Gaijin Modelo

No hay estudiante extranjero de universidad en Japón que probablemente no haya visto el tentador aviso de la siguiente forma de ganarse unos mangos: se busca gente que tenga la disposición de dar una breve disertación sobre el país del que proviene, preferentemente a una clase de chicos de colegio.

Pan comido, uno dice. Aunque yo por varios años evité enrolarme en estas actividades. La razón principal es que no crecí en el lugar en el que nací y, si bien volví a éste por algunos años antes de venir a esta isla, hay muchas cosas de las cuales soy ignorante (todavía hay por ahí cierta persona que se ríe de mí al no entender la diferencia entre una jibia y una jaiba). Sumémosle a esto que mi padre viene a su vez de otro país diferente, convirtiéndome en una suerte de híbrido latinoamericano poseedor de múltiples costumbres y acentos. Me ha sucedido a menudo que en un grupo de latinos, soy la única persona a la que le hablan en inglés. Creo que para mí siempre ha sido más importante sentirme parte de este planeta y nada más.

Sin embargo, cuando la necesidad llama, no queda más que aperrar. Por lo que respondí al aviso publicado en el boletín de estudiantes extranjeros. Sonaba mejor que otros trabajos de gaijin que había hecho en el pasado, como enseñar español a personas de dudosas intenciones, o entretener amas de casa hablando en inglés para que ellas sintieran que algo en su vida valiese la pena; o ir a un complejo de investigación científica para participar en un experimento neurológico, o atender un combini transformándome en un robot que sólo sabe decir irasshaimase.

No podía ser tan malo, me dije. Me encontré con una de las encargadas que iba a llevarme al sitio de trabajo junto a otra estudiante de cierto país europeo y nos embarcamos a la derruida ciudad vecina, Tsuchiura. Al llegar a un recinto municipal, nos anuncian que nuestro público serán ancianos. Se apodera de mí la angustia. Horas antes, mientras me alistaba para esto me miré por cierto tiempo al espejo con indecisión. Tengo dos piercings en el labio. Me pregunté varias veces si debía cambiármelos por un tipo de joyería más sobria, de modo de dar una buena impresión. Después de pensarlo bastante, desistí en cambiar las púas que tenía puestas, puesto que en primer lugar, esto no se trataba de un trabajo de cajero en un banco y segundo, si iba a estar frente a gente más joven, procuraría en esforzarme en romper los estereotipos: tener un aspecto underground no significa falta de educación y cortesía. Me vestí con una camisa y un pantalón negros, de la manera más sobria y arreglada que pude. Decidí que no tenía nada de lo cual avergonzarme.

Cuando llegué al salón lleno de señoras mayores ya no tenía tal seguridad. La chica europea no había procurado en producirse tanto como yo-sólo un par de jeans y un saco deportivo- pero su cabello castaño claro producía un resplandor que hacía que el mío, negro azabache, se viera casi como un pecado. Aún así auné la fuerza que me quedaba, teniendo confianza en mis buenas maneras y comencé mi disertación. El tema que había escogido-pensando en una audiencia infantil-trataba de una breve introducción de la mitología mapuche y chilota. Al elegir tal tópico había pensado que los chicos se aburrirían al recitarles una entrada de wikipedia, relatándoles en cifras exactas el área y población de mi país. Había intentado unir mi propio interés en la mitología japonesa para poder llegarles de una forma más atractiva. Pero obviamente la mayoría de las señoras del público no estuvieron muy contentas con mi elección. De todas maneras, con mi mejor sonrisa, llevé a cabo mi presentación mientras les daba una muestra de música autóctona e imágenes relacionadas. Contesté las preguntas que me hicieron con la mejor disposición. Pero mientras hablaba, un par de señoras excesivamente arregladas que se sentaron en los pupitres del frente, comenzaron a hablar en un volumen no muy discreto acerca de mí: ¡Cómo traen a una persona así!, balbuceaban.¿Acaso no ven su atuendo? Este tipo de personas nunca debería estar en un lugar como éste. Tragándome mi estupefacción, seguí contestando diligentemente las preguntas como si no hubiera escuchado nada. Una señora mayor con aspecto granjero tenía mucha curiosidad por los mitos que le relataba y alegremente concluyó que Japón y aquella faja larga y angosta de tierra tenían, misteriosamente, varios puntos en común. Sólo por ella pensé que valió la pena pararme frente aquella pizarra.

Luego subió al podio una de las representantes de aquella casta de los gaijin modelo.

(Gaijin modelo: representante de aquel ser humano ideal construído por la mente japonesa que consiste en tres atributos principales: 1.Pertenencia a un país norteamericano o europeo. 2.Tez blanca, ojos claros y cabello claro. 3. Tener cierto interés superficial en Japón que se pueda enmascarar como académico. Nota: no malentender como prejucio de quien escribe este blog. No tengo nada en contra con la gente de tales facciones. Sólo me llama la atención la fijación que los habitantes de este archipiélago tienen por ellas.)

