mi exasperación “…si usted es un consejero de estudiantes extranjeros, debe saberlo de sobra. La gente no se quiere relacionar con nosotros, si quiere ponga de excusa la cultura, las costumbres, etc, pero es un hecho. Usted debe saber que eso es un gran problema que enfrentamos, ¿o no?”

“Bueno….supongo que sí. Pero es que este país tiene cierta peculiaridad…”

“¿Qué quiere decir?”

“En este país los extranjeros que se vienen a vivir siempre se quejan, por una u otra cosa, pero nunca se van. Se pasan quejando pero no hacen nada al respecto.”

“¿Hacer algo al respecto?”

“Claro. Tú también deberías hacer algo al respecto.”

“¿Qué quiere decir? ¿Que me vaya?”

“Por ejemplo.”

“Entonces, según usted, sería mejor que no llegaran estudiantes extranjeros.”

“¿Y, sí no? De alguna forma eso sería mejor para ellos.”

“¿No se supone que usted es el consejero? ¿No debería darme usted ideas? Yo no sé si me vaya o no de aquí, no sé si me quiero quedar o no. Eso depende de varias cosas. Tal vez logre encontrar un trabajo y sea a largo plazo, tal vez sea la hora de ir a otros lados. Pero lo que sí sé, es que si me tengo que ir de este país, no me quiero ir en pelea con él. Yo todavía amo muchas cosas de este lugar. Todavía hay muchos aspectos que admiro y disfruto, y no tengo intención de recordarlos luego con amargura.” El consejero se rió.

“Esto es como los problemas maritales.” afirmó. Y ahora yo reí ante aquella disparatada frase. “Hay parejas que cuando se conocen, la pasan bien y se casan muy enamoradas, pero luego por circunstancias de la vida, a pesar de todo el amor que se tuvieron, terminan divorciándose. Es un final del cual ni la mejor pareja se salva.”

Yo callé y reí una vez más, esta vez para mis adentros. Luego la sesión terminó, agarré mi bicicleta y mientras escuchaba mi mp3 player, respiré la humedad del clima. Recordé que, a pesar del verano, los días nublados siempre me habían gustado, y aquella pureza traspasaba todo límite.

La Gata Crisantemo

Son las tres y media de la mañana y al fin puedo dar un pequeño respiro. Mi gata, Kiku, llegó de un pequeño paseo nocturno y me maulló para que le diera comida. Esto no es un hecho de poca importancia: hace un día y medio, la minina devolvió su comida y las veinticuatro horas siguientes apenas probó bocado. A duras penas se levantaba y cuando lograba pararse, se acostaba a dos pasos más allá.  Con horror, corrí hacia mi computador para investigar de qué clase de síntomas se trataba.  Hace poco había notado que tenía su pancita más hinchada y pensé que (al fin) estaba embarazada, pero después de su falta de apetito temí por lo peor. Podría estar sufriendo desde una constipación hasta un envenenamiento.  Conociendo el trato cruel que en este país se les suele dar a los gatos (en contra de la creencia popular), entré en un estado de pánico. Falté a clases para no perderla de mi vista y después salté a mi bicicleta para ir a buscarle alimento blando. Sentía un gran peso sobre mis hombros, mi corazón se retorcía. Cuando caía la noche su estado no mejoraba y apenas pude dormir. Al menos tenía sus reflejos intactos, lo que indicaba que si se había envenenado el caso no era fatal.

A medianoche me pidió salir. Con aprehensión, la dejé, pero luego estaba dándome vueltas por detrás del edificio para ver si se encontraba bien. Qué angustia. De los ocho gatos que he tenido en mi vida, es probablemente la primera vez que sentí una preocupación tan grande.  A mi primer gato lo ví sufrir mucho por la enfermedad que se llevó su vida, y el gato que mejor se había llevado conmigo hasta ese entonces, me dejó con una enorme tristeza cuando misteriosamente desapareció-justo, cuando había decidido partir hacia Japón. Pero esta vez realmente se me cayó todo por un momento.  Mis ojos cosquillean y las emociones fluyen dentro de mí, ahora por el alivio, pero también porque me percaté de lo especial que es esta gatita. Por eso le dedico un post.

La gata Kiku llegó con el comienzo de la primavera, de una forma tan repentina que el hecho de que esté aquí se convirtió en algo tan natural que no dió cabida a cuestionamientos. Maulló fuera de mi ventana y le abrí. Sin miedo ni verguenza, entró a mi dormitorio y se acostó a los pies de mi futón. Yo, con perplejidad-y para qué me dejo con cosas, feliz- la dejé. Una o dos horas después, se sube a mi regazo mientras estaba frente al computador. Se trataba de una gata adulta, tal vez con algo de sobrepeso, con el pelo brillante y de aspecto más bien sano. Pensé al instante que tendría dueño y que tal vez me había pegado una visita, como suele suceder que estos muchachos suelen tener más de una casa de vez en cuando.  Pasado un tiempo se fue por donde había venido y no supe de ella hasta dos semanas después, cuando vino a cumplir la misma rutina de dormir un rato en mi colcha e irse.  No transcurrió mucho cuando el intervalo entre visitas se fue haciendo más corto,  pero siempre con la humildad de no pedir nada más que un lugar donde acostarse. Hasta que un día, aquella humildad fue reemplazada por ruidosos maullidos que me pedían comida. Sonamos, pensé. Decidí ignorarla pero ahora la criatura venía todos los santos días. Supe que no podía hacer nada más al respecto. Con gran preocupación, pensando en qué iba a hacer si me tocaba volver a cruzar el océano otra vez, le compré sus primeras latas de comida. Ella no pudo haber estado más feliz. Tratando de tranquilizarme, pues cuando tenía doce años ya me había mudado de país con mi primer gato, decidí aceptar las cosas tal cual eran. El de arriba no pregunta, simplemente nos encaja los encuentros y si uno no estuvo preparado cual arquero para recibirlos, nos llega no más el gol. Pero sé que mi equipo está bastante lejos de haber perdido.

Llego a mi casa y escucho maullidos tras la puerta. Cuando me despierto siento un pesito en mis piernas.  Me siento a leer o a escribir y se ubica a una distancia prudente, vigilando, siendo los ojos que ven las cosas que no puedo ver. Me permite poner mi cabeza en su pancita y que la apriete de vez en cuando.  Los que tienen o han tenido gatos, saben que es tan difícil a veces tener feeling con ellos. A veces uno los adora, pero si uno no les cae bien, no hay nada que hacer. La cercanía de la relación la eligen ellos.

Ahora la Kiku debe estar hecha un ovillo en su almohadón, recuperándose de su constipación, que a lo mejor surgió por comerse una planta no muy saludable de esta ciudad campestre o tal vez un gusano. A todos los dioses que conozco les pido que la cuiden, para que me acompañe sea cual sea el hemisferio en el que esté, dándome la alegría que tanto me falta.

La Gata Kiku

Anteriores Entradas antiguas Siguiente Entradas recientes