Butterfly! Butterfly! Butterfly!

El timbre sonó a las diez de la noche, cuando extrañamente para esa hora yo me encontraba debajo de la gruesa colcha de mi futón. Me paré lentamente, mis ojos pobremente enfocando porque mis lentes se habían perdido bajo la almohada y me dirigí a la puerta. Divisé la cara de un conocido que una vez había sido compañero mío en mis estudios de japonés y el cual también había terminado en esta universidad campestre. Lo saludé y él estaba pálido. Le pregunté qué sucedía y una sonrisa nerviosa fue la primera respuesta. No sé quién era el que estaba más incómodo.

“Necesito pedirte un favor…” balbuceó al fin y yo en mi somnolienta descortesía no terminaba por abrir la puerta completamente. Le pregunté de qué se trataba esperando que no fuese algo de naturaleza monetaria. Pero el favor en cuestión estaba lejos de cualquier cosa que me imaginara.

“¿Se puede quedar una niña en tu habitación por esta noche? ”

“¿Ah?”

Silencio incómodo. Ahora yo sintiéndome impertinente, a pesar de que había sido mi interlocutor el de la interrupción, le pregunté qué diantres sucedía. Es complicado, me contestó. Pero su estatus de conocido no era suficiente como para poder aceptar un favor sin más explicaciones.

Su piel oscilando entre tonos verdosos y azules, murmuró: “Es que acabamos de romper….”

Ahhh.

¿Ah?

No sé cómo mi cara se contrajo en aquel momento, pero sin duda no esbozó una expresión de placer. Pero el chico no mostraba señales de rendirse y yo ahora no podía cerrar la puerta de la pura estupefacción.

“¿Donde está ella?”

“Me está esperando afuera.”

“Mmm…está bien. Pero mañana me tengo que levantar temprano.” afirmé cuidadosamente.

“Gracias. No tenía a quien acudir.

Y al siguiente instante ya se había marchado. Sin saber muy bien en qué pensar, corrí a poner todo más o menos en orden en el pequeño espacio de tiempo de la espera. El timbre volvió a sonar unos minutos después.

Abrí la puerta y junto al chico anterior, se encontraba la llorosa y pálida figura de una joven china. La dejé pasar sin mucha ceremonia y después de darme un parco y nervioso gracias, el muchacho se fue.

Siéntate, ¿quieres algo para tomar?, decía yo tratando de encajar las piezas de este casi onírico momento. ¿Pero por qué estaba yo ofreciendo cosas a este huésped inesperado? Ah, lo que sea. Sin poder ya languidecer en mi futón mientras escuchaba el lejano sonido de la televisión, intentando hilar sueños, me senté con algo de resignación cerca de ella. ¿Estás bien?

Y es ahí cuando la overtura de un gran drama personal comienza a sonar de fondo. Una historia tan triste como común. Acordémonos de Madama Butterfly.

La devota y amable joven china había sido novia de este rubio muchacho por varios años. Ella, enamorada hasta el alma de toda aquella occidentalidad que no podía tener, lo siguió a todas partes y aguantó cualquier capricho. Mi conocimiento de él, que antes de que ella me dijera ya sabía yo que era poseedor de un carácter complicado, fue coloreado con más detalles escabrosos.  Ella le cocinaba y le daba hasta el tiempo que no tenía. Al principio, como en todo, fue idílico. Hasta que ella creyó que el único destino de ese amor era el altar. Allí, el pálido ángel de cabellos dorados se convirtió en un ogro casi de un día para otro. Él dejó de llamarla y de querer que lo llamaran. La abandonó con una fría indiferencia.

Un período de tortuosos meses comenzó para ambos, hasta que en la cúspide de estas tribulaciones, él pareció desaparecer del planeta. Ella supo poco después que había enfermado y, como justo es época de un gran contagio de gripe humana, pensó lo peor. Desde un lejano punto de Tokyo ella tomó el tren, le compró comida y viajó hasta esta comuna en medio de arrozales y telas de araña. Habiendo llegado ya de noche, ella tocó su puerta y él no la dejó entrar en su casa. La lanzó afuera y después de unos momentos de drama, él estaba parado en frente de mi puerta para que yo me hiciese cargo.

Ella no podía entender el repentino cambio de personalidad de su Pinkerton, yo no podía decirle que no podía ser más obvio. No dormí en toda la noche escuchando sus lamentos; ella temblaba ante la idea de verse sin su rubio acompañante. En una ocasión hasta se había puesto a leer libros sobre las famosas diferencias entre hombres y mujeres para poder entender la repentina bipolaridad de su amado.

Él le dijo: “Si te gusta tanto ese libro, ¿porqué no sales con él?”