La chica provee información enciclopédica. Ésta es mi bandera, mi capital, mis platos típicos. Fin. Todo el público encantado. Embelesado cuando ella les muestra el traje típico campesino que seguramente nunca se usó. Les comenta que practica Judo hace algunos años, enamorando finalmente a sus interlocutores. Le aplauden. Le dan tarjetas con sus direcciones. Por favor practique Judo con nuestros hijos.

Yo hasta ese momento no había pensado en vanagloriarme de que también había practicado artes marciales por varios años. ¿Qué venía al caso?

Una de las organizadoras del evento me comenta con dudosa amabilidad que si tengo intención de venir una próxima vez que lleve conmigo un traje típico. Le contesto que nunca me traje tal cosa. La última vez que puse una chupalla en mi cabeza fue cuando tenía unos cinco años, en una fiesta de inmigrantes en cierto país extranjero, en donde mis padres me disfrazaron y los compatriotas se sintieron contentos y enternecidos conmigo. Pero las señoras del auditorio y la organizadora me miraban con decepción. Cómo se me ocurría vestir tan 2011, cuando se suponía que debía andar con la mitad de mi cuerpo desnudo cazando con un arco o cerbatana, viviendo encima de los árboles. No importaba el que quisiera contarles sobre ciertos aspectos culturales que yo encontraba valiosos. El que no me viese como la imagen de sudamericano que se esperaba hacía que todo lo que dijera fuese inválido.

Al final del evento, ocurre una conversación entre la chica europea, la organizadora y yo.

“¿Hay mucha gente que quiere venir a Japón de tú país?” me pregunta la organizadora.

“Mmm bueno, supongo que ahora hay más gente, porque últimamente Japón está en boga, usted sabe…” respondo.

“Es verdad.” se une la europea. “Con eso de las subculturas…” murmura mirándome de soslayo. Luego prosigue, burlónamente. “Ahh, ¡Yo nunca he tomado un tomo de manga entre mis manos!”

Allí aproveché para darle mi mejor sonrisa. “Ya veo. Fíjate que yo tengo una colección de más de cien tomos y me los pienso llevar conmigo. ¡No sé que hacer! Jajaja…”

Nadie sabe qué responderme. He cometido el crimen de romper el tabú número uno del japonófilo oficial: nunca te mezcles con la cultura pop, pues así nunca tu interés por esta isla será genuino.

I have been there too.

La chica europea apenas se despide de mí cuando nos dejan en la universidad. Yo le respondo con infinita amabilidad.

 

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Ya sé que estoy piantao

Mi universidad, con su campus de más de cuatro kilómetros, posee un hospital y un consultorio médico. Ambos están, como la mayoría de instalaciones de este centro educativo, bastante desgastados. A alguien le deben de servir, pero entre esos afortunados usuarios no me encuentro yo. Anteayer fui a parar allí por enésima vez.

La primera ocasión en la que pisé al consultorio fue para adentrarme en las habitaciones acolchadas del departamento de siquiatría. Cursaba primer año y el precio de aguantarme tristezas de años me comenzaba a reclamar. Inocentemente me preguntaba por qué era capaz de dormir por días enteros y me hería la luz del sol, hasta que me empezó a atrapar un síntoma más claro: la melancolía. Había leído en un folleto que habían terapeutas en la universidad y pensé que lógicamente, si uno estaba enfermo del alma, allí me iban a guiar por buen camino. Qué ingenuidad la mía.

En la primera sesión la sicóloga me dijo que por qué no me volvía a mi país. No supe bien qué contestar. Ella alegó que no se podía hacer cargo completamente de un extranjero. Que buscara en otra parte más adecuada. Yo insistí que necesitaba ayuda y que era el único lugar al que podía acudir. Después de recetarme unos antidepresivos tan nauseabundos que apenas me dejaban comer, ella no tuvo más que escucharme. Luego de un mes me preguntó con poca sutileza si realmente me servía hablar con ella. Yo, que comenzaba a sentir un leve avance en nuestra comunicación, quedé marcando ocupado una vez más. No volví a visitarla y pensé que no habría otra oportunidad en la que entrase en esas mórbidas salas, pero me equivoqué. En la segunda mitad de mi segundo año, bajo la orden (amenaza) de mi decano, me senté de mala gana frente a otra sicóloga. Me habían dicho que si no me medicaba contra mi depresión, no me dejarían seguir cursando. Aparenté ser obediente y me dejé analizar sin chistar. Esta vez la terapeuta no me miraba con tanta incomodidad, pero no era capaz de tomarme en serio tampoco. Aunque el problema de esta ronda fue el siquiatra al que me derivaron. Después de contarle en detalle sobre mi poco amor por la vida, me recetó pastillas para dormir y me dijo que además padecía fobia social. Sacó aquella conclusión después de que me quejara acerca de cómo uno era mirado y tratado por ser extranjero. Al parecer, gracias a aquella dolencia, esos problemas estaban en mi cabeza. Miren ustedes. Todavía conservo las pastillas. Las tomé por unos días, pero me dejaban una sensación de resaca peor que la que se tiene tomando el whisky más barato. Me saqué de encima aquellas sesiones lo más rápido que pude.

