Sea of Blue

¿De qué te quieres graduar?” me preguntó el decano al observar mi nuevo horario de clase con huecos vacíos, mirando con desdén mis uñas negras, como si éstas fuesen otra incongruencia más que mi ser extranjero estaba produciendo. No contesté para evitar cometer una rudeza. El profesor asistente le explicó, con voz servil, que no había registrado las clases de la carrera por que tenía otras prioridades con las materias perdidas. El decano lanzó un gruñido y sus ojos eran apenas visibles, por su raza y por su vejez. ¿No era más fácil, pensaba yo, decirme lo que tenía que rellenar en los formularios para poder continuar en la universidad, en vez de producir esa cantidad obscena de silencios incómodos? Todos los que nos hallábamos en aquella habitación sentíamos que estábamos perdiendo el tiempo.

De todas formas, ha pasado todas las materias de los años anteriores.”agregó el profesor asistente.”Ya que le hicimos el servicio de que así fuera”. Y luego soltó una risa que nadie acompañó. Yo estreché mis párpados para mostrar disgusto de la forma más solemne posible. Mis manos estaban unidas rígidamente bajo mi abdomen, como si estuviese vistiendo un kimono. Luego el decano empezó una vez más el lento monólogo acerca de mi peligrosa situación, de qué iba a pasar cuando perdiese la beca, si he pensado en una forma de continuar mis estudios, opinando que mi decisión de vivir en Japón desde el comienzo “es algo que nadie hace, pues uno va a estudiar al extranjero para aportar algo a su país”. Sus palabras eran como la pintura sobre el papel de arroz cuando no se lo prepara con la pasta blanca, tratando de aferrarse en vano a aquella superficie vegetal. “Porque, ¿todas las personas tienen su país, no?”

Yo respiré hondo. Contestar todo aquello sería desperdiciar la enorme cantidad de energía que me significaba en traducir todo lo que pensaba al japonés en mi cabeza. De todas formas mi boca se abrió involuntariamente, respondiendo a mi indignación, pronta para contar la historia ya tan trillada de que yo, por criarme en otro país y ser tener padre extranjero, tenía muy vagos aquellos conceptos de pertenencia de los cuales la gente normal suele ser tan familiar. Disimulé mi respuesta fallida en un intento de atrapar una bocanada de aire, que de por cierto necesitaba. Contestando a mi silencio, el decano siguió hablando acerca de cosas que ya no recuerdo. Repentinamente se tocó el tema del documento que tenía que entregar al rector de la facultad en el que, explicando las razones de mi pobre rendimiento, rogaba por su misericordia para poder continuar el tercer año. Saqué el papel de mi carpeta y se lo entregué. En el formulario había una sola línea escrita en mi peor caligrafía. Razones: Debido a mi inestabilidad sicológica, mi salud física se deterioró y aquello influyó en mi asistencia, rezaban los perezosos caracteres en mi pobre japonés formal. “¿Inestabilidad sicológica?” exclamó el decano ¿Qué significa esto?” y me miró contrariado, como si aquella palabra y el oscuro semblante de ese ser aparentemente joven, vestido totalmente de negro no tuviesen absolutamente nada que ver. “Se llama depresión.” murmuré y el profesor asistente lanzó un gemido de sorpresa, pues no esperaba que yo conociera una palabra tan complicada. Las dos líneas de los incrédulos ojos del decano miraron al vacío a través de mí.

Ya, y si esta es la supuesta razón a todo esto, es de esperar que hicieras algo al respecto, ¿no?.”

Fuí al médico.”

¿Al médico?¿Qué médico?”

Al siquiatra y al sicólogo.”

El viejo profesor me observaba como si yo estuviese hablando una lengua muerta. “¿AH?”

Fui al siquiatra y al sicólogo.” repetí.

¿Y entonces qué fue lo que sucedió?”

Dejé de ir después de seis meses.”

