Puntos inconvenientes

Hace un par de semanas un amigo me invitó al club de aikido. Hoy fui a la experimentación y con esto cuento mi intento número cuatro de entrar a un club de artes marciales en una universidad de Japón (deberían darme un premio por número de intentos). El primero fue kendo, en el período que estudiaba en la Universidad de Lenguas Extranjeras de Tokyo, con las ganas de hacer ahora sí el arte marcial que más admiraba. Fui a ver los entrenamientos del club y participé de algunos, pero el club de karate, que entrenaba en el horario anterior en el mismo dojo, me llamó. Y ese fue mi segundo intento (porque antes de venir a Japón había hecho karate por tres años), para continuar ahora sí, japonesamente, lo que había venido haciendo. Duré varios meses, aunque el cambio de estilo de karate (el que había aprendido era Goju, y ese club era Wado) me cruzaba los cables de manera terrible. Después de haber sido más o menos fiel y despertarme a las seis de la mañana los fines de semana de vez en cuando para ir a torneos (experiencia de la que no me arrepiento, porque si bien no pude participar fue muy emocionante ver competencias de tal calidad), de salir a correr en vacaciones a dar la vuelta a la universidad y de parecer una persona estúpida por no aprenderme los katas rápido, lo dejé en pro del estudio del japonés, porque en esa época no hablaba muy bien que digamos y en las reuniones del club siempre terminaba en una esquina sin poder decir nada interesante y tampoco podía entender bien las explicaciones de las técnicas. Como buena cosa me quedó un amigo que me llama o me manda mensajes de vez en cuando, pero todo el karate que había aprendido en mi país se había desvanecido completamente y sentía que sabía menos que los que no sabían nada.

Mi tercer intento fue cuando entré a la Universidad de Tsukuba, ahora sí en serio a estudiar la carrera que había elegido. También elegí karate porque el ser keikensha (el que ha experimentado) me ahorraba un poco la verguenza y porque creí que si había empezado karate eso era lo que debía seguir y de una buena vez, despues de días y años de esfuerzo, conseguir el cinturón negro (empresa que había quedado truncada porque lo dejé todo al venir a Japón). Pero el destino obró en contra mío. Sucedió que en clase de Educación Física (sí, en esta universidad, estudie lo que se estudie todos debemos tomar Educación Física) por hacer el test de Cooper con zapatos no deportivos me hice una especie de desgarro en los nervios de un pie, cosa que me impidió caminar por una semana y me dejó un molesto dolor por dos. Por varias semanas quedé con una suerte de trauma en la que no podía apoyar los pies de cierta manera y con eso dejé de ir a los entrenamientos. Luego me curé completamente pero esta vida de mi facultad, en la que a veces uno se quedaba todos los días hasta la medianoche pintando cuadros para exponer, me alejó completamente de la idea clubes. Y asi desaparecí, sin decir adiós ni nada, pero con mucho arrepentimiento. Después de todo el haber hecho un arte marcial durante bastante tiempo me había dejado una especie de costumbre y sentía que algo me faltaba. Decidí que el próximo año, cuando todas las cosas se calmaran, podría hacerlo nuevamente. Y pues ahora es el próximo año.

Al principio tenía ganas de unirme al club de kyudo o de kendo. Fuí, de hecho, a visitar el club de kyudo pero, como practican hasta los días domingos, se me hizo imposible en vista de los cuadros que me mandan a hacer en mi facultad, cada vez de dimensiones más grandes. El club de kendo nunca lo fui a visitar por el desánimo (por algo cuando estábamos en primer año nuestros profesores nos dijeron que no podíamos entrar a ningún club, que no había tiempo para ello). Estudiar pintura no es algo que se pueda dividir en el margen de las horas académicas. Mi facultad en sí misma, ya es como un club, en el que también tenemos campamentos (con nota, dicho sea de paso). El dibujo es algo que mejora con la práctica y el que sólo nos pongan buena nota en un cuadro no significa que haremos algo mejor en el siguiente sin haber practicado horas y horas extra.

Pero aun así. Gracias a la invitación de un amigo que acababa de entrar al club de aikido, decidí probar. La verdad es que nunca se me hubiese ocurrido hacer aikido, era lo último que hubiese pensado en materia de artes marciales, pero la presencia de alguien conocido en un club me pareció un punto a favor, y pensé por qué no. Entonces hoy fui. Y vaya que fue divertido. Hace tanto tiempo que no me ponía mi dogi y me movía con él. Mientras me tiraban lejos o me doblaban el brazo de forma imposible (momento en el que pensé que, a pesar de que me habian dicho lo contrario, el karate duele menos que el aikido) me hice parte por un pequeño instante de esa gran cosa que es el budo, lo cual me dio un gran sentimiento de nostalgia. Sí, de hecho, creo que sin hacer artes marciales siento que me falta algo, que no estoy viviendo la vida completamente. Por qué será, me pregunto yo. Uno entra a un dojo en cualquier lugar y pareciera que es el mismo en todas partes.

Pero bueno, basta de poesía. Después del entrenamiento una sempai me preguntó que si iba a entrar al club y que si no sabía, debía decidir lo más rápido posible porque la temporada de entrar se estaba acabando. Me pilló con la guardia baja. Me había divertido y enfocado tanto en la práctica y en aprender algo nuevo que no había pensado en ese detalle. Entonces ahí viene toda esa lista de requerimientos de los clubes a la japonesa. Ir casi todos los días (bueno, eso no es tan descabellado, pues de hecho uno no se hace bueno si no practica), asistir a los eventos del club, que el faltar por que se tiene un trabajo a medio tiempo no está permitido (a pesar de que se tenga la necesidad) y que hay un campamento en el verano que es obligatorio. La chica me dijo que sí, que el estudio es lo primero, pero que luego sigue el aikido (aunque me dio la impresión de que el mensaje era al revés). Lo único que le pude decir es que si me dejaba pensarlo para la próxima semana. Luego, conversando con el amigo que me invitó, quien está en una carrera completamente diferente a la mía, le pregunté si no era medio difícil ser parte del club y él me dijo que no era tan terrible, pues el no tenía un pasatiempo determinado.

Entonces pensé, ahora qué hago. De hecho le comenté a la sempai que tenía un campamento de mi carrera justo cuando ellos tenían su campamento, pero ella no parecía ceder. No me dijo que no me preocupara, que si de verdad no podía ir no importaba, me dijo que podía ir al campamento mas tarde, pero tenía que ir (lo que significaba cruzar varias prefecturas solamente para atender un compromiso de dudosa importancia). Y yo, que tengo que pintar todo el verano al menos un cuadro casi del porte de mi estatura para exponer en el otoño (lo cual tambien tiene nota), ¿qué puedo hacer? Me da mucha tristeza. A las personas que nos gusta crear, lo que otras personas llaman pasatiempos o hobbies son al final nuestra vida, porque luego se convertirán en nuestros trabajos. Lo que se nos ocurre en una tarde despues de clases puede ser un cuadro o un libro, o no, pero aun así es importante para perfeccionar lo que uno quiere hacer. El arte–y en este caso el dibujo y la imaginación, no son estáticos. Si se dejan de hacer se pudren, o se mueren, como una planta que deja de ser regada. Me han puesto entre la espada y la pared. Ser una persona que le gusta crear tiene a veces tantos, tantos puntos inconvenientes.

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