La Gata Kiku y sus amigos

Hace poco menos de una semana me estaba volviendo a angustiar mientras esperaba en mi casa, con el oído atento, pensando que mi gata podía volver en cualquier momento. La última vez había desaparecido unos seis días -y cuando con el corazón en la mano había empezado a buscar números y direcciones de las perreras de la prefectura, maulló como si nada hubiese pasado en mi ventana. Ahora habían pasado dos días y pensé que no debía preocuparme, si no tener paciencia, pero algo me decía que las cosas no andaban bien.

Un poco antes de esto, medio en serio, medio en broma, le hice a mi gata una cuenta en gmail. Puse esa dirección en su collar (tiene un colgante con un pequeño recipiente donde se puede meter un papel)junto con el teléfono, por si acaso. Y resulta que sirvió. Anoche, en mi preocupación, me acordé de la existencia de esta dirección de correo y veo que alguien me había enviado un mensaje. Aquí me entero que esto se trataba de una relación triangular:

Resulta que este segundo cuidador de la Kiku la conoció en la primavera pasada y que un día había entrado a aquel departamento como si nada; luego había vuelto misteriosamente con collar e  iba de visita de vez en cuando. ¡Un año en este ir y venir entre sus dos dueños! Y sucedió que hace un par de días, había ido a aquella casa en una de sus visitas, pero enfermó de repente. El segundo dueño se preocupó y se la llevó al veterinario, le consiguió medicamentos y un día después me contactó.

Lo gracioso de todo esto, es que el dueño número dos no me contactaba para hacer cuentas conmigo, si no para preguntarme si podía dejar a la Kiku en su casa hasta que se recuperara. Apenas se hizo de día fui a buscarla, y el lugar estaba ni más ni menos a una cuadra de mi edificio. Al entrar la gata reconoció mi voz y me saludó. Pero después se quedó sentada, muy cómoda en la sala de esta casa. El segundo dueño, que era un ex estudiante de mi universidad y ahora vivía allí con su novia, también le daba comida y no parecía molesto en absoluto. Después de conversar un momento sobre los misterios de esta criatura y su posterior tratamiento médico, me la llevé a mi casa. “Cualquier cosa, me avisas” me dijo el joven. “A mi novia y a mí nos gusta mucho, así que de vez en cuando déjala salir para que nos venga a visitar”. Después se volteó, murmurando un doumo desganado, mientras logré ver en un par de segundos que los ojos se le tornaban tristes. Me quedé allí hasta que desapareció del pasillo de mi edificio y ahora recordé repentinamente que, en el suelo del departamento de este muchacho, habían un par de juguetes para gato tirados en la alfombra.

Tsukuba Monogatari-prólogo

Muchas personas asumen que mi color favorito es el negro.  Desde hace algunos años comencé la práctica de agregar prendas de este tono en mi clóset. Lo primero que adquirí fue una chaqueta Adidas en los primeros meses de mi estadía en Tokyo. Me había llamado la atención el diseño y me armé de valor para tomarla y comprarla. Nunca antes había tenido ropa negra y no es una forma de decir; realmente ésa era la primera vez en mi vida que me atrevía a usar ese color. Las razones dan para una larga historia que dudo que valga la pena contar, pero en palabras simples podría decir que aquella tonalidad me estaba vedada desde mis primeros años. Pero ahí estaba yo en aquel momento, libre, en Tokyo y mirando de frente en el silencio a esa cosa que dice ser mi ser. De pronto se me encarga la tarea de repintar esa silueta grisácea con forma humana, esta vez de la forma que yo quisiera. Y los caminos del Señor son misteriosos.

Así llegamos hasta el día de hoy en el que, guardando la ropa recién lavada me doy cuenta de que tengo una docena de camisas negras, sin contar las camisetas del mismo color. Desperté y tomé conciencia de que me vestía la noche, a pesar de saberlo a medias por mucho tiempo.

Tengo entendido que si uno se refiere a los colores en la luz, el negro es la ausencia del color. En materia de pigmentos esto puede ser más discutible. Cuando el consejero de estudiantes extranjeros me miró irrespetuosamente de la cabeza a los pies, tomó el significado más fácil de toda esa mezcla de códigos que es el vestir y me dijo “te ves triste“. Me hubiese encantado que esa ola de empatía le hubiese durado cuando intentaba inventar excusas para echarme de la universidad. Otro día, había decidido usar un abrigo rojo. Al entrar a mi facultad un profesor me vio y expresó con sorpresa y algo de alegría de que no estaba vistiendo de negro. No volví a usar ese abrigo.