¿Porqué?” agradecí que no me gritara ¡irresponsable!, como ya lo había hecho antes el rector ante aquel relato.

¡Por que soy extranjera, y no me tomaron en serio!” dije con la ira contenida, aunque luego me di cuenta del exceso de honestidad y traté de suavizarlo. “Usted ve, los médicos de la universidad seguramente estarán muy preparados para tratar estudiantes japoneses, pero cuando se trata de un extranjero, no cuentan con las herramientas adecuadas.”

“¿Y entonces qué es lo que se supone que vas a hacer?”

Eh… bueno, estoy buscando otro lugar donde me puedan atender.” mentí.

¿Otro lugar? ¡Pero eso te va a costar dinero!”

Posiblemente.”

Esto quiere decir que no importa cuantos documentos escribas, o cuantas clases registres, tu problema se va seguir repitiendo.”

No tiene por qué, profesor.”

¡Se va a seguir repitiendo! Después de que te hicimos pasar el examen de ingreso a esta carrera, gracias a lo cual estás aquí parada…!”

No tengo intención de que se vuelva a repetir.”

¿Qué es lo que quieres hacer con tu vida? ¿Para qué viniste?”

Cerré mi boca nuevamente. Un profesor japonés raramente alza la voz para una reprimenda, pero hace notar que el asunto se puso serio cuando se vuelve honesto. Por mi cabeza sólo pasó la sombra de aquel objetivo que me moviese otrora para cruzar el Pacífico y que ahora, es la débil llama que sostiene mi vida. Pero yo no iba a hacer semejante confidencia ante alguien que no me tomaba para nada en serio. Ya había cometido ese error una vez y la risa que recibí por respuesta todavía era una herida sangrante en mi memoria.

Eso no se lo puedo decir, profesor.” En mi voz opaca por la calefacción del lugar, dejé escapar un pedazo de la remendada determinación que me quedaba.

Esta bien, si no lo quieres decir.” masculló el profesor con molestia. Traté de mostrar que no me importaba su incomodidad en lo absoluto, aunque en realidad por dentro me carcomía el deseo de gritarle a él y a su profesor ayudante toda la verdad.

La discusión flaqueó a partir de ese momento y después de vagas recomendaciones e insinceras afirmaciones que proclamaban que mi salud era más importante que los créditos que tenía que tomar-ocultando el verdadero mensaje de que lo mejor era que abandonase esta isla y los dejase en paz-, pude salir de esa decadente oficina, murmurando un muchas gracias que no tenía intención de ser oído.

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La croquera de papel canson

Mientras pintaba en aquel solitario templo de Izumozaki, escuché de repente que alguien subía las escaleras que conducían al lugar y levanté la vista para ver de quién se trataba. Gracias a mi miopía, al principio no pude distinguir bien, pero luego supe que era el estudiante chino de intercambio que había venido con nosotros. Apenas me vió hizo una inclinación algo nerviosa y se volteó para regresar y bajar las escaleras, temiendo causarme molestias. Al ver aquello no pude hacer nada más que reconocerme, temiendo el actuar de forma inoportuna al poseer la torpeza innata de todo gaijin . Antes de que se volteara por completo, lo llamé y le dije que se sentara, pues después de subir todas esas escaleras debía estar cansado. “¿Por qué no hablamos un poco?” le dije y su expresión comenzó a cambiar. En un japonés esforzado pero bastante bueno para considerar que llevaba aquí sólo algunos meses (recuerdo haberlo visto en la noche, sentado en la bilioteca de mi facultad estudiando muy concentrado) me contó algunas cosas triviales sobre Taiwan. Después comentamos sobre la gente de nuestra carrera y a ambos se nos oscureció un poco el semblante.”¿No te llevas muy bien con la gente de aquí?”, le pregunté y él, sin dejar de sonreír no me dijo nada, pero ladeó la cabeza. Yo suspiré y nos quedamos callados, compartiendo nuestra impotencia.