La tercera vez que me tuve que acercar al temido consultorio fue por una lesión de rodilla. La naturaleza física del problema hizo el trámite más fácil. Antiflamatorio, remedio para el estómago para contrarrestar el daño del antiflamatorio, vendas y compresas. Fue el único tratamiento que tuvo éxito.  Y luego esta vez, donde llegué de emergencia.

Había salido a clases como de costumbre, pero al llegar a la universidad desapareció la fuerza de mi cuerpo y mi miopía parecía hacerse más aguda. El corazón me bailaba a ritmos sincopados y me sentí desfallecer. Con la lucidez que me quedaba agarré mi bicicleta y volví a mi casa-que queda a unas tres cuadras del lugar. Al entrar a mi cuarto caí como un costal. No me duró mucho la inconsciencia, pero el mundo me daba vueltas. Supe que mi dieta de monje budista, baja en calorías, baja en azúcar, carbohidratos y cualquier vitamina en general, podría tener algo que ver. Me asusté y llamé a mi amiga Olavia para que me acompañara al médico. Al llegar a la ventanilla lo único que se me ocurrió decir fue que me iba a desmayar. La enfermera parpadeó varias veces, inexpresiva, explicándome no muy amablemente que llenase un formulario, pues sin él no me podrían atender. Uno se podrá estar muriendo y todo, pero si no se escribe el formulario, no tiene validez.

“¿Qué más siente?” me preguntó otra enfermera que se había puesto a mi lado.

“Náuseas.”

“Escríbalo ahí.”

“Se me olvidó el kanji.”

“Escríbalo en hiragana.”

Ha-ki-ke.

Luego de dejar a la pobre Olavia en la sala de espera-para después ser acosada por las enfermeras preguntándole acerca de mi estado- me llevaron a la sala pertinente. Mientras esperaba la llegada del médico otra enfermera me preguntó de nuevo por los síntomas y luego se detuvo contrariada. Me agarró el brazo, mostrándome, como si me acusara, mis cicatrices y tatuajes.

“¿¡Y esto!? ¿Ha ido a la unidad de siquiatría?”

Yo sólo suspiré y murmuré un sí. Los ojos de la enfermera, cada vez más punzantes, exigían que me avergonzase de lo que era, pero no encontraron a su víctima en mi cara cansada y pálida.

“¿No será que sus síntomas tienen que ver con esos problemas?” agregó, como quien lanza una piedra en el último intento de matar a un pájaro. Yo no me pude concentrar en otra cosa más que la íncomoda sensación de mi taquicardia.

Minutos después llega el doctor. Me pregunta menos que el formulario y las enfermeras. Me acuesto y pone su estetoscopio en mi estómago. Luego hunde su dedo en varias partes de mi abdomen. ¿Le duele aquí? No. ¿Y acá? Tampoco. Me diagnostican algún problema digestivo. ¿Qué?

“Señor, siento que me desmayo y el corazón me late muy rápido.”

“¿El corazón?” ríe. Me toma la presión como para que deje de molestar. Se da cuenta que está baja pero no le da mucha importancia.

“Tome este remedio para el estómago. Y trate de no comer. Esto sucede cuando se come mucho.”

“¡Pero lo que menos he hecho es comer!”

“Sí, no coma.”

Esto comenzaba a parecer un gag. Decidí no seguir discutiendo y fui a recibir las medicinas, pues me podrían servir en otra ocasión, aunque probablemente quedasen vencidas junto a los somníferos. Al salir del consultorio, Olavia me obligó a comprar algo de comer y después de tragar una bolsa entera de pasas, sentí que mi sistema operativo hizo funcionar el administrador de tareas.

Koujou no tsuki (荒城の月)

Últimamente me da la impresión de que estoy más tiempo en el gimnasio general de la universidad que en mi facultad. Un día me bromearon preguntándome si es que me iba a graduar de Educación Física. La verdad es que el ejercicio siempre me ha gustado y creo que es en lo único que puedo perseverar sin sentir que me estoy torturando. Dibujar, lo cual se supone que es mi segunda naturaleza, me supone uno de los sufrimientos más perturbadores en este tiempo. Obviamente que para el deporte no tengo ningún talento y sólo lo hago por disfrute y vanidad.
En este decadente gimnasio (el cual me hace recordar siempre de que estoy en una institución pública, gracias a sus máquinas despintadas y viejas) no van muchos extranjeros, como es de esperarse, pero tampoco es que no aparezcan en lo absoluto. De cuando en cuando alguno va a aprovechar la gratuidad de aquellas máquinas desvencijadas, o hay otros que se someten a estoicas auto sesiones de yoga o algún arte marcial de dudosa definición. Dependiendo del día se llena de miembros del club de béisbol, los cuales tienen la cabeza rapada y parecen hechos todos con el mismo molde, o también puede aparecer la delegación del club de danza que se empeña en bailar los peores hits del j-pop actual que puede existir. A veces también hay corredores que con su esbelta figura hacen que me ponga azul de la envidia o pueden aparecer macizas mujeres judoka que sin hablar entre ellas, se concentran con semblante espartano en ayudarse a ejercitar. Todos ellos son un paisaje interesante de observar de reojo mientras subo escaleras ficticias en una máquina que se debió haber hecho poco antes de que yo naciera. Ninguno de ellos me presta mucha atención y por eso el gimnasio es uno de los pocos lugares en donde no siento tanta incomodidad. Creo que el color de mi pelo y mi expresión de pocos amigos ayuda mucho.

