Koujou no tsuki (荒城の月)

Últimamente me da la impresión de que estoy más tiempo en el gimnasio general de la universidad que en mi facultad. Un día me bromearon preguntándome si es que me iba a graduar de Educación Física. La verdad es que el ejercicio siempre me ha gustado y creo que es en lo único que puedo perseverar sin sentir que me estoy torturando. Dibujar, lo cual se supone que es mi segunda naturaleza, me supone uno de los sufrimientos más perturbadores en este tiempo. Obviamente que para el deporte no tengo ningún talento y sólo lo hago por disfrute y vanidad.
En este decadente gimnasio (el cual me hace recordar siempre de que estoy en una institución pública, gracias a sus máquinas despintadas y viejas) no van muchos extranjeros, como es de esperarse, pero tampoco es que no aparezcan en lo absoluto. De cuando en cuando alguno va a aprovechar la gratuidad de aquellas máquinas desvencijadas, o hay otros que se someten a estoicas auto sesiones de yoga o algún arte marcial de dudosa definición. Dependiendo del día se llena de miembros del club de béisbol, los cuales tienen la cabeza rapada y parecen hechos todos con el mismo molde, o también puede aparecer la delegación del club de danza que se empeña en bailar los peores hits del j-pop actual que puede existir. A veces también hay corredores que con su esbelta figura hacen que me ponga azul de la envidia o pueden aparecer macizas mujeres judoka que sin hablar entre ellas, se concentran con semblante espartano en ayudarse a ejercitar. Todos ellos son un paisaje interesante de observar de reojo mientras subo escaleras ficticias en una máquina que se debió haber hecho poco antes de que yo naciera. Ninguno de ellos me presta mucha atención y por eso el gimnasio es uno de los pocos lugares en donde no siento tanta incomodidad. Creo que el color de mi pelo y mi expresión de pocos amigos ayuda mucho.

Cuando fui al gimnasio esta vez estaba más o menos vacío, pero noté una música que era bastante más agradable que las canciones de Hey Say Jump. Al parecer era una suerte de música tradicional japonesa. Luego veo que hay un par de personas bailando con abanicos. Al subirme a la bicicleta estática tengo una mejor vista y me doy cuenta de que eran un par de extranjeros, probablemente europeos o norteamericanos. Me llaman un poco la atención y los sigo con la mirada prudentemente. Estaban ensayando algún baile tradicional. Había otra figura que los supervisaba, una joven también extranjera. Poco tiempo después entró parte del grupo de danza ataviado con gorras y pantalones anchos y miraron a los extranjeros con un poco de resguardo. Me pareció gracioso. Los chicos japoneses empeñados en bailar rap y los extranjeros con sus abanicos. Ninguno de los dos grupos lo hacía bien, la verdad.

En ese momento me acordé que cuando estaba estudiando japonés hace cuatro años, en Tokyo, me uní a un grupo de shakuhachi por un tiempo. No era un club propiamente tal si no una agrupación destinada a que los extranjeros se relacionaran con la cultura japonesa. No era tan aburrido como las clases de caligrafía también para extranjeros-que estaban llenas de chicos que seguramente iban a estar tres meses en el país pero que me miraban en menos por hacer el kanji de uno más grácil que yo (mi caligrafía es horrenda en japonés o español, qué puedo hacer). En shakuhachi la mayoría eran también estudiantes de intercambio. Lo que más me gustaba de aquel lugar era el instructor, un anciano que tocaba aquel instrumento con una dulzura sorprendente y nunca nos miró de soslayo. A pesar de sus esfuerzos, eso sí, la mayoría aprendía bastante lento. Él sabía que en mi país habían quenas y esperaba que soplase sin mayores dificultades (porque todos los sudamericanos tocamos quena, claro), pero me demoré un par de clases en dejar de soplar al vacío. Pasé varias tardes en más o menos buena compañía, hasta que nos avisaron que en cierto evento de la universidad iba a haber una presentación del grupo. Yo al instante me negué, pues tocaba bastante mal, al igual que la mayoría. Pero nos insistieron. Tocaríamos Koujou no Tsuki, una canción tradicional que hablaba de un castillo en ruinas. Muy romántico todo, pero después de ir de mala gana a varios ensayos, desaparecí misteriosamente. No quería hacer el ridículo. Me sentí como cuando me pusieron un disfraz de pollo hecho de cartón para bailar en un acto de kinder. Pero los otros estudiantes de intercambio se lo tomaron bastante en serio. El día de la presentación los escuché de lejos y llámenme cruel, pero me alegré de no estar ahí.

Los jóvenes que bailaban con los abanicos se quedaron después de que yo terminara de quemar cuatrocientas calorías y se deslizaban por el suelo con el rostro solemne. Daban la impresión de ser autodidactas, aunque no me producía mucha admiración el hecho. No dudo que les gustase lo que estaban haciendo. Cuando tenía quince años a mí también me gustaba y le pedí a mi mamá que me fabricara un hakama y bailé también con un abanico, frente a todo el colegio. En ese tiempo me creía una persona versada en budismo Zen, pero creo que es el hikikomori de ahora que vive con su gata quien es más capaz de entender las cuatro verdades nobles porque lo único certero en estos años ha sido de hecho, el sufrimiento. Pero tampoco pretendo dejar de desear y ponerme bajo una cascada de agua helada para que me den el certificado que acredite mi iluminación.