En cuestión de habilidades, este chico era mejor que algunos japoneses en manejar la dichosa pintura en polvo y las láminas de oro que obviamente, también pertenecían a la tradición del país de la gran muralla. Hace un tiempo tomé algunas clases con él y me maravillaba lo que hacía. También recuerdo que era muy amable y, si a alguien se le olvidaba un pedazo de papel o una barra de tinta, él no dudaba en prestar de lo suyo (lo que nunca hicieron mis compañeros de curso, a menos que un profesor se los ordenase). Una vez nos regaló a todos unos amuletos de su país. En comparacion a mí, que demuestro más abiertamente mi mal humor y a veces no ando con una expresión de simpatía en el rostro, era de suponerse que tuviese amigos, pero eso nunca ocurrió. Contadas eran las veces que lo saludaban y hablaban con él y en este viaje no era la excepción. En una ocasión escuché que había dormido afuera del hostal en una banca. Los japoneses se enojaron por aquella actitud, pero yo la entendí. Estar en una habitación en donde a la única persona a la que no se le dirige la palabra es uno, es muy cansador.

Después de hablar un rato a la verde sombra del templo de los dioses zorro, él comenzó a bocetear en su croquera. Yo le pedí que me la mostrase, porque siempre me gusta ver los bocetos de la gente. En un trazo bastante libre estaban dibujadas toda clase de cosas, desde las lámparas de piedra de los templos hasta aquellas máquinas de los centros de juegos (como las que tienen juguetes adentro y uno mete una moneda para que una mano metálica intente atrapar alguno). Al cerrar la croquera, veo que en la tapa indica que es de papel canson. “¡Papel canson!” , exclamo, “¡Hace tanto tiempo que no veía este papel!” . Le pregunto donde la había comprado, por que si bien en Japón hay croqueras de buena calidad, normalmente tienen pocas hojas y son caras. El papel canson me recuerda muchas cosas, pues lo usaba mucho en mi niñez cuando mi madre me enseñaba a pintar y también lo utilicé bastante cuando estaba en el colegio. En respuesta a mi repentina y extraña emoción ante aquel descubrimiento, él me dice que no, que la había comprado en Taiwan, pues allá se usaban bastante. “Ahh, claro.” murmuré con decepción. Pero el prosiguió. “Como pronto volveré a mi país, si quieres te puedo mandar una”. Yo pestañeé. Primero le dije que no, que estaba bien, pero él sonrió y me pasó un papel para que le escribiera mi dirección. Hice lo que me pedía pensando bueno, qué mas dá, seguro que lo olvidará luego, así que no hay de qué preocuparse. Aún así le agradecí el gesto y seguimos conversando otro poco hasta que la tarde comenzó a caer.

Han pasado un poco más de dos meses después de aquello y yo había olvidado el asunto por completo. Hace un par de días salía de mi casa para ir a la universidad, me parece, cuando como de costumbre reviso mi buzón y veo un paquete con un envoltorio en papel craft. ¿Un paquete desde Sudamérica? pensé con espectación, pero cuando saco el objeto noto que los caracteres de mi dirección estan escritos con bolígrafo y no impresos-bastante bien escritos, por lo demás. Volteo el paquete y me encuentro con otros ideogramas que no logro decifrar completamente y un sello que dice Taiwan. Vuelvo corriendo a mi casa y al abrirlo, me encuentro con una croquera de papel canson.

No supe qué decir. Me dió alegría y tristeza a la vez. Alegría, porque me emociona el ver que si hay personas que son capaces de recordar detalles como esos, sin esperar ninguna recompensa. Tristeza, porque también supe que él entendió mi soledad y que me lo estaba diciendo con aquella croquera.

Tiro al blanco

De nuevo me entregué a la costumbre de dejar tirado mi blog, y eso que lo había estrenado recién. No es que no haya tenido cosas que escribir, la verdad. Pero hacer que las ideas se transformen en un discurso interesante es otra cosa.