Cuando fui al gimnasio esta vez estaba más o menos vacío, pero noté una música que era bastante más agradable que las canciones de Hey Say Jump. Al parecer era una suerte de música tradicional japonesa. Luego veo que hay un par de personas bailando con abanicos. Al subirme a la bicicleta estática tengo una mejor vista y me doy cuenta de que eran un par de extranjeros, probablemente europeos o norteamericanos. Me llaman un poco la atención y los sigo con la mirada prudentemente. Estaban ensayando algún baile tradicional. Había otra figura que los supervisaba, una joven también extranjera. Poco tiempo después entró parte del grupo de danza ataviado con gorras y pantalones anchos y miraron a los extranjeros con un poco de resguardo. Me pareció gracioso. Los chicos japoneses empeñados en bailar rap y los extranjeros con sus abanicos. Ninguno de los dos grupos lo hacía bien, la verdad.

En ese momento me acordé que cuando estaba estudiando japonés hace cuatro años, en Tokyo, me uní a un grupo de shakuhachi por un tiempo. No era un club propiamente tal si no una agrupación destinada a que los extranjeros se relacionaran con la cultura japonesa. No era tan aburrido como las clases de caligrafía también para extranjeros-que estaban llenas de chicos que seguramente iban a estar tres meses en el país pero que me miraban en menos por hacer el kanji de uno más grácil que yo (mi caligrafía es horrenda en japonés o español, qué puedo hacer). En shakuhachi la mayoría eran también estudiantes de intercambio. Lo que más me gustaba de aquel lugar era el instructor, un anciano que tocaba aquel instrumento con una dulzura sorprendente y nunca nos miró de soslayo. A pesar de sus esfuerzos, eso sí, la mayoría aprendía bastante lento. Él sabía que en mi país habían quenas y esperaba que soplase sin mayores dificultades (porque todos los sudamericanos tocamos quena, claro), pero me demoré un par de clases en dejar de soplar al vacío. Pasé varias tardes en más o menos buena compañía, hasta que nos avisaron que en cierto evento de la universidad iba a haber una presentación del grupo. Yo al instante me negué, pues tocaba bastante mal, al igual que la mayoría. Pero nos insistieron. Tocaríamos Koujou no Tsuki, una canción tradicional que hablaba de un castillo en ruinas. Muy romántico todo, pero después de ir de mala gana a varios ensayos, desaparecí misteriosamente. No quería hacer el ridículo. Me sentí como cuando me pusieron un disfraz de pollo hecho de cartón para bailar en un acto de kinder. Pero los otros estudiantes de intercambio se lo tomaron bastante en serio. El día de la presentación los escuché de lejos y llámenme cruel, pero me alegré de no estar ahí.

Los jóvenes que bailaban con los abanicos se quedaron después de que yo terminara de quemar cuatrocientas calorías y se deslizaban por el suelo con el rostro solemne. Daban la impresión de ser autodidactas, aunque no me producía mucha admiración el hecho. No dudo que les gustase lo que estaban haciendo. Cuando tenía quince años a mí también me gustaba y le pedí a mi mamá que me fabricara un hakama y bailé también con un abanico, frente a todo el colegio. En ese tiempo me creía una persona versada en budismo Zen, pero creo que es el hikikomori de ahora que vive con su gata quien es más capaz de entender las cuatro verdades nobles porque lo único certero en estos años ha sido de hecho, el sufrimiento. Pero tampoco pretendo dejar de desear y ponerme bajo una cascada de agua helada para que me den el certificado que acredite mi iluminación.

Todos diferentes 

En la última rutina de embellecimiento bimensual–porque resulta que Azuma es un ser mortal como todos, con más inmunidad a la influenza H1N1 que a la vanidad- me tocó un peluquero con muy mala mano. Mi corte de pelo parece el de una soccer mom japonesa y hay unas ondas que sobrevivieron a los batallescos intentos de la permanente lisa. Ahora desperdigo malos comentarios de aquella peluquería con toda la gente que conozco en venganza.

