Siete frases célebres de gente común (bonus track)

1. “En Japón, la gente no habla dentro de los trenes por que está cansada de las relaciones humanas.” (compañero de clase, en un seminario sobre comunicación intercultural)

2. “La Universidad no es un hospital y los estudiantes no son clientes.” (respuesta del rector de la Facultad de Arte, al escuchar los problemas de quien escribe este blog)

3. “Las cosas son eternas mientras pienses que lo son.” (sicóloga de la universidad ante un ataque de pánico)

4.  “¿Qué te queda mejor, lo sádico o masoquista?” (pregunta de una compañera de clase en una conversación casual)

5. “La melancolía es una cosa que se lleva en los genes.” (una amiga)

6. “Tienes que mostrarte alegre porque eres mujer.” (el dueño de una convenience store en la que quise trabajar, dándome instrucciones).

7. “¡El que dos estudiantes de primaria se besen es un problema moral!” (la misma amiga anterior, mientras veíamos una escena como la relatada en una película.)

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En casa de herrero cuchillo de palo

Una de las revistas más famosas de cosplay, la Cosmode japonesa, tiene una sección en donde siempre salen pequeñas anécdotas de diversas personas que comparten esta práctica, normalmente relatando momentos graciosos o inusuales que ocurrieron durante eventos o sesiones de fotos. Es una de las partes de la revista que disfruto bastante, pues normalmente me río y me identifico con la serie de tallas que suelen suceder. Aunque en la revista número 25 fue un poco diferente. La sección de esta edición está titulada como “tus modales del pasado: la habitación del arrepentimiento“, y es una compilación de historias de cosplayers arrepentidos por sus malas maneras. Lo interesante de esto, por supuesto, es que aquello entendido por malas maneras es un asunto bastante relativo y considerar estas cosas como una equivocación puede resultar impensable para los practicantes de este hobbie en occidente.

Por eso me dediqué a traducir las citas más memorables de esta lista de errores:

Cuando empecé a hacer cosplay, fui una vez a un evento donde se hallaba mi actor favorito. Me vestí como el personaje que él hacía en una serie (con uniforme escolar). Ahora que lo pienso he cometido un acto totalmente irrespetuoso.” —nota de Azuma: no sabía que expresar admiración era una falta de respeto.

A pesar de que había una sala para cambiarse, necesitaba usar el espejo y fui al baño.” —nota de Azuma: personalmente encuentro esas salas muy incómodas si es que no se está acostumbrado a empelotarse en público.

Fui a hacer purikura mientras estaba con mi disfraz.”

No podía encontrar una parte de mi traje y saqué todas las cosas de mi bolso. Ahora que lo pienso causé muchas molestias.”

En el tren de vuelta hice mucho ruido con mis amigos. Ahora estoy sumamente arrepentida.” —nota de Azuma: hablar es una necesidad humana.

(en caracteres de gran tamaño) “Fui al convenience store mientras estaba con mi disfraz!” —nota de Azuma: yo recuerdo haber ido a un supermercado con mi disfraz. No en Japón, por supuesto.

Saqué fotos sin preguntar.” —nota de Azuma: a menos que fuese un pervertido, personalmente no me importa que me saquen fotos. Pienso que si eso sucede uno debería sentirse halagado.

El hacer una escena de personajes hombres en una actitud anormal en frente de otras personas, fue una terrible idea. Realmente pido disculpas.” —nota de Azuma: me gustaría saber cuál fue esta actitud anormal.

Etcétera.

Complementando estas terribles confesiones, están los consejos de los sempais en este arte:

No creas que tú puedes hacer algo sólamente por que se lo viste hacer a otra persona.” —nota de Azuma: el mensaje subliminal de esto es “tener valor para expresarse es un crimen”. =P.

El ser principiante no es una excusa para equivocarse.” —nota de Azuma: había olvidado que esta era la tierra del seppuku.

Como el cosplay es una práctica que comúnmente es mal mirada, hay que actuar con mucha responsabilidad al respecto. Dependiendo de cómo actuemos se decidirá el futuro del cosplay. No hay que olvidar el sentido común.” —nota de Azuma: puedo entender esto, pero me parece que el futuro del cosplay no es un asunto tan serio. El que lo quiere hacer lo hace, punto. Me parece triste que la diversión deba tener tantas regulaciones innecesarias.