A pesar de que con el fin de las vacaciones de invierno se fue todo ese aura de relax y uno es bajado de golpe a la realidad de las clases nuevamente-lo cual no me había tenido de muy buen humor-hoy fue un día en el que tuve un momento más o menos feliz. Es que resulta que esto de estudiar arte, por muy romántico que se oiga, no es nada fácil. No sólo porque uno tiene que batallar continuamente para no quedarse atrás y las emociones afecten directamente en el desempeño de uno, si no porque a veces se siente como si uno estuviese jugando a los dardos, cada día intentando dar en el blanco, o al menos en un lugar que tenga un puntaje que valga la pena. Los dardos son uno (o sus trabajos) y el blanco son los profesores (y sus gustos, su cultura). Entre los conceptos de bien hecho (上手) y mal hecho (下手) se puede ser un poco más objetivo, pero a veces sucede que por más que uno se esfuerce, las ideas de uno y el profesor no encajan para nada. Es obvio que los docentes, como personas poseedoras de experiencia, emitirán su opinión con la intención de que uno pueda mejorar o aprender, pero también existen especies (que no son tan raras como se piensa) que simplemente dan juicios arbitrarios que tienen menos pies y cabeza que la obra que uno acabo de hacer. He tenido la suerte al menos, de encontrarme aqui en Japón con profesores de muy buena calidad. En mi país parecía pasar todos los días por un campo minado. Pero aun así no quiere decir que he terminado de jugar a los dardos. Todavía es bastante agotador.

Hoy estoy más o menos de buen ánimo por eso mismo. Al fin me acerqué un poco al blanco -creo. Normalmente aquí cuando los trabajos se evalúan se los coloca de una forma que el mejor quede en una esquina de la sala y el peor quede en el lado opuesto, en frente de todos. Si uno queda al principio incluso uno podría decir que es una buena práctica porque sirve para henchir el orgullo propio, pero si uno va quedando más atrasito termina odiando ese competitivo sistema de evaluar las cosas. A mí, como es de esperar, nunca me habían tocado los primeros lugares. Al principio decia “ya, bueno, a lo mejor no me esforcé mucho, qué se yo, no valió mucho la pena lo que hice”. Pero cuando a medida que pasan los trimestres uno se rompe la cabeza y las manos y siempre termina sacando los últimos lugares, es desesperante.

Hoy me pasó (en una clase de diseño gráfico en la que había que construir una tabla de colores con elementos de la naturaleza) que la profesora me dijo “bueno, si hubieses pintado mejor aquí…” -señalando una parte en la que había que colorear con tinta que la había hecho tan rápido que muy prolijo no había quedado- “hubieses quedado en el primer lugar.” Luego miró a la clase y dijo “nadie había pensado algo como esto, ¿verdad?” (porque se me había ocurrido la innovadora idea de que se pudiera jugar con la tabla y sus asombrosas partes movibles <llame ya!>). Yo quedé como “‘¿qué rayos?” De verdad pensé que estaba soñando. Y es medio infantil (y narcisista) de mi parte que de la pura felicidad escriba un post de esto aqui, pero es que no quiero que se me olvide (luego necesitaré el subeautoestimol (c) en comprimidos dos veces al día después de cada comida). Hoy tuve suerte y suspiro, al fin (y eso que creo que la suerte no existe). Me pregunto si algún día llego a enseñar, cometeré lo mismo y mantendré estresados a mis alumnos. Realmente uno siente que camina todos los días con los ojos vendados, donde el hecho de no tropezarse tiene que ver con el cuidado que uno le pone al caminar, pero también con ser afortunado de no encontrarse con los obstáculos que ponen las personas y sus mentes.