El año pasado había dejado ser a mi pelo y que creciera, con sus rulos y todo. Fue una clase de proceso de aceptación. Siempre odié aquellas ondas que venían por el lado paterno. Cuando estaba en la escuela primaria tenía el pelo hasta la cintura y era un martirio peinar aquellos rulos todas las mañanas. Poco tiempo después de instalarme en Tokyo, me embarqué hacia la gloriosa tierra de Omotesando y me metí por más de dos horas en una peluquería para cumplir uno de mis sueños: alisarme el pelo. Amé de inmediato el resultado y los tres años siguientes me encargué de mantener religiosamente aquel alisado, pero después de todo ese tiempo me vino una especie de rebeldía occidental. En una de mis poco misericordiosas reflexiones en clase, me di cuenta de la cantidad de niñas que tenían la cabellera permanentada, ¡y yo podía conseguir aquello sin pagar ni un sólo yen! Así fue como decidí dejar que mi herencia genética se tomara mi cabeza otra vez.

Ahora, si bien el cambio no me molestó tanto como pensaba (ahora era yo quien me peinaba, no mi mamá apurada con su cepillo castigador), se me presentó cierta dificultad. Ahora siempre que iba a la peluquería, después de terminar la rutina, el estilista sacaba la plancha y me dejaba el pelo planísimo. Al principio no me importó demasiado, pero luego comenzó a darme curiosidad y le pregunté al peluquero de turno la razón. Tu tienes kusege, me dijo (kuse, manía y ge(ke), pelo).

¿Pelo mañoso? Bueno, después de verlo en el diccionario, en verdad es la palabra que se usa para describir al pelo ondulado (la otra es tennen paama-es decir “permanente natural”).

Otro peluquero dijo en otro momento que gracias a aquella peculiaridad, había que alisar de todas maneras porque si no no se arreglaba. Claro, pensé yo con algo de rabia, como deben ser pocas las oportunidades de ver rulos de verdad, es mejor convertirlos en algo digerible para ellos.  La historia luego se repitió varias veces y dependiendo del ánimo me solía causar gracia o todo lo contrario.

Hace una semana decidí hacer otro viaje a la peluquería ya que me habían dado un cupón de descuento. Esta vez decidí dejar mi versión 2009 atrás y alisarme otra vez. Mientras me secaba el pelo, un joven asistente mantuvo conmigo una corta conversación.

“¿En tú país todos tienen el pelo negro?” me preguntó.

“Mmm…no realmente. Hay de todo.” El muchacho me miró con interés. “Pues, depende de la persona…” continué  “hay gente como yo, o con el pelo café, rubios, pelirrojos, etc.”

“¡Oh!” exclamó él  “Entonces, ¡son todos diferentes!”

Parpadeé unos segundos tratando de entender aquella afirmación.

“Entonces, ¡a las personas les gustarán distintos tipos de gente!” siguió él maravillado.

“Eh sí…supongo.”

Después de aquello la conversación murió naturalmente. El sonido del secador tampoco ayudaba mucho-ni las manos de hacha del asistente que se chocaban con mis piercings o los  minutos de más en los que dejaba que la máquina medio calcinara mi cuero cabelludo. Y además, ¿cómo se supone que continúan esas conversaciones?

Geishas y samurais

Ayer me cortaron la luz. Había olvidado pagar uno de los meses de las vacaciones de verano y ahora, como es fin de mes la economía doméstica está difícil y había olvidado el tema. A lo mejor compraré una linterna de cien yenes para pasar algunos días hasta que pueda pagar la bendita cuenta. Me siento como dentro de un experimento en el que probaré el cómo era vivir en el siglo dieciocho, o algo por el estilo. Los que me conocen saben que la oscuridad me produce una especie de miedo patológico, pero lo que más me molesta de esta miserable condición es que no voy a poder ver mi anime de los viernes por la noche. Por suerte la piratería es casi tan veloz como la luz y van subiendo capítulos casi en la misma medida en que los emiten, por lo que la tragedia no será tan grande.

Anoche comenzó a llover y el cielo no estaba particularmente claro, aunque dejando las cortinas abiertas me llegaba una débil luz azul que mataba algunos de mis espantos. Como normalmente me cuesta dormir cuando hay mucho silencio, me puse a buscar una radio en mi mp3 player, pero como vivo en un lugar que tiene pésima señal, sólo encontre una, la radio Tsukuba. Como estamos en período de elecciones municipales estuve escuchando por más de una hora los aburridos discursos de los candidatos. Luego pusieron una especie de música instrumental al más puro estilo de la radio El Conquistador, y me quedé escuchando aquello en una clase de vacio zen hasta que por fin me dormí.

Soñé un par de cosas sin importancia y me desperté en la mitad de la noche. Hice el reflejo de encender el televisor pero recordé mi particular estado y me puse a escuchar la famosa radio nuevamente, pero me entró una especie de ansiedad y la somnolencia se desvanecía poco a poco. Entonces tomé mi celular y me puse a jugar.

¿A qué viene todo este aburrido relato de una noche de insomnio y falta de electricidad? Pues algo peculiar ocurrió cuando empecé a jugar.