Recomendaría que, si quieres empezar en este mundo, sería bueno que primero comenzaras a sacar fotos a los demás con tu ropa normal. Después de ver cómo son las cosas desde afuera, estarías habilitado para hacer tu debut“. —nota de Azuma: ¿qué, acaso el cosplay es un arte marcial?!

¡Afuera, en el mundo, debemos convertirnos en personas comunes!.”

Estar en lugares públicos con el disfraz es algo preocupante. Después nos juzgan a todos, así que eso deberían evitarlo a toda costa!.”—nota de Azuma: entonces el cosplay no tendría razón de ser.

En fin,  las reglas en cuanto a hacer cosplay en este país son un asunto que se ha hablado a menudo y por lo cual se rompen la cabeza algunos occidentales, por lo que esto en realidad no es nada del otro mundo. Estoy a favor de la seriedad en cuanto a llevar el cosplay como un asunto personal, o incluso si se quiere, como una forma de arte en la que existe extrema preocupación en su elaboración y preparación, dando a veces hermosos resultados que pueden resultar inspiradores. Eso admiro y celebro de los cosplayers japoneses. Pero esto es una forma de entretenimiento, se lleve como se lleve a cabo. Aunque obviamente no hay que olvidar que, la diversión, el atreverse a mantener la propia individualidad y la transgresión de reglas, son cosas que en este sito van de la mano. El cosplay para los otakus japoneses es como ese grito ahogado de la personalidad, que como aquel disfraz que sólo puede ser usado por unas pocas horas, tiene derecho a expresarse en momentos limitados y si se sigue las reglas, claro está.

Cansado de la vida

El domingo pasado, cuando me desperté y encendí el televisor, me encontré con una noticia terrible. En el mediodía un hombre había conducido un camión por la calle central del barrio de Akihabara y lo estrelló -intencionalmente- contra varios peatones. Luego de destruir el vehículo, se bajo de él y, cuchillo en mano, apuñaló a otros transeúntes más. Obviamente el escándalo se armó y a pesar de que el hombre hizo ademán de huir, fue atrapado instantes después en una calle lateral por la policía, para ser posteriormente arrestado. Todo hubiese terminado ahí, pero lamentablemente siete personas perdieron la vida y otras diez quedaron gravemente heridas. Entre ellos un padre y un hijo que habían salido a comprar accesorios de computador, o una chica universitaria que transitaba por ahí. Gente como uno. Aquello me heló el cuerpo. El lugar del hecho estaba frente a una tienda que frecuento mucho y donde terminaron atrapando a este delincuente estaba a pocas cuadras de una jugetería a la que siempre voy.

No quiero poner más morbo con este post, porque ya le han dado suficiente tarro a este hecho en las noticias. Pero Akihabara es un lugar al que voy bastante y en el que podía caminar sin cuidado. Se supone que esto era Japón, no cualquier ciudad de Latinoamérica, donde uno camina abrazado a su mochila porque si no desaparece. Pero lo peor de todo esto es que esta masacre no fue un asalto por dinero. Cuando el hombre en cuestión fue arrestado, dijo sus razones: “Estaba cansado de mi vida. Queria matar a alguien, a quien fuera. No soy alguien necesario para nadie. Por eso, cometiendo asesinato, llamaría la atencion de las personas.”

En Latinoamérica también puede suceder que un tipo vaya y apuñale a decenas de personas, pero probablemente sería porque está bajo los efectos de las drogas o pretende robar objetos de valor. Allá no puedo caminar en la noche como camino por aquí, tampoco puedo perder mi billetera y esperar que alguien me la devuelva, pero aún así, no puedo dejar de impresionarme. Nuestros países no se encuentran en buenas condiciones, aún estamos a siglos de acabar con la pobreza y la corrupción, pero en este país del primer mundo, donde la miseria no es tan evidente y donde los servicios funcionan, la sociedad esta podrida en un estado tan profundo que llega a dar escalofríos.

