Ya sé que estoy piantao

Mi universidad, con su campus de más de cuatro kilómetros, posee un hospital y un consultorio médico. Ambos están, como la mayoría de instalaciones de este centro educativo, bastante desgastados. A alguien le deben de servir, pero entre esos afortunados usuarios no me encuentro yo. Anteayer fui a parar allí por enésima vez.

La primera ocasión en la que pisé al consultorio fue para adentrarme en las habitaciones acolchadas del departamento de siquiatría. Cursaba primer año y el precio de aguantarme tristezas de años me comenzaba a reclamar. Inocentemente me preguntaba por qué era capaz de dormir por días enteros y me hería la luz del sol, hasta que me empezó a atrapar un síntoma más claro: la melancolía. Había leído en un folleto que habían terapeutas en la universidad y pensé que lógicamente, si uno estaba enfermo del alma, allí me iban a guiar por buen camino. Qué ingenuidad la mía.

En la primera sesión la sicóloga me dijo que por qué no me volvía a mi país. No supe bien qué contestar. Ella alegó que no se podía hacer cargo completamente de un extranjero. Que buscara en otra parte más adecuada. Yo insistí que necesitaba ayuda y que era el único lugar al que podía acudir. Después de recetarme unos antidepresivos tan nauseabundos que apenas me dejaban comer, ella no tuvo más que escucharme. Luego de un mes me preguntó con poca sutileza si realmente me servía hablar con ella. Yo, que comenzaba a sentir un leve avance en nuestra comunicación, quedé marcando ocupado una vez más. No volví a visitarla y pensé que no habría otra oportunidad en la que entrase en esas mórbidas salas, pero me equivoqué. En la segunda mitad de mi segundo año, bajo la orden (amenaza) de mi decano, me senté de mala gana frente a otra sicóloga. Me habían dicho que si no me medicaba contra mi depresión, no me dejarían seguir cursando. Aparenté ser obediente y me dejé analizar sin chistar. Esta vez la terapeuta no me miraba con tanta incomodidad, pero no era capaz de tomarme en serio tampoco. Aunque el problema de esta ronda fue el siquiatra al que me derivaron. Después de contarle en detalle sobre mi poco amor por la vida, me recetó pastillas para dormir y me dijo que además padecía fobia social. Sacó aquella conclusión después de que me quejara acerca de cómo uno era mirado y tratado por ser extranjero. Al parecer, gracias a aquella dolencia, esos problemas estaban en mi cabeza. Miren ustedes. Todavía conservo las pastillas. Las tomé por unos días, pero me dejaban una sensación de resaca peor que la que se tiene tomando el whisky más barato. Me saqué de encima aquellas sesiones lo más rápido que pude.

La tercera vez que me tuve que acercar al temido consultorio fue por una lesión de rodilla. La naturaleza física del problema hizo el trámite más fácil. Antiflamatorio, remedio para el estómago para contrarrestar el daño del antiflamatorio, vendas y compresas. Fue el único tratamiento que tuvo éxito.  Y luego esta vez, donde llegué de emergencia.

Había salido a clases como de costumbre, pero al llegar a la universidad desapareció la fuerza de mi cuerpo y mi miopía parecía hacerse más aguda. El corazón me bailaba a ritmos sincopados y me sentí desfallecer. Con la lucidez que me quedaba agarré mi bicicleta y volví a mi casa-que queda a unas tres cuadras del lugar. Al entrar a mi cuarto caí como un costal. No me duró mucho la inconsciencia, pero el mundo me daba vueltas. Supe que mi dieta de monje budista, baja en calorías, baja en azúcar, carbohidratos y cualquier vitamina en general, podría tener algo que ver. Me asusté y llamé a mi amiga Olavia para que me acompañara al médico. Al llegar a la ventanilla lo único que se me ocurrió decir fue que me iba a desmayar. La enfermera parpadeó varias veces, inexpresiva, explicándome no muy amablemente que llenase un formulario, pues sin él no me podrían atender. Uno se podrá estar muriendo y todo, pero si no se escribe el formulario, no tiene validez.

“¿Qué más siente?” me preguntó otra enfermera que se había puesto a mi lado.

“Náuseas.”

“Escríbalo ahí.”

“Se me olvidó el kanji.”

“Escríbalo en hiragana.”

Ha-ki-ke.

Luego de dejar a la pobre Olavia en la sala de espera-para después ser acosada por las enfermeras preguntándole acerca de mi estado- me llevaron a la sala pertinente. Mientras esperaba la llegada del médico otra enfermera me preguntó de nuevo por los síntomas y luego se detuvo contrariada. Me agarró el brazo, mostrándome, como si me acusara, mis cicatrices y tatuajes.

“¿¡Y esto!? ¿Ha ido a la unidad de siquiatría?”

Yo sólo suspiré y murmuré un sí. Los ojos de la enfermera, cada vez más punzantes, exigían que me avergonzase de lo que era, pero no encontraron a su víctima en mi cara cansada y pálida.

“¿No será que sus síntomas tienen que ver con esos problemas?” agregó, como quien lanza una piedra en el último intento de matar a un pájaro. Yo no me pude concentrar en otra cosa más que la íncomoda sensación de mi taquicardia.