El juego que elegí, el cual venía con el software del celular junto con el famoso moji pittan, era uno de estos pasatiempos que últimamente estan de moda, que aquí les dicen nou traning (脳トレイニング), que quiere decir algo así como entrenamiento cerebral. Normalmente consiste en una serie de test en los que hay que hacer cálculos matemáticos simples, presionar las teclas de los números que aparecen en la pantalla, comparar el largo de distintas figuras geométricas, entre otros. Se supone que si esto se practica frecuentemente, las reacciones de uno mejoran y el cerebro rejuvenece. Aunque si es por eso, yo debería tener más de sesenta años.

En la versión del juego de mi celular salen varios personajes que son funcionarios de una corporación, y a medida que uno acumula puntos puede sacar más personajes para poder jugar con ellos. Mientras más puntos, también, sube el rango de uno dentro de la compañía, y uno puede pasar de ser un simple oficinista hasta presidente, pasando por jefe de sección y un sin fin de locuras varias.

La cosa es que, después de jugar un rato, saqué un par de personajes. El primero era una chica, en cuya profile salía (sí, tienen profile) que su talento era cocinar (y por lo que veo, siempre el talento en los personajes femeninos es cocinar). El segundo, era un tipo rubio y con una cara no tan animesca como los otros, con el nombre en katakana. Comencé a leer su perfil, el cual rezaba: viene de Estados Unidos, y antes era profesor de inglés. Le encanta Japón: sushi, geisha, samurai…(palabras que se hallaban escritas en katakana) aunque el Japón que vive dentro de él está muy alejado de la verdad.

Me quedé en silencio e inmóvil por unos segundos. Luego me invadió, como siempre, la rabia. No es la primera vez que veo aquella clase de personajes en los manga, anime, o telenovelas de esta década. Es más, si es que aparece un extranjero en uno de esos medios, probablemente sea de esa clase (hay excepciones, pero pocas). Me costó volver a dormir. La compañía a la que pertenece mi celular tiene un público extranjero bastante considerable y muchas máquinas, como la mía, son bilingues. Pero uno qué puede esperar.

El año pasado, en una reunión de la gente de mi carrera, un profesor se acerco a mí y me preguntó: “cuando tú vivías en tu país, ¿creías que en Japón caminaban samurais por la calle?”

¡Y yo estudio nihonga, por todos los cielos!

Creo que no tengo ganas de volver a poner mis manos en ese juego.

La croquera de papel canson

Mientras pintaba en aquel solitario templo de Izumozaki, escuché de repente que alguien subía las escaleras que conducían al lugar y levanté la vista para ver de quién se trataba. Gracias a mi miopía, al principio no pude distinguir bien, pero luego supe que era el estudiante chino de intercambio que había venido con nosotros. Apenas me vió hizo una inclinación algo nerviosa y se volteó para regresar y bajar las escaleras, temiendo causarme molestias. Al ver aquello no pude hacer nada más que reconocerme, temiendo el actuar de forma inoportuna al poseer la torpeza innata de todo gaijin . Antes de que se volteara por completo, lo llamé y le dije que se sentara, pues después de subir todas esas escaleras debía estar cansado. “¿Por qué no hablamos un poco?” le dije y su expresión comenzó a cambiar. En un japonés esforzado pero bastante bueno para considerar que llevaba aquí sólo algunos meses (recuerdo haberlo visto en la noche, sentado en la bilioteca de mi facultad estudiando muy concentrado) me contó algunas cosas triviales sobre Taiwan. Después comentamos sobre la gente de nuestra carrera y a ambos se nos oscureció un poco el semblante.”¿No te llevas muy bien con la gente de aquí?”, le pregunté y él, sin dejar de sonreír no me dijo nada, pero ladeó la cabeza. Yo suspiré y nos quedamos callados, compartiendo nuestra impotencia.

En cuestión de habilidades, este chico era mejor que algunos japoneses en manejar la dichosa pintura en polvo y las láminas de oro que obviamente, también pertenecían a la tradición del país de la gran muralla. Hace un tiempo tomé algunas clases con él y me maravillaba lo que hacía. También recuerdo que era muy amable y, si a alguien se le olvidaba un pedazo de papel o una barra de tinta, él no dudaba en prestar de lo suyo (lo que nunca hicieron mis compañeros de curso, a menos que un profesor se los ordenase). Una vez nos regaló a todos unos amuletos de su país. En comparacion a mí, que demuestro más abiertamente mi mal humor y a veces no ando con una expresión de simpatía en el rostro, era de suponerse que tuviese amigos, pero eso nunca ocurrió. Contadas eran las veces que lo saludaban y hablaban con él y en este viaje no era la excepción. En una ocasión escuché que había dormido afuera del hostal en una banca. Los japoneses se enojaron por aquella actitud, pero yo la entendí. Estar en una habitación en donde a la única persona a la que no se le dirige la palabra es uno, es muy cansador.