El hombre en cuestión era un funcionario de una empresa de automóviles que tenía buena reputación en su trabajo, una persona x entre todos los japoneses x que viven en este país. Solamente sucedió que, lamentablemente, esta persona se cansó de ser x, pero como la sociedad no esta construída para personas no x, no había salida posible. Entonces sucedió lo que sucedió. No es que esté defendiendo a este hombre precisamente, pero lo que pasó es el efecto de lo que produce la sociedad de este país. Ahora, en las noticias y los matinales dan especiales en donde los invitados son especialistas en la materia, donde revisan el blog que el hombre poseía, y resaltan, ojo, el tipo es un otaku. Ahhh, claro. Ahí esta la culpa de todos los males. Después comentan sobre cómo ha cambiado Akihabara en este último tiempo y la indecencia que abunda por ahí (como las maids repartiendo publicidad de sus respectivos cafés). Luego una residente cercana opina, “sí, antes no era así, ahora está lleno de inmorales”. Y a esa opinión luego se le unen varias parecidas.

A mí me gusta el manga y sí, también me meto en los callejones del famoso barrio a buscar figuras de acción, cds raros y merchandising vario. También he ido a un maid cafe y fue una experiencia divertida. Tampoco quiero decir que celebro todo lo que compone la cultura otaku, porque hay cosas que me dan y seguiran dando escalofríos, como las muchachas que hacen service para todos los transeúntes dejando que les tomen fotos a lo que hay debajo de sus faldas porque es kawaii. Pero es injusto que le echen la culpa a esto y escondan la verdad. En ningún momento han hablado de cómo las personas se sienten viviendo en esta sociedad, porque todos, excepto este hombre, son personas decentes con una vida decente, ¿no?. Nadie quiere sacar a la luz los pedazos de sus vidas podridas, todos esperan hasta que no se pueda más y no quede otra que explotar. Y por eso, no puedo dejar de pensar con profunda tristeza en la vida de este hombre.

¿Este es el Japón que admiran ustedes? Está bien lejos de ser el paraíso que se imaginan.

Puntos inconvenientes

Hace un par de semanas un amigo me invitó al club de aikido. Hoy fui a la experimentación y con esto cuento mi intento número cuatro de entrar a un club de artes marciales en una universidad de Japón (deberían darme un premio por número de intentos). El primero fue kendo, en el período que estudiaba en la Universidad de Lenguas Extranjeras de Tokyo, con las ganas de hacer ahora sí el arte marcial que más admiraba. Fui a ver los entrenamientos del club y participé de algunos, pero el club de karate, que entrenaba en el horario anterior en el mismo dojo, me llamó. Y ese fue mi segundo intento (porque antes de venir a Japón había hecho karate por tres años), para continuar ahora sí, japonesamente, lo que había venido haciendo. Duré varios meses, aunque el cambio de estilo de karate (el que había aprendido era Goju, y ese club era Wado) me cruzaba los cables de manera terrible. Después de haber sido más o menos fiel y despertarme a las seis de la mañana los fines de semana de vez en cuando para ir a torneos (experiencia de la que no me arrepiento, porque si bien no pude participar fue muy emocionante ver competencias de tal calidad), de salir a correr en vacaciones a dar la vuelta a la universidad y de parecer una persona estúpida por no aprenderme los katas rápido, lo dejé en pro del estudio del japonés, porque en esa época no hablaba muy bien que digamos y en las reuniones del club siempre terminaba en una esquina sin poder decir nada interesante y tampoco podía entender bien las explicaciones de las técnicas. Como buena cosa me quedó un amigo que me llama o me manda mensajes de vez en cuando, pero todo el karate que había aprendido en mi país se había desvanecido completamente y sentía que sabía menos que los que no sabían nada.