Tsukuba Monogatari-prólogo

Muchas personas asumen que mi color favorito es el negro.  Desde hace algunos años comencé la práctica de agregar prendas de este tono en mi clóset. Lo primero que adquirí fue una chaqueta Adidas en los primeros meses de mi estadía en Tokyo. Me había llamado la atención el diseño y me armé de valor para tomarla y comprarla. Nunca antes había tenido ropa negra y no es una forma de decir; realmente ésa era la primera vez en mi vida que me atrevía a usar ese color. Las razones dan para una larga historia que dudo que valga la pena contar, pero en palabras simples podría decir que aquella tonalidad me estaba vedada desde mis primeros años. Pero ahí estaba yo en aquel momento, libre, en Tokyo y mirando de frente en el silencio a esa cosa que dice ser mi ser. De pronto se me encarga la tarea de repintar esa silueta grisácea con forma humana, esta vez de la forma que yo quisiera. Y los caminos del Señor son misteriosos.

Así llegamos hasta el día de hoy en el que, guardando la ropa recién lavada me doy cuenta de que tengo una docena de camisas negras, sin contar las camisetas del mismo color. Desperté y tomé conciencia de que me vestía la noche, a pesar de saberlo a medias por mucho tiempo.

Tengo entendido que si uno se refiere a los colores en la luz, el negro es la ausencia del color. En materia de pigmentos esto puede ser más discutible. Cuando el consejero de estudiantes extranjeros me miró irrespetuosamente de la cabeza a los pies, tomó el significado más fácil de toda esa mezcla de códigos que es el vestir y me dijo “te ves triste“. Me hubiese encantado que esa ola de empatía le hubiese durado cuando intentaba inventar excusas para echarme de la universidad. Otro día, había decidido usar un abrigo rojo. Al entrar a mi facultad un profesor me vio y expresó con sorpresa y algo de alegría de que no estaba vistiendo de negro. No volví a usar ese abrigo.

Pero a pesar de todo lo anterior, que quede claro una cosa: mi color favorito no es el negro. No sólo porque desde algunas perspectivas no es considerado un color como dije antes, si no porque no se trata de gustos. Para mí su uso es un deber. Al principio creí que era por la depresión y todo ese cliché. Pero después me di cuenta que no era porque quería decirle al mundo que mi vida era un carro de lágrimas. Me gusta su connotación funeraria, pero es porque es un color de aceptación de los cambios de la vida, de las depresiones incurables, de las fobias, de la lógica propia que sólo se choca una y otra vez con miradas peyorativas.

Ahora que empieza este año me percato de que aquellas garras que me quitan los deseos de vivir, que aquel suspiro que me envenena para que me entregue al sueño por horas infinitas, siempre estarán presentes y serán siempre más definidos que mi sombra. Pero no es porque me haya rendido. Es porque comencé a aprender a bailar en aquellos tonos menores. Y para ello hay que mancharse de negro, encontrarse en la oscuridad.

Butterfly! Butterfly! Butterfly!

El timbre sonó a las diez de la noche, cuando extrañamente para esa hora yo me encontraba debajo de la gruesa colcha de mi futón. Me paré lentamente, mis ojos pobremente enfocando porque mis lentes se habían perdido bajo la almohada y me dirigí a la puerta. Divisé la cara de un conocido que una vez había sido compañero mío en mis estudios de japonés y el cual también había terminado en esta universidad campestre. Lo saludé y él estaba pálido. Le pregunté qué sucedía y una sonrisa nerviosa fue la primera respuesta. No sé quién era el que estaba más incómodo.

“Necesito pedirte un favor…” balbuceó al fin y yo en mi somnolienta descortesía no terminaba por abrir la puerta completamente. Le pregunté de qué se trataba esperando que no fuese algo de naturaleza monetaria. Pero el favor en cuestión estaba lejos de cualquier cosa que me imaginara.

“¿Se puede quedar una niña en tu habitación por esta noche? ”

“¿Ah?”

Silencio incómodo. Ahora yo sintiéndome impertinente, a pesar de que había sido mi interlocutor el de la interrupción, le pregunté qué diantres sucedía. Es complicado, me contestó. Pero su estatus de conocido no era suficiente como para poder aceptar un favor sin más explicaciones.

Su piel oscilando entre tonos verdosos y azules, murmuró: “Es que acabamos de romper….”

Ahhh.

¿Ah?

No sé cómo mi cara se contrajo en aquel momento, pero sin duda no esbozó una expresión de placer. Pero el chico no mostraba señales de rendirse y yo ahora no podía cerrar la puerta de la pura estupefacción.

“¿Donde está ella?”

“Me está esperando afuera.”

“Mmm…está bien. Pero mañana me tengo que levantar temprano.” afirmé cuidadosamente.

“Gracias. No tenía a quien acudir.

Y al siguiente instante ya se había marchado. Sin saber muy bien en qué pensar, corrí a poner todo más o menos en orden en el pequeño espacio de tiempo de la espera. El timbre volvió a sonar unos minutos después.

Abrí la puerta y junto al chico anterior, se encontraba la llorosa y pálida figura de una joven china. La dejé pasar sin mucha ceremonia y después de darme un parco y nervioso gracias, el muchacho se fue.

Siéntate, ¿quieres algo para tomar?, decía yo tratando de encajar las piezas de este casi onírico momento. ¿Pero por qué estaba yo ofreciendo cosas a este huésped inesperado? Ah, lo que sea. Sin poder ya languidecer en mi futón mientras escuchaba el lejano sonido de la televisión, intentando hilar sueños, me senté con algo de resignación cerca de ella. ¿Estás bien?