Pero a pesar de todo lo anterior, que quede claro una cosa: mi color favorito no es el negro. No sólo porque desde algunas perspectivas no es considerado un color como dije antes, si no porque no se trata de gustos. Para mí su uso es un deber. Al principio creí que era por la depresión y todo ese cliché. Pero después me di cuenta que no era porque quería decirle al mundo que mi vida era un carro de lágrimas. Me gusta su connotación funeraria, pero es porque es un color de aceptación de los cambios de la vida, de las depresiones incurables, de las fobias, de la lógica propia que sólo se choca una y otra vez con miradas peyorativas.

Ahora que empieza este año me percato de que aquellas garras que me quitan los deseos de vivir, que aquel suspiro que me envenena para que me entregue al sueño por horas infinitas, siempre estarán presentes y serán siempre más definidos que mi sombra. Pero no es porque me haya rendido. Es porque comencé a aprender a bailar en aquellos tonos menores. Y para ello hay que mancharse de negro, encontrarse en la oscuridad.

La bitácora de los objetos perdidos (y encontrados)

Ayer, cuando me estaba preparando para salir a clases, me dí cuenta de que me faltaba algo: mi billetera. Con tranquilidad pensé que la había dejado en la entrada, o en el clóset, o en uno de los quinientos lugares diferentes en los que suelo tirarla después de llegar a la casa. Pero no estaba. Aún conservando la calma, me dije que a lo mejor estaba entre las cobijas revueltas del futón, porque varias cosas suelen desaparecer misteriosamente por allí. Pero no. Entonces sentí una punzada en el corazón. Mentira, me dije. La noche anterior había ido y vuelto de la convenience store y me acordaba de haber puesto la billetera en el bolsillo al salir de la tienda. Luego no recordaba más. Pero su desaparición era muy improbable, tenía que estar en la casa. Vi pasar la hora en el reloj, me estaba atrasando y mi billetera no estaba por ninguna parte. Me desesperé, pensando en mi cédula de identidad, en mis tarjetas, en los tesoros que tenía dentro, y volví a buscar de nuevo por donde ya lo había hecho. En eso sonó el teléfono, pero no me digné en contestar, pues estaba concentrándome en este asunto. Minutos después las cosas no habían cambiado y ví que la clase estaba perdida. Con incredulidad me senté en el futón a ver quién diablos me había llamado, cuando veo que me habían dejado un mensaje. “Somos de la sección de estudiantes de la universidad, nos han dicho que sus pertenencias han sido encontradas y se encuentran en la estación de policía del centro.”

Casi me caí de espaldas. Estas cosas solo pueden pasar en Japón, sin duda. Parecía mentira.

Fui a mi siguiente clase y luego me dirigí a la estación de policía. Luego de llenar algunos formularios, pasatiempo favorito en este país, puse mi firma por allí y por allá y volví a tener la billetera en mis manos, con todas sus cosas (dinero incluido) intactos. Lo más gracioso fue que si bien estas anécdotas son atribuidas a la honestidad japonesa, quien encontró la billetera fue un chico estadounidense. Que cómo se cayó mi billetera y cómo fue encontrada y posteriormente trasladada a la estación de policía, es hermoso y desconocido.

Esta no es la única cosa que me ha pasado. Viviendo en Tokyo, una vez dejé caer mi billetera en una estación de tren. Me dí cuenta cuando había llegado al destino, y con resignación fui como por si acaso a la oficina de la estación. Allí me dicen que sí, que la habían encontrado, que me volviese a la estación anterior. Dicho sea de paso que no me cobraron por subirme al tren otra vez en ese tramo, simplemente me dejaron pasar. Y ahí estaba mi billetera, con ocho mil yenes (como ochenta dólares) intactos. La otra vez dejé mi celular en la biblioteca de la universidad y fui a la mesa de recepción. Me preguntaron cómo era mi celular y luego de responderles brevemente me lo devolvieron en una bolsita de plastico, como objeto encontrado en escena del crimen.

Es increíble. De repente pareciera como si uno pudiera creer inocentemente en la honestidad-y en el sistema- y uno baja mucho la guardia. A pesar de que hay muchas cosas que me saquen de quicio y me hagan no querer salir de mi casa, esto siempre me recuerda lo tanto que me gusta este país en el fondo.