Mi tercer intento fue cuando entré a la Universidad de Tsukuba, ahora sí en serio a estudiar la carrera que había elegido. También elegí karate porque el ser keikensha (el que ha experimentado) me ahorraba un poco la verguenza y porque creí que si había empezado karate eso era lo que debía seguir y de una buena vez, despues de días y años de esfuerzo, conseguir el cinturón negro (empresa que había quedado truncada porque lo dejé todo al venir a Japón). Pero el destino obró en contra mío. Sucedió que en clase de Educación Física (sí, en esta universidad, estudie lo que se estudie todos debemos tomar Educación Física) por hacer el test de Cooper con zapatos no deportivos me hice una especie de desgarro en los nervios de un pie, cosa que me impidió caminar por una semana y me dejó un molesto dolor por dos. Por varias semanas quedé con una suerte de trauma en la que no podía apoyar los pies de cierta manera y con eso dejé de ir a los entrenamientos. Luego me curé completamente pero esta vida de mi facultad, en la que a veces uno se quedaba todos los días hasta la medianoche pintando cuadros para exponer, me alejó completamente de la idea clubes. Y asi desaparecí, sin decir adiós ni nada, pero con mucho arrepentimiento. Después de todo el haber hecho un arte marcial durante bastante tiempo me había dejado una especie de costumbre y sentía que algo me faltaba. Decidí que el próximo año, cuando todas las cosas se calmaran, podría hacerlo nuevamente. Y pues ahora es el próximo año.

Al principio tenía ganas de unirme al club de kyudo o de kendo. Fuí, de hecho, a visitar el club de kyudo pero, como practican hasta los días domingos, se me hizo imposible en vista de los cuadros que me mandan a hacer en mi facultad, cada vez de dimensiones más grandes. El club de kendo nunca lo fui a visitar por el desánimo (por algo cuando estábamos en primer año nuestros profesores nos dijeron que no podíamos entrar a ningún club, que no había tiempo para ello). Estudiar pintura no es algo que se pueda dividir en el margen de las horas académicas. Mi facultad en sí misma, ya es como un club, en el que también tenemos campamentos (con nota, dicho sea de paso). El dibujo es algo que mejora con la práctica y el que sólo nos pongan buena nota en un cuadro no significa que haremos algo mejor en el siguiente sin haber practicado horas y horas extra.

Pero aun así. Gracias a la invitación de un amigo que acababa de entrar al club de aikido, decidí probar. La verdad es que nunca se me hubiese ocurrido hacer aikido, era lo último que hubiese pensado en materia de artes marciales, pero la presencia de alguien conocido en un club me pareció un punto a favor, y pensé por qué no. Entonces hoy fui. Y vaya que fue divertido. Hace tanto tiempo que no me ponía mi dogi y me movía con él. Mientras me tiraban lejos o me doblaban el brazo de forma imposible (momento en el que pensé que, a pesar de que me habian dicho lo contrario, el karate duele menos que el aikido) me hice parte por un pequeño instante de esa gran cosa que es el budo, lo cual me dio un gran sentimiento de nostalgia. Sí, de hecho, creo que sin hacer artes marciales siento que me falta algo, que no estoy viviendo la vida completamente. Por qué será, me pregunto yo. Uno entra a un dojo en cualquier lugar y pareciera que es el mismo en todas partes.

Pero bueno, basta de poesía. Después del entrenamiento una sempai me preguntó que si iba a entrar al club y que si no sabía, debía decidir lo más rápido posible porque la temporada de entrar se estaba acabando. Me pilló con la guardia baja. Me había divertido y enfocado tanto en la práctica y en aprender algo nuevo que no había pensado en ese detalle. Entonces ahí viene toda esa lista de requerimientos de los clubes a la japonesa. Ir casi todos los días (bueno, eso no es tan descabellado, pues de hecho uno no se hace bueno si no practica), asistir a los eventos del club, que el faltar por que se tiene un trabajo a medio tiempo no está permitido (a pesar de que se tenga la necesidad) y que hay un campamento en el verano que es obligatorio. La chica me dijo que sí, que el estudio es lo primero, pero que luego sigue el aikido (aunque me dio la impresión de que el mensaje era al revés). Lo único que le pude decir es que si me dejaba pensarlo para la próxima semana. Luego, conversando con el amigo que me invitó, quien está en una carrera completamente diferente a la mía, le pregunté si no era medio difícil ser parte del club y él me dijo que no era tan terrible, pues el no tenía un pasatiempo determinado.

