La Gata Crisantemo

Son las tres y media de la mañana y al fin puedo dar un pequeño respiro. Mi gata, Kiku, llegó de un pequeño paseo nocturno y me maulló para que le diera comida. Esto no es un hecho de poca importancia: hace un día y medio, la minina devolvió su comida y las veinticuatro horas siguientes apenas probó bocado. A duras penas se levantaba y cuando lograba pararse, se acostaba a dos pasos más allá.  Con horror, corrí hacia mi computador para investigar de qué clase de síntomas se trataba.  Hace poco había notado que tenía su pancita más hinchada y pensé que (al fin) estaba embarazada, pero después de su falta de apetito temí por lo peor. Podría estar sufriendo desde una constipación hasta un envenenamiento.  Conociendo el trato cruel que en este país se les suele dar a los gatos (en contra de la creencia popular), entré en un estado de pánico. Falté a clases para no perderla de mi vista y después salté a mi bicicleta para ir a buscarle alimento blando. Sentía un gran peso sobre mis hombros, mi corazón se retorcía. Cuando caía la noche su estado no mejoraba y apenas pude dormir. Al menos tenía sus reflejos intactos, lo que indicaba que si se había envenenado el caso no era fatal.

A medianoche me pidió salir. Con aprehensión, la dejé, pero luego estaba dándome vueltas por detrás del edificio para ver si se encontraba bien. Qué angustia. De los ocho gatos que he tenido en mi vida, es probablemente la primera vez que sentí una preocupación tan grande.  A mi primer gato lo ví sufrir mucho por la enfermedad que se llevó su vida, y el gato que mejor se había llevado conmigo hasta ese entonces, me dejó con una enorme tristeza cuando misteriosamente desapareció-justo, cuando había decidido partir hacia Japón. Pero esta vez realmente se me cayó todo por un momento.  Mis ojos cosquillean y las emociones fluyen dentro de mí, ahora por el alivio, pero también porque me percaté de lo especial que es esta gatita. Por eso le dedico un post.

La gata Kiku llegó con el comienzo de la primavera, de una forma tan repentina que el hecho de que esté aquí se convirtió en algo tan natural que no dió cabida a cuestionamientos. Maulló fuera de mi ventana y le abrí. Sin miedo ni verguenza, entró a mi dormitorio y se acostó a los pies de mi futón. Yo, con perplejidad-y para qué me dejo con cosas, feliz- la dejé. Una o dos horas después, se sube a mi regazo mientras estaba frente al computador. Se trataba de una gata adulta, tal vez con algo de sobrepeso, con el pelo brillante y de aspecto más bien sano. Pensé al instante que tendría dueño y que tal vez me había pegado una visita, como suele suceder que estos muchachos suelen tener más de una casa de vez en cuando.  Pasado un tiempo se fue por donde había venido y no supe de ella hasta dos semanas después, cuando vino a cumplir la misma rutina de dormir un rato en mi colcha e irse.  No transcurrió mucho cuando el intervalo entre visitas se fue haciendo más corto,  pero siempre con la humildad de no pedir nada más que un lugar donde acostarse. Hasta que un día, aquella humildad fue reemplazada por ruidosos maullidos que me pedían comida. Sonamos, pensé. Decidí ignorarla pero ahora la criatura venía todos los santos días. Supe que no podía hacer nada más al respecto. Con gran preocupación, pensando en qué iba a hacer si me tocaba volver a cruzar el océano otra vez, le compré sus primeras latas de comida. Ella no pudo haber estado más feliz. Tratando de tranquilizarme, pues cuando tenía doce años ya me había mudado de país con mi primer gato, decidí aceptar las cosas tal cual eran. El de arriba no pregunta, simplemente nos encaja los encuentros y si uno no estuvo preparado cual arquero para recibirlos, nos llega no más el gol. Pero sé que mi equipo está bastante lejos de haber perdido.

Llego a mi casa y escucho maullidos tras la puerta. Cuando me despierto siento un pesito en mis piernas.  Me siento a leer o a escribir y se ubica a una distancia prudente, vigilando, siendo los ojos que ven las cosas que no puedo ver. Me permite poner mi cabeza en su pancita y que la apriete de vez en cuando.  Los que tienen o han tenido gatos, saben que es tan difícil a veces tener feeling con ellos. A veces uno los adora, pero si uno no les cae bien, no hay nada que hacer. La cercanía de la relación la eligen ellos.

Ahora la Kiku debe estar hecha un ovillo en su almohadón, recuperándose de su constipación, que a lo mejor surgió por comerse una planta no muy saludable de esta ciudad campestre o tal vez un gusano. A todos los dioses que conozco les pido que la cuiden, para que me acompañe sea cual sea el hemisferio en el que esté, dándome la alegría que tanto me falta.

La Gata Kiku