Ibara no michi (茨の道)

Muchas personas se podrían preguntar qué puede motivar a una persona que no es japonesa, a estudiar nihonga. Aprender una técnica que pocos extranjeros se han animado a enfrentar, utilizar materiales caros que no se pueden conseguir fuera de Japón, soportar la estupefacción, indiferencia, y por qué no decirlo, desprecio de muchos, es una experiencia que podría ser perfectamente un Ibara no Michi (茨の道), es decir, un camino de espinas, como el nombre de este blog.

Cuando uno revela la materia de su estudio, siempre se cruza con la punzante pregunta del porqué. Sobretodo si uno esta estudiando en un país totalmente lejano al propio. Y uno, por supuesto, tiene un libreto de respuestas con el que deja contento al público, pero dentro del propio corazón siempre persiste una sensación vacía que corresponde a la impotencia de no poder transformar en palabras la verdad de lo que sucede. Y es que no es fácil.

Por eso, intentaré describir mis razones. Podría ser algo como: me gusta y admiro la cultura japonesa. Por esa razón quise experimentarla directamente y la única manera de hacerlo es ir al lugar en cuestión y estudiarlo a fondo (como dijo Basho, si quieres aprender sobre el pino ve al pino.) O tal vez: quise estudiar nihonga porque quería profundizar en el conocimiento de la naturaleza y mejorar mi estilo de dibujo. O lo más romántico: porque el arte japonés (desde el sumi-e hasta el manga) es el único que ha podido moverme de una forma tan profunda y poderosa. Etc.Etc.

Y así podria seguir. Todo es bastante cierto, sobre todo lo último, aunque sea lo que suene menos académico. He de suponer que varios comparten mi obsesión con la estética de los nipones. ¿Pero qué es lo que hace que sea tan especial? Pensando en esto recuerdo de pronto el Fuushikaden, un manual sobre teatro Noh escrito por el fundador de la disciplina, el cual estaba leyendo hace un tiempo. Lo primero que se me viene a la mente de aquel escrito era el concepto de monomane (物真似)en el que mono es cosa y mane, imitación. El Noh, según este libro, es principalmente monomane. Al principio es difícil de entender, teniendo en cuenta lo abstracto que es el Noh, pero la pregunta es, ¿qué es lo que se quiere imitar? Si se ve la palabra mane (真似), esta compuesta de los kanji verdad y parecerse. Es decir, acercarse a la verdad. Tanto en el sentido literal como en uno más espiritual, se puede ver luego que monomane es más que imitar lo que vemos a primera vista con nuestros ojos. Tal vez así, el Noh resulte un poco más fácil de entender, aunque solo fuese un atisbo. Pero no sólo el Noh, también nihonga. Esto es sólo una serie de relaciones que se me ocurrió hacer, no sé si realmente un pintor pensará en esto, pero al menos es como ponerle palabras a cosas que siento. Tomando de ejemplo a una representación tradicional cualquiera de la pintura estilo japonés, uno puede ver varias cosas.

Primero, comúnmente se tiende a una estilización-deformación- del objeto de la realidad. Se acentúan sus cualidades y por así decirlo, se aleja de cierta forma al objeto. No es una copia fotográfica e hiperrealista. No es necesario. Una rama de ciruelo en un fondo vacío da la suficiente idea del aire gélido en el que se halla inmersa, de la fuerza que posee para ser una de las primeras en anunciar la primavera. Tal vez en la realidad no sean tan blancas, pero en mi opinión, si uno traspasa esa imagen previa y comienza a ver con más sentidos que con los ojos, uno siente (ve) que realmente hay luz dentro de cada flor. Esto puede tener un significado incluso religioso, aunque yo creo que es mas simple; es sólo el poder que la naturaleza tuvo y siempre tendrá. Intentar acercarse a la verdad, lograr el monomane del frío del invierno, del canto del río y la luz de las flores, es nihonga. Supongo que es por eso que a veces, suele tocar de una forma más fuerte la sensibilidad humana. Incluso tanto para decidir caminar un Ibara no michi.