Entonces pensé, ahora qué hago. De hecho le comenté a la sempai que tenía un campamento de mi carrera justo cuando ellos tenían su campamento, pero ella no parecía ceder. No me dijo que no me preocupara, que si de verdad no podía ir no importaba, me dijo que podía ir al campamento mas tarde, pero tenía que ir (lo que significaba cruzar varias prefecturas solamente para atender un compromiso de dudosa importancia). Y yo, que tengo que pintar todo el verano al menos un cuadro casi del porte de mi estatura para exponer en el otoño (lo cual tambien tiene nota), ¿qué puedo hacer? Me da mucha tristeza. A las personas que nos gusta crear, lo que otras personas llaman pasatiempos o hobbies son al final nuestra vida, porque luego se convertirán en nuestros trabajos. Lo que se nos ocurre en una tarde despues de clases puede ser un cuadro o un libro, o no, pero aun así es importante para perfeccionar lo que uno quiere hacer. El arte–y en este caso el dibujo y la imaginación, no son estáticos. Si se dejan de hacer se pudren, o se mueren, como una planta que deja de ser regada. Me han puesto entre la espada y la pared. Ser una persona que le gusta crear tiene a veces tantos, tantos puntos inconvenientes.

La bitácora de los objetos perdidos (y encontrados)

Ayer, cuando me estaba preparando para salir a clases, me dí cuenta de que me faltaba algo: mi billetera. Con tranquilidad pensé que la había dejado en la entrada, o en el clóset, o en uno de los quinientos lugares diferentes en los que suelo tirarla después de llegar a la casa. Pero no estaba. Aún conservando la calma, me dije que a lo mejor estaba entre las cobijas revueltas del futón, porque varias cosas suelen desaparecer misteriosamente por allí. Pero no. Entonces sentí una punzada en el corazón. Mentira, me dije. La noche anterior había ido y vuelto de la convenience store y me acordaba de haber puesto la billetera en el bolsillo al salir de la tienda. Luego no recordaba más. Pero su desaparición era muy improbable, tenía que estar en la casa. Vi pasar la hora en el reloj, me estaba atrasando y mi billetera no estaba por ninguna parte. Me desesperé, pensando en mi cédula de identidad, en mis tarjetas, en los tesoros que tenía dentro, y volví a buscar de nuevo por donde ya lo había hecho. En eso sonó el teléfono, pero no me digné en contestar, pues estaba concentrándome en este asunto. Minutos después las cosas no habían cambiado y ví que la clase estaba perdida. Con incredulidad me senté en el futón a ver quién diablos me había llamado, cuando veo que me habían dejado un mensaje. “Somos de la sección de estudiantes de la universidad, nos han dicho que sus pertenencias han sido encontradas y se encuentran en la estación de policía del centro.”

Casi me caí de espaldas. Estas cosas solo pueden pasar en Japón, sin duda. Parecía mentira.

Fui a mi siguiente clase y luego me dirigí a la estación de policía. Luego de llenar algunos formularios, pasatiempo favorito en este país, puse mi firma por allí y por allá y volví a tener la billetera en mis manos, con todas sus cosas (dinero incluido) intactos. Lo más gracioso fue que si bien estas anécdotas son atribuidas a la honestidad japonesa, quien encontró la billetera fue un chico estadounidense. Que cómo se cayó mi billetera y cómo fue encontrada y posteriormente trasladada a la estación de policía, es hermoso y desconocido.

Esta no es la única cosa que me ha pasado. Viviendo en Tokyo, una vez dejé caer mi billetera en una estación de tren. Me dí cuenta cuando había llegado al destino, y con resignación fui como por si acaso a la oficina de la estación. Allí me dicen que sí, que la habían encontrado, que me volviese a la estación anterior. Dicho sea de paso que no me cobraron por subirme al tren otra vez en ese tramo, simplemente me dejaron pasar. Y ahí estaba mi billetera, con ocho mil yenes (como ochenta dólares) intactos. La otra vez dejé mi celular en la biblioteca de la universidad y fui a la mesa de recepción. Me preguntaron cómo era mi celular y luego de responderles brevemente me lo devolvieron en una bolsita de plastico, como objeto encontrado en escena del crimen.