Minutos después llega el doctor. Me pregunta menos que el formulario y las enfermeras. Me acuesto y pone su estetoscopio en mi estómago. Luego hunde su dedo en varias partes de mi abdomen. ¿Le duele aquí? No. ¿Y acá? Tampoco. Me diagnostican algún problema digestivo. ¿Qué?

“Señor, siento que me desmayo y el corazón me late muy rápido.”

“¿El corazón?” ríe. Me toma la presión como para que deje de molestar. Se da cuenta que está baja pero no le da mucha importancia.

“Tome este remedio para el estómago. Y trate de no comer. Esto sucede cuando se come mucho.”

“¡Pero lo que menos he hecho es comer!”

“Sí, no coma.”

Esto comenzaba a parecer un gag. Decidí no seguir discutiendo y fui a recibir las medicinas, pues me podrían servir en otra ocasión, aunque probablemente quedasen vencidas junto a los somníferos. Al salir del consultorio, Olavia me obligó a comprar algo de comer y después de tragar una bolsa entera de pasas, sentí que mi sistema operativo hizo funcionar el administrador de tareas.

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Cansado de la vida

El domingo pasado, cuando me desperté y encendí el televisor, me encontré con una noticia terrible. En el mediodía un hombre había conducido un camión por la calle central del barrio de Akihabara y lo estrelló -intencionalmente- contra varios peatones. Luego de destruir el vehículo, se bajo de él y, cuchillo en mano, apuñaló a otros transeúntes más. Obviamente el escándalo se armó y a pesar de que el hombre hizo ademán de huir, fue atrapado instantes después en una calle lateral por la policía, para ser posteriormente arrestado. Todo hubiese terminado ahí, pero lamentablemente siete personas perdieron la vida y otras diez quedaron gravemente heridas. Entre ellos un padre y un hijo que habían salido a comprar accesorios de computador, o una chica universitaria que transitaba por ahí. Gente como uno. Aquello me heló el cuerpo. El lugar del hecho estaba frente a una tienda que frecuento mucho y donde terminaron atrapando a este delincuente estaba a pocas cuadras de una jugetería a la que siempre voy.

No quiero poner más morbo con este post, porque ya le han dado suficiente tarro a este hecho en las noticias. Pero Akihabara es un lugar al que voy bastante y en el que podía caminar sin cuidado. Se supone que esto era Japón, no cualquier ciudad de Latinoamérica, donde uno camina abrazado a su mochila porque si no desaparece. Pero lo peor de todo esto es que esta masacre no fue un asalto por dinero. Cuando el hombre en cuestión fue arrestado, dijo sus razones: “Estaba cansado de mi vida. Queria matar a alguien, a quien fuera. No soy alguien necesario para nadie. Por eso, cometiendo asesinato, llamaría la atencion de las personas.”

En Latinoamérica también puede suceder que un tipo vaya y apuñale a decenas de personas, pero probablemente sería porque está bajo los efectos de las drogas o pretende robar objetos de valor. Allá no puedo caminar en la noche como camino por aquí, tampoco puedo perder mi billetera y esperar que alguien me la devuelva, pero aún así, no puedo dejar de impresionarme. Nuestros países no se encuentran en buenas condiciones, aún estamos a siglos de acabar con la pobreza y la corrupción, pero en este país del primer mundo, donde la miseria no es tan evidente y donde los servicios funcionan, la sociedad esta podrida en un estado tan profundo que llega a dar escalofríos.

El hombre en cuestión era un funcionario de una empresa de automóviles que tenía buena reputación en su trabajo, una persona x entre todos los japoneses x que viven en este país. Solamente sucedió que, lamentablemente, esta persona se cansó de ser x, pero como la sociedad no esta construída para personas no x, no había salida posible. Entonces sucedió lo que sucedió. No es que esté defendiendo a este hombre precisamente, pero lo que pasó es el efecto de lo que produce la sociedad de este país. Ahora, en las noticias y los matinales dan especiales en donde los invitados son especialistas en la materia, donde revisan el blog que el hombre poseía, y resaltan, ojo, el tipo es un otaku. Ahhh, claro. Ahí esta la culpa de todos los males. Después comentan sobre cómo ha cambiado Akihabara en este último tiempo y la indecencia que abunda por ahí (como las maids repartiendo publicidad de sus respectivos cafés). Luego una residente cercana opina, “sí, antes no era así, ahora está lleno de inmorales”. Y a esa opinión luego se le unen varias parecidas.

A mí me gusta el manga y sí, también me meto en los callejones del famoso barrio a buscar figuras de acción, cds raros y merchandising vario. También he ido a un maid cafe y fue una experiencia divertida. Tampoco quiero decir que celebro todo lo que compone la cultura otaku, porque hay cosas que me dan y seguiran dando escalofríos, como las muchachas que hacen service para todos los transeúntes dejando que les tomen fotos a lo que hay debajo de sus faldas porque es kawaii. Pero es injusto que le echen la culpa a esto y escondan la verdad. En ningún momento han hablado de cómo las personas se sienten viviendo en esta sociedad, porque todos, excepto este hombre, son personas decentes con una vida decente, ¿no?. Nadie quiere sacar a la luz los pedazos de sus vidas podridas, todos esperan hasta que no se pueda más y no quede otra que explotar. Y por eso, no puedo dejar de pensar con profunda tristeza en la vida de este hombre.

¿Este es el Japón que admiran ustedes? Está bien lejos de ser el paraíso que se imaginan.