Ya de día, la fui a dejar a la parada de buses para que tomara el primer tren a Tokyo. Me dejó en agradecimiento el bento que le había comprado a su supuestamente enfermo amado. Después de mirar las cajas de comida por unos segundos, las usé para el desayuno, sin saber bien en qué pensar. No tenían mal sabor.


Geishas y samurais

Ayer me cortaron la luz. Había olvidado pagar uno de los meses de las vacaciones de verano y ahora, como es fin de mes la economía doméstica está difícil y había olvidado el tema. A lo mejor compraré una linterna de cien yenes para pasar algunos días hasta que pueda pagar la bendita cuenta. Me siento como dentro de un experimento en el que probaré el cómo era vivir en el siglo dieciocho, o algo por el estilo. Los que me conocen saben que la oscuridad me produce una especie de miedo patológico, pero lo que más me molesta de esta miserable condición es que no voy a poder ver mi anime de los viernes por la noche. Por suerte la piratería es casi tan veloz como la luz y van subiendo capítulos casi en la misma medida en que los emiten, por lo que la tragedia no será tan grande.

Anoche comenzó a llover y el cielo no estaba particularmente claro, aunque dejando las cortinas abiertas me llegaba una débil luz azul que mataba algunos de mis espantos. Como normalmente me cuesta dormir cuando hay mucho silencio, me puse a buscar una radio en mi mp3 player, pero como vivo en un lugar que tiene pésima señal, sólo encontre una, la radio Tsukuba. Como estamos en período de elecciones municipales estuve escuchando por más de una hora los aburridos discursos de los candidatos. Luego pusieron una especie de música instrumental al más puro estilo de la radio El Conquistador, y me quedé escuchando aquello en una clase de vacio zen hasta que por fin me dormí.

Soñé un par de cosas sin importancia y me desperté en la mitad de la noche. Hice el reflejo de encender el televisor pero recordé mi particular estado y me puse a escuchar la famosa radio nuevamente, pero me entró una especie de ansiedad y la somnolencia se desvanecía poco a poco. Entonces tomé mi celular y me puse a jugar.

¿A qué viene todo este aburrido relato de una noche de insomnio y falta de electricidad? Pues algo peculiar ocurrió cuando empecé a jugar.

El juego que elegí, el cual venía con el software del celular junto con el famoso moji pittan, era uno de estos pasatiempos que últimamente estan de moda, que aquí les dicen nou traning (脳トレイニング), que quiere decir algo así como entrenamiento cerebral. Normalmente consiste en una serie de test en los que hay que hacer cálculos matemáticos simples, presionar las teclas de los números que aparecen en la pantalla, comparar el largo de distintas figuras geométricas, entre otros. Se supone que si esto se practica frecuentemente, las reacciones de uno mejoran y el cerebro rejuvenece. Aunque si es por eso, yo debería tener más de sesenta años.

En la versión del juego de mi celular salen varios personajes que son funcionarios de una corporación, y a medida que uno acumula puntos puede sacar más personajes para poder jugar con ellos. Mientras más puntos, también, sube el rango de uno dentro de la compañía, y uno puede pasar de ser un simple oficinista hasta presidente, pasando por jefe de sección y un sin fin de locuras varias.

La cosa es que, después de jugar un rato, saqué un par de personajes. El primero era una chica, en cuya profile salía (sí, tienen profile) que su talento era cocinar (y por lo que veo, siempre el talento en los personajes femeninos es cocinar). El segundo, era un tipo rubio y con una cara no tan animesca como los otros, con el nombre en katakana. Comencé a leer su perfil, el cual rezaba: viene de Estados Unidos, y antes era profesor de inglés. Le encanta Japón: sushi, geisha, samurai…(palabras que se hallaban escritas en katakana) aunque el Japón que vive dentro de él está muy alejado de la verdad.

Me quedé en silencio e inmóvil por unos segundos. Luego me invadió, como siempre, la rabia. No es la primera vez que veo aquella clase de personajes en los manga, anime, o telenovelas de esta década. Es más, si es que aparece un extranjero en uno de esos medios, probablemente sea de esa clase (hay excepciones, pero pocas). Me costó volver a dormir. La compañía a la que pertenece mi celular tiene un público extranjero bastante considerable y muchas máquinas, como la mía, son bilingues. Pero uno qué puede esperar.

El año pasado, en una reunión de la gente de mi carrera, un profesor se acerco a mí y me preguntó: “cuando tú vivías en tu país, ¿creías que en Japón caminaban samurais por la calle?”

¡Y yo estudio nihonga, por todos los cielos!

Creo que no tengo ganas de volver a poner mis manos en ese juego.