Tsukuba Monogatari-prólogo

Muchas personas asumen que mi color favorito es el negro.  Desde hace algunos años comencé la práctica de agregar prendas de este tono en mi clóset. Lo primero que adquirí fue una chaqueta Adidas en los primeros meses de mi estadía en Tokyo. Me había llamado la atención el diseño y me armé de valor para tomarla y comprarla. Nunca antes había tenido ropa negra y no es una forma de decir; realmente ésa era la primera vez en mi vida que me atrevía a usar ese color. Las razones dan para una larga historia que dudo que valga la pena contar, pero en palabras simples podría decir que aquella tonalidad me estaba vedada desde mis primeros años. Pero ahí estaba yo en aquel momento, libre, en Tokyo y mirando de frente en el silencio a esa cosa que dice ser mi ser. De pronto se me encarga la tarea de repintar esa silueta grisácea con forma humana, esta vez de la forma que yo quisiera. Y los caminos del Señor son misteriosos.

Así llegamos hasta el día de hoy en el que, guardando la ropa recién lavada me doy cuenta de que tengo una docena de camisas negras, sin contar las camisetas del mismo color. Desperté y tomé conciencia de que me vestía la noche, a pesar de saberlo a medias por mucho tiempo.

Tengo entendido que si uno se refiere a los colores en la luz, el negro es la ausencia del color. En materia de pigmentos esto puede ser más discutible. Cuando el consejero de estudiantes extranjeros me miró irrespetuosamente de la cabeza a los pies, tomó el significado más fácil de toda esa mezcla de códigos que es el vestir y me dijo “te ves triste“. Me hubiese encantado que esa ola de empatía le hubiese durado cuando intentaba inventar excusas para echarme de la universidad. Otro día, había decidido usar un abrigo rojo. Al entrar a mi facultad un profesor me vio y expresó con sorpresa y algo de alegría de que no estaba vistiendo de negro. No volví a usar ese abrigo.

Pero a pesar de todo lo anterior, que quede claro una cosa: mi color favorito no es el negro. No sólo porque desde algunas perspectivas no es considerado un color como dije antes, si no porque no se trata de gustos. Para mí su uso es un deber. Al principio creí que era por la depresión y todo ese cliché. Pero después me di cuenta que no era porque quería decirle al mundo que mi vida era un carro de lágrimas. Me gusta su connotación funeraria, pero es porque es un color de aceptación de los cambios de la vida, de las depresiones incurables, de las fobias, de la lógica propia que sólo se choca una y otra vez con miradas peyorativas.

Ahora que empieza este año me percato de que aquellas garras que me quitan los deseos de vivir, que aquel suspiro que me envenena para que me entregue al sueño por horas infinitas, siempre estarán presentes y serán siempre más definidos que mi sombra. Pero no es porque me haya rendido. Es porque comencé a aprender a bailar en aquellos tonos menores. Y para ello hay que mancharse de negro, encontrarse en la oscuridad.

Anuncios