Después de hablar un rato a la verde sombra del templo de los dioses zorro, él comenzó a bocetear en su croquera. Yo le pedí que me la mostrase, porque siempre me gusta ver los bocetos de la gente. En un trazo bastante libre estaban dibujadas toda clase de cosas, desde las lámparas de piedra de los templos hasta aquellas máquinas de los centros de juegos (como las que tienen juguetes adentro y uno mete una moneda para que una mano metálica intente atrapar alguno). Al cerrar la croquera, veo que en la tapa indica que es de papel canson. “¡Papel canson!” , exclamo, “¡Hace tanto tiempo que no veía este papel!” . Le pregunto donde la había comprado, por que si bien en Japón hay croqueras de buena calidad, normalmente tienen pocas hojas y son caras. El papel canson me recuerda muchas cosas, pues lo usaba mucho en mi niñez cuando mi madre me enseñaba a pintar y también lo utilicé bastante cuando estaba en el colegio. En respuesta a mi repentina y extraña emoción ante aquel descubrimiento, él me dice que no, que la había comprado en Taiwan, pues allá se usaban bastante. “Ahh, claro.” murmuré con decepción. Pero el prosiguió. “Como pronto volveré a mi país, si quieres te puedo mandar una”. Yo pestañeé. Primero le dije que no, que estaba bien, pero él sonrió y me pasó un papel para que le escribiera mi dirección. Hice lo que me pedía pensando bueno, qué mas dá, seguro que lo olvidará luego, así que no hay de qué preocuparse. Aún así le agradecí el gesto y seguimos conversando otro poco hasta que la tarde comenzó a caer.

Han pasado un poco más de dos meses después de aquello y yo había olvidado el asunto por completo. Hace un par de días salía de mi casa para ir a la universidad, me parece, cuando como de costumbre reviso mi buzón y veo un paquete con un envoltorio en papel craft. ¿Un paquete desde Sudamérica? pensé con espectación, pero cuando saco el objeto noto que los caracteres de mi dirección estan escritos con bolígrafo y no impresos-bastante bien escritos, por lo demás. Volteo el paquete y me encuentro con otros ideogramas que no logro decifrar completamente y un sello que dice Taiwan. Vuelvo corriendo a mi casa y al abrirlo, me encuentro con una croquera de papel canson.

No supe qué decir. Me dió alegría y tristeza a la vez. Alegría, porque me emociona el ver que si hay personas que son capaces de recordar detalles como esos, sin esperar ninguna recompensa. Tristeza, porque también supe que él entendió mi soledad y que me lo estaba diciendo con aquella croquera.

Sobre Izumozaki (primera parte): la soledad

Los estudiantes de nihonga, desde segundo año, tienen que asistir a un campamento que cambia de lugar en cada ocasión, pero que normalmente se trata de un pueblo recóndito que nadie conoce y que ni siquiera aparece en la aplicación cities where you have been de Facebook. Como ahora estoy en segundo año, me tocó la primera ida en la prefectura de Niigata, en un pueblo costero llamado Izumozaki, en el que estuve la primera semana de este mes.

Izumozaki esta lleno de lugares que parecen postales y mira hacia un mar blanco e infinito que me dio cierta nostalgia, pues hace tiempo que no podía sentir esa infinitud y presenciar un mar virgen. Lo único parecido a mar que tengo cerca de donde vivo es el agua de Tokyo, atrapada entre varias islas artificiales y su modernidad. En sí puede ser muy romantico y animesco, pero no es lo que uno busca cuando quiere ver mar. Por esa razón, para recluirse a pintar, este pueblo es sin duda un lugar perfecto, aunque tiene ciertos detalles como que hay sólo una convenience store en todo el sector y se encuentra lejos. Aunque, por suerte también había un minimercado en la planta baja del hostal en el que me estaba alojando, lo cual salvó mi necesidad de alimentos poco saludables, alcohol y productos varios, en el que había un tío conversador que se reía cuando regresaba de la jornada con las manos llenas de tinta (pues estaba dibujando con plumilla en un intento de rebelación contra esa costumbre de hacer todo igual a los demás que hay en mi carrera). Por lo demás, el ryokan u hostal era bastante cómodo. Cuatro personas por habitación y bastante libertad de acción, entiéndase como volverse inmediatamente a dormir después del madrugador desayuno a las siete de la mañana , pues ¿quién rayos desayuna a esa hora? Claro que, por ser precisamente ryokan, también se contaba con la inconveniencia de tener que bañarse con la gente de la carrera de uno, cosa que obviamente daba cuenta de mi condición de gaijin. Lo soporté con bastante estoicismo, pero las últimas veces sólo me duchaba rápidamente y escapaba del lugar. Hay cosas del wafuu que no voy a transar con nada, aunque sí se debe reconocer que el ambiente de esas ocasiones es muy natural y no hay muchas razones para sentirse avergonzado.