Es increíble. De repente pareciera como si uno pudiera creer inocentemente en la honestidad-y en el sistema- y uno baja mucho la guardia. A pesar de que hay muchas cosas que me saquen de quicio y me hagan no querer salir de mi casa, esto siempre me recuerda lo tanto que me gusta este país en el fondo.

Tiro al blanco

De nuevo me entregué a la costumbre de dejar tirado mi blog, y eso que lo había estrenado recién. No es que no haya tenido cosas que escribir, la verdad. Pero hacer que las ideas se transformen en un discurso interesante es otra cosa.

A pesar de que con el fin de las vacaciones de invierno se fue todo ese aura de relax y uno es bajado de golpe a la realidad de las clases nuevamente-lo cual no me había tenido de muy buen humor-hoy fue un día en el que tuve un momento más o menos feliz. Es que resulta que esto de estudiar arte, por muy romántico que se oiga, no es nada fácil. No sólo porque uno tiene que batallar continuamente para no quedarse atrás y las emociones afecten directamente en el desempeño de uno, si no porque a veces se siente como si uno estuviese jugando a los dardos, cada día intentando dar en el blanco, o al menos en un lugar que tenga un puntaje que valga la pena. Los dardos son uno (o sus trabajos) y el blanco son los profesores (y sus gustos, su cultura). Entre los conceptos de bien hecho (上手) y mal hecho (下手) se puede ser un poco más objetivo, pero a veces sucede que por más que uno se esfuerce, las ideas de uno y el profesor no encajan para nada. Es obvio que los docentes, como personas poseedoras de experiencia, emitirán su opinión con la intención de que uno pueda mejorar o aprender, pero también existen especies (que no son tan raras como se piensa) que simplemente dan juicios arbitrarios que tienen menos pies y cabeza que la obra que uno acabo de hacer. He tenido la suerte al menos, de encontrarme aqui en Japón con profesores de muy buena calidad. En mi país parecía pasar todos los días por un campo minado. Pero aun así no quiere decir que he terminado de jugar a los dardos. Todavía es bastante agotador.

Hoy estoy más o menos de buen ánimo por eso mismo. Al fin me acerqué un poco al blanco -creo. Normalmente aquí cuando los trabajos se evalúan se los coloca de una forma que el mejor quede en una esquina de la sala y el peor quede en el lado opuesto, en frente de todos. Si uno queda al principio incluso uno podría decir que es una buena práctica porque sirve para henchir el orgullo propio, pero si uno va quedando más atrasito termina odiando ese competitivo sistema de evaluar las cosas. A mí, como es de esperar, nunca me habían tocado los primeros lugares. Al principio decia “ya, bueno, a lo mejor no me esforcé mucho, qué se yo, no valió mucho la pena lo que hice”. Pero cuando a medida que pasan los trimestres uno se rompe la cabeza y las manos y siempre termina sacando los últimos lugares, es desesperante.

Hoy me pasó (en una clase de diseño gráfico en la que había que construir una tabla de colores con elementos de la naturaleza) que la profesora me dijo “bueno, si hubieses pintado mejor aquí…” -señalando una parte en la que había que colorear con tinta que la había hecho tan rápido que muy prolijo no había quedado- “hubieses quedado en el primer lugar.” Luego miró a la clase y dijo “nadie había pensado algo como esto, ¿verdad?” (porque se me había ocurrido la innovadora idea de que se pudiera jugar con la tabla y sus asombrosas partes movibles <llame ya!>). Yo quedé como “‘¿qué rayos?” De verdad pensé que estaba soñando. Y es medio infantil (y narcisista) de mi parte que de la pura felicidad escriba un post de esto aqui, pero es que no quiero que se me olvide (luego necesitaré el subeautoestimol (c) en comprimidos dos veces al día después de cada comida). Hoy tuve suerte y suspiro, al fin (y eso que creo que la suerte no existe). Me pregunto si algún día llego a enseñar, cometeré lo mismo y mantendré estresados a mis alumnos. Realmente uno siente que camina todos los días con los ojos vendados, donde el hecho de no tropezarse tiene que ver con el cuidado que uno le pone al caminar, pero también con ser afortunado de no encontrarse con los obstáculos que ponen las personas y sus mentes.

