Geishas y samurais

Ayer me cortaron la luz. Había olvidado pagar uno de los meses de las vacaciones de verano y ahora, como es fin de mes la economía doméstica está difícil y había olvidado el tema. A lo mejor compraré una linterna de cien yenes para pasar algunos días hasta que pueda pagar la bendita cuenta. Me siento como dentro de un experimento en el que probaré el cómo era vivir en el siglo dieciocho, o algo por el estilo. Los que me conocen saben que la oscuridad me produce una especie de miedo patológico, pero lo que más me molesta de esta miserable condición es que no voy a poder ver mi anime de los viernes por la noche. Por suerte la piratería es casi tan veloz como la luz y van subiendo capítulos casi en la misma medida en que los emiten, por lo que la tragedia no será tan grande.

Anoche comenzó a llover y el cielo no estaba particularmente claro, aunque dejando las cortinas abiertas me llegaba una débil luz azul que mataba algunos de mis espantos. Como normalmente me cuesta dormir cuando hay mucho silencio, me puse a buscar una radio en mi mp3 player, pero como vivo en un lugar que tiene pésima señal, sólo encontre una, la radio Tsukuba. Como estamos en período de elecciones municipales estuve escuchando por más de una hora los aburridos discursos de los candidatos. Luego pusieron una especie de música instrumental al más puro estilo de la radio El Conquistador, y me quedé escuchando aquello en una clase de vacio zen hasta que por fin me dormí.

Soñé un par de cosas sin importancia y me desperté en la mitad de la noche. Hice el reflejo de encender el televisor pero recordé mi particular estado y me puse a escuchar la famosa radio nuevamente, pero me entró una especie de ansiedad y la somnolencia se desvanecía poco a poco. Entonces tomé mi celular y me puse a jugar.

¿A qué viene todo este aburrido relato de una noche de insomnio y falta de electricidad? Pues algo peculiar ocurrió cuando empecé a jugar.

El juego que elegí, el cual venía con el software del celular junto con el famoso moji pittan, era uno de estos pasatiempos que últimamente estan de moda, que aquí les dicen nou traning (脳トレイニング), que quiere decir algo así como entrenamiento cerebral. Normalmente consiste en una serie de test en los que hay que hacer cálculos matemáticos simples, presionar las teclas de los números que aparecen en la pantalla, comparar el largo de distintas figuras geométricas, entre otros. Se supone que si esto se practica frecuentemente, las reacciones de uno mejoran y el cerebro rejuvenece. Aunque si es por eso, yo debería tener más de sesenta años.

En la versión del juego de mi celular salen varios personajes que son funcionarios de una corporación, y a medida que uno acumula puntos puede sacar más personajes para poder jugar con ellos. Mientras más puntos, también, sube el rango de uno dentro de la compañía, y uno puede pasar de ser un simple oficinista hasta presidente, pasando por jefe de sección y un sin fin de locuras varias.

La cosa es que, después de jugar un rato, saqué un par de personajes. El primero era una chica, en cuya profile salía (sí, tienen profile) que su talento era cocinar (y por lo que veo, siempre el talento en los personajes femeninos es cocinar). El segundo, era un tipo rubio y con una cara no tan animesca como los otros, con el nombre en katakana. Comencé a leer su perfil, el cual rezaba: viene de Estados Unidos, y antes era profesor de inglés. Le encanta Japón: sushi, geisha, samurai…(palabras que se hallaban escritas en katakana) aunque el Japón que vive dentro de él está muy alejado de la verdad.

Me quedé en silencio e inmóvil por unos segundos. Luego me invadió, como siempre, la rabia. No es la primera vez que veo aquella clase de personajes en los manga, anime, o telenovelas de esta década. Es más, si es que aparece un extranjero en uno de esos medios, probablemente sea de esa clase (hay excepciones, pero pocas). Me costó volver a dormir. La compañía a la que pertenece mi celular tiene un público extranjero bastante considerable y muchas máquinas, como la mía, son bilingues. Pero uno qué puede esperar.

El año pasado, en una reunión de la gente de mi carrera, un profesor se acerco a mí y me preguntó: “cuando tú vivías en tu país, ¿creías que en Japón caminaban samurais por la calle?”

¡Y yo estudio nihonga, por todos los cielos!

Creo que no tengo ganas de volver a poner mis manos en ese juego.