No parecía haber muchos puntos en contra, pero la verdad es que al final del segundo día me comenzaron a dar ganas de volver a mi casa. Olvidando el hecho de que por ir a este campamento sacrifiqué el viajar a Sudamérica, e ignorando también que casi me quedo sin dinero para pagar la renta por los altos costos de esta travesía obligatoria, si me ponía en plan optimista, podría decir sí, tengo la oportunidad de visitar un lugar que no cualquier extranjero (y japonés tambien) visita, ser parte de la hermosa irrealidad de un Japón no tocado por los avances de este mundo, bajo un contexto tan ridículo como extraño, el ser estudiante de nihonga. Y de hecho soy optimista y estoy feliz de haber podido conocer Izumozaki. Lo que me produjo los deseos de querer volverme fue el aislamiento -no geográfico, si no social. El dormir en la misma habitación de mis compañeras fue una buena excusa para hablar con ellas la mayoría de las cosas que nunca se hablaron todo el año pasado -una de las causas de mi creciente depresión- es decir, conversaciones cotidianas. Por ese lugar estábamos ganando. Pero aparte de el par de ellas que me hablaba, mis conversaciones con mis otros compañeros y sempais eran siempre las mismas. ¿En tu país comen pescado crudo? /¿Cuánto tiempo llevas en Japón? / ¿Cuál es la bebida alcohólica de tu país? / ¿Tu país es mas cálido que Japón, no? (cualquier lugar de Sudamérica= exuberante selva tropical) a lo que respondía, tratando de parecer indulgente no, mi país es el que está más cerca de la Antártida, ejem. Y es verdad que si uno conoce a alguien de otras tierras hace esa clase de preguntas, pero si se considera a ese individuo como una persona igual a uno, la conversación avanza, no se detiene ahí. En mi caso la mayoría de las veces se terminaba ahí. Contestadas las preguntas acerca de mi exótico pais, terminado mi número del show, los demás japoneses se giran a hablar con otros japoneses sobre cosas en las que yo también podría participar normalmente, pero que se supone que como soy de afuera no debería conocer o saber. Con suerte pude hablar un poco sobre manga con un sempai, cosa que si ocurre es un afortunado pretexto para alargar un poco más la conversación. Pero la mayoría abren sus ojos y exclaman gran sorpresa ante el hecho de que lea manga y que en mi niñez me haya criado con la mayoría de los dibujos animados que ellos vieron. Para ellos es imposible, pareciera que escucharan una mentira cuando les digo que muchos de los animes que se pasaron y se pasan tienen su versión en español y que los niños están igual de locos por ellos que los niños de aquí. No entiendo por qué se sorprenden tanto. Ni que vivieran en una isla (mal chiste). Pero aun así, con las herramientas de información que hay hoy en día, nos es posible saber que ocurre en todos lados, sólo basta con poner el título de un manga en wikipedia para saber qué editoriales de qué paises lo han tomado, pero estos hechos no existen para los japoneses, los extranjeros son extraterrestres y nuestras vidas no tienen puntos que se crucen.

Y por eso quería volverme. En mi departamento lo más probable es que no hablase con personas cara a cara durante días y semanas, pero como esa soledad es más pura, más definida, es más fácil de soportar. Es horrible estar solo en medio de muchos. Pero la mayoría le echa la culpa al aislado, no a aquellos que aíslan.

Sin embargo, aunque me hubiese dejado llevar por la desesperación y tomado un tren hasta la prefectura en la que vivo, me hubiese costado otra pequeña fortuna y no podía costearme aquello. Así que me concentré en lo que habia ido a hacer, en dibujar, y me escondí en un pequeño templo Inari en el que pasaba todo el día, hasta que se oscurecía. Aquel templo era un lugar hermoso y abandonado. Cuando uno de mis profesores me encontró ahí por casualidad me dijo que estaba en un lugar tenebroso, que en la noche podían aparecer youkai, lo que me alegró- pues en el caso de manifestarse, se me hacían más amigables que la gente que me rodeaba. También, mientras estaba sentada en el punto más alto del lugar, podía ver pasar granjeros, muy viejitos algunos, que de vez en cuando se daban cuenta de mí y me saludaban. En uno de los últimos días un par de niñitas como de unos diez años, subieron hasta donde yo estaba y se sentaron a mi lado a verme dibujar. Me conversaron bastante, de si que conocía tal o cual juego y cuando les dije que era extranjera no me creyeron a pesar de mi obvio acento y apariencia, pero no dejaron de hablarme. Me contaron acerca del terremoto que hubo en la zona el año pasado, que el templo en el que estábamos se había derrumbado en parte (habían muchos faroles de piedra hechos pedazos en el piso) y qué estaban haciendo cuando sucedió.  Fue muy extraño. Recuerdo bien haber visto en las noticias acerca del terremoto, el cual hizo que explotase una planta eléctrica nuclear, pero los hechos se me hacían lejanos, casi ficticios. El que estas niñas me hayan contado esto sin razón alguna me hizo sentir que realmente estaba en aquel pueblo llamado Izumozaki, que no estaba presenciando un silencioso documental-y es que esto se llama compartir con los demás. No sé que sucederá cuando estas chicas crezcan, pero les agradezco por ese pequeño momento en el que traspasaron las barreras de mi soledad. Aunque ahora que lo vuelvo a recordar, me da una especie de melancolía.

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