Sobre Izumozaki (segunda parte): los que están encima de nuestros ojos

Alojarse en un ryokan normalmente significa comer comida tradicional japonesa, y estando en un lugar como Izumozaki, que encara al silencioso Mar de Japón, obviamente es posible disfrutar de buena comida marina. Esa fue una de las mejores partes de este viaje. Tres comidas al día bendecidas con lo mas nutritivo y saludable de la cocina japonesa. Hace tiempo que no me sentía con tanta energía, pues hay que mencionar que la vida del universitario aquí, como en cualquier parte del mundo, suele ser miserable. En Japón significa comer arroz todos los días, arroz con atún de lata, arroz con curry instantáneo, arroz con salchichas hechas tal vez de botellas pet recicladas, arroz con arroz–siendo esta última opción la mas común. Qué vegetales y frutas ni que ocho cuartos, uno no puede darse esos lujos.

Los dos primeros días fueron perfectos a ese respecto. Sin embargo, a la tarde del segundo día se fue uno de los cuatro profesores de nuestra carrera, quien se encontraba, por así decirlo, segundo al mando en la jerarquía de profesores. Quedándose con nosotros los maestros más jóvenes-los cuales reciben menos paga y dan más clases-, el menú comenzó a cambiar. Los desayunos estuvieron decentes, pero los almuerzos cambiaron de las maravillas marinas a un bento de segunda clase. La cenas variaban, pero en una ocasión nos dieron arroz con curry (lo que se sirve en cualquier cafetería de universidad japonesa y una de las menús más baratos que uno puede comprar), el cual tuvimos que servirnos nosotros mismos de una arrocera comunal, en platos de telgopor. Pero a pesar de eso no había muchas quejas de parte de mis compañeros. Yo era la única persona que rabiaba entre dientes por pensar en mis más de cuatrocientos dólares transformados en curry industrial. Luego, un par de días despues, se menciona que llegará el decano, el profesor de más edad, el venerable maestro. También escucho que en algunos días más será el cumpleaños de dicho profesor y muchos sempais murmuraban que toda esta costumbre de irse de viaje a pintar solamente era una forma encubierta de celebrar dicho evento.

Y así sucede que, el día en el que este profesor llega, el tema culinario cambia abruptamente y la comida servida era incluso mejor que cuando recién habíamos llegado. La cena fue un banquete excelente e incluso hubo bebidas alcohólicas. La noche de la fiesta hubo una reunión general en la que cada curso dio sus respectivos regalos (en el cual obviamente el mío también participó, pero yo no supe del asunto hasta ese mismo momento e incluso nunca me cobraron la cuota que me correspondía). Después de que el profesor recibiera su juego de té tradicional y otros objetos que no me podían hacer sentir más fuera de lugar, pude abandonar la fiesta y darme un baño (punto aparte, nunca supe bien qué fue lo que regaló mi curso). Estaba a punto de irme a recluir en mi habitación a leer un libro, cuando un estudiante de doctorado que siempre anda con los profesores me encuentra y me lleva a la habitación de éstos. Allí se encontraban los cuatro maestros, un estudiante de intercambio chino (el cual, dicho sea de paso, sufría una aislación el doble de peor que la mía) y un par de chicos de doctorado japoneses. Nos dividimos en equipos de dos, formando cuatro grupos y, nos pusimos a jugar nada más y nada menos que mahjong. A mí me tocó justamente con el viejo profesor y fue muy divertido. Pensé que sólo por eso había valido la pena el viaje. Nunca había visto a los profesores-sobretodo al decano-riendo y bromeando de tal forma. Fue una de las pocas veces en las que pude decir que no sentía incomodidad. Me puse a pensar que, aquellos que realmente están alto no están esperando reverencias, que aquellos que están por encima de nuestros ojos, como se suele decir aquí (目上の人, me-ue no hito), es más una invención de la frustración de los de abajo (y el producto de una cultura con una larga historia de represión). Así me acuerdo cuando una sempai se enojó mucho conmigo cuando le dije que no podía ir a determinada hora a un encuentro porque no tenía tiempo y me trató muy mal, dándome un sermón acerca de los deberes que uno debe acatar. La chica era uno o dos años menor que yo, pero me trató como si fuese totalmente superior. Yo no dije nadapara no pelear inútilmente. Sin embargo, el decano es capaz de sentarse conmigo a jugar mahjong. Lo triste es que este país está mas lleno de frustrados-que esperan con ansias su turno de pisotear a los de abajo- que de venerables maestros.

En el viaje de regreso, hicimos una parada en una villa de la prefectura de Nagano. Fuimos a un onsen famoso donde los profesores habían hecho una exposición y tuvieron que dar un discurso junto con otras autoridades en un momento muy serio e incómodo. El decano sólo dijo dos o tres palabras en contraposición a las elaboradas expresiones de agradecimiento de los otros profesores. Tenía cara de aburrido, y me reí para mis adentros.

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