Ibara no michi (茨の道)

Muchas personas se podrían preguntar qué puede motivar a una persona que no es japonesa, a estudiar nihonga. Aprender una técnica que pocos extranjeros se han animado a enfrentar, utilizar materiales caros que no se pueden conseguir fuera de Japón, soportar la estupefacción, indiferencia, y por qué no decirlo, desprecio de muchos, es una experiencia que podría ser perfectamente un Ibara no Michi (茨の道), es decir, un camino de espinas, como el nombre de este blog.

Cuando uno revela la materia de su estudio, siempre se cruza con la punzante pregunta del porqué. Sobretodo si uno esta estudiando en un país totalmente lejano al propio. Y uno, por supuesto, tiene un libreto de respuestas con el que deja contento al público, pero dentro del propio corazón siempre persiste una sensación vacía que corresponde a la impotencia de no poder transformar en palabras la verdad de lo que sucede. Y es que no es fácil.

Por eso, intentaré describir mis razones. Podría ser algo como: me gusta y admiro la cultura japonesa. Por esa razón quise experimentarla directamente y la única manera de hacerlo es ir al lugar en cuestión y estudiarlo a fondo (como dijo Basho, si quieres aprender sobre el pino ve al pino.) O tal vez: quise estudiar nihonga porque quería profundizar en el conocimiento de la naturaleza y mejorar mi estilo de dibujo. O lo más romántico: porque el arte japonés (desde el sumi-e hasta el manga) es el único que ha podido moverme de una forma tan profunda y poderosa. Etc.Etc.

Y así podria seguir. Todo es bastante cierto, sobre todo lo último, aunque sea lo que suene menos académico. He de suponer que varios comparten mi obsesión con la estética de los nipones. ¿Pero qué es lo que hace que sea tan especial? Pensando en esto recuerdo de pronto el Fuushikaden, un manual sobre teatro Noh escrito por el fundador de la disciplina, el cual estaba leyendo hace un tiempo. Lo primero que se me viene a la mente de aquel escrito era el concepto de monomane (物真似)en el que mono es cosa y mane, imitación. El Noh, según este libro, es principalmente monomane. Al principio es difícil de entender, teniendo en cuenta lo abstracto que es el Noh, pero la pregunta es, ¿qué es lo que se quiere imitar? Si se ve la palabra mane (真似), esta compuesta de los kanji verdad y parecerse. Es decir, acercarse a la verdad. Tanto en el sentido literal como en uno más espiritual, se puede ver luego que monomane es más que imitar lo que vemos a primera vista con nuestros ojos. Tal vez así, el Noh resulte un poco más fácil de entender, aunque solo fuese un atisbo. Pero no sólo el Noh, también nihonga. Esto es sólo una serie de relaciones que se me ocurrió hacer, no sé si realmente un pintor pensará en esto, pero al menos es como ponerle palabras a cosas que siento. Tomando de ejemplo a una representación tradicional cualquiera de la pintura estilo japonés, uno puede ver varias cosas.

Primero, comúnmente se tiende a una estilización-deformación- del objeto de la realidad. Se acentúan sus cualidades y por así decirlo, se aleja de cierta forma al objeto. No es una copia fotográfica e hiperrealista. No es necesario. Una rama de ciruelo en un fondo vacío da la suficiente idea del aire gélido en el que se halla inmersa, de la fuerza que posee para ser una de las primeras en anunciar la primavera. Tal vez en la realidad no sean tan blancas, pero en mi opinión, si uno traspasa esa imagen previa y comienza a ver con más sentidos que con los ojos, uno siente (ve) que realmente hay luz dentro de cada flor. Esto puede tener un significado incluso religioso, aunque yo creo que es mas simple; es sólo el poder que la naturaleza tuvo y siempre tendrá. Intentar acercarse a la verdad, lograr el monomane del frío del invierno, del canto del río y la luz de las flores, es nihonga. Supongo que es por eso que a veces, suele tocar de una forma más fuerte la sensibilidad humana. Incluso tanto para decidir caminar un Ibara no michi.