La croquera de papel canson

Mientras pintaba en aquel solitario templo de Izumozaki, escuché de repente que alguien subía las escaleras que conducían al lugar y levanté la vista para ver de quién se trataba. Gracias a mi miopía, al principio no pude distinguir bien, pero luego supe que era el estudiante chino de intercambio que había venido con nosotros. Apenas me vió hizo una inclinación algo nerviosa y se volteó para regresar y bajar las escaleras, temiendo causarme molestias. Al ver aquello no pude hacer nada más que reconocerme, temiendo el actuar de forma inoportuna al poseer la torpeza innata de todo gaijin . Antes de que se volteara por completo, lo llamé y le dije que se sentara, pues después de subir todas esas escaleras debía estar cansado. “¿Por qué no hablamos un poco?” le dije y su expresión comenzó a cambiar. En un japonés esforzado pero bastante bueno para considerar que llevaba aquí sólo algunos meses (recuerdo haberlo visto en la noche, sentado en la bilioteca de mi facultad estudiando muy concentrado) me contó algunas cosas triviales sobre Taiwan. Después comentamos sobre la gente de nuestra carrera y a ambos se nos oscureció un poco el semblante.”¿No te llevas muy bien con la gente de aquí?”, le pregunté y él, sin dejar de sonreír no me dijo nada, pero ladeó la cabeza. Yo suspiré y nos quedamos callados, compartiendo nuestra impotencia.

En cuestión de habilidades, este chico era mejor que algunos japoneses en manejar la dichosa pintura en polvo y las láminas de oro que obviamente, también pertenecían a la tradición del país de la gran muralla. Hace un tiempo tomé algunas clases con él y me maravillaba lo que hacía. También recuerdo que era muy amable y, si a alguien se le olvidaba un pedazo de papel o una barra de tinta, él no dudaba en prestar de lo suyo (lo que nunca hicieron mis compañeros de curso, a menos que un profesor se los ordenase). Una vez nos regaló a todos unos amuletos de su país. En comparacion a mí, que demuestro más abiertamente mi mal humor y a veces no ando con una expresión de simpatía en el rostro, era de suponerse que tuviese amigos, pero eso nunca ocurrió. Contadas eran las veces que lo saludaban y hablaban con él y en este viaje no era la excepción. En una ocasión escuché que había dormido afuera del hostal en una banca. Los japoneses se enojaron por aquella actitud, pero yo la entendí. Estar en una habitación en donde a la única persona a la que no se le dirige la palabra es uno, es muy cansador.

Después de hablar un rato a la verde sombra del templo de los dioses zorro, él comenzó a bocetear en su croquera. Yo le pedí que me la mostrase, porque siempre me gusta ver los bocetos de la gente. En un trazo bastante libre estaban dibujadas toda clase de cosas, desde las lámparas de piedra de los templos hasta aquellas máquinas de los centros de juegos (como las que tienen juguetes adentro y uno mete una moneda para que una mano metálica intente atrapar alguno). Al cerrar la croquera, veo que en la tapa indica que es de papel canson. “¡Papel canson!” , exclamo, “¡Hace tanto tiempo que no veía este papel!” . Le pregunto donde la había comprado, por que si bien en Japón hay croqueras de buena calidad, normalmente tienen pocas hojas y son caras. El papel canson me recuerda muchas cosas, pues lo usaba mucho en mi niñez cuando mi madre me enseñaba a pintar y también lo utilicé bastante cuando estaba en el colegio. En respuesta a mi repentina y extraña emoción ante aquel descubrimiento, él me dice que no, que la había comprado en Taiwan, pues allá se usaban bastante. “Ahh, claro.” murmuré con decepción. Pero el prosiguió. “Como pronto volveré a mi país, si quieres te puedo mandar una”. Yo pestañeé. Primero le dije que no, que estaba bien, pero él sonrió y me pasó un papel para que le escribiera mi dirección. Hice lo que me pedía pensando bueno, qué mas dá, seguro que lo olvidará luego, así que no hay de qué preocuparse. Aún así le agradecí el gesto y seguimos conversando otro poco hasta que la tarde comenzó a caer.

Han pasado un poco más de dos meses después de aquello y yo había olvidado el asunto por completo. Hace un par de días salía de mi casa para ir a la universidad, me parece, cuando como de costumbre reviso mi buzón y veo un paquete con un envoltorio en papel craft. ¿Un paquete desde Sudamérica? pensé con espectación, pero cuando saco el objeto noto que los caracteres de mi dirección estan escritos con bolígrafo y no impresos-bastante bien escritos, por lo demás. Volteo el paquete y me encuentro con otros ideogramas que no logro decifrar completamente y un sello que dice Taiwan. Vuelvo corriendo a mi casa y al abrirlo, me encuentro con una croquera de papel canson.

No supe qué decir. Me dió alegría y tristeza a la vez. Alegría, porque me emociona el ver que si hay personas que son capaces de recordar detalles como esos, sin esperar ninguna recompensa. Tristeza, porque también supe que él entendió mi soledad y que me lo estaba diciendo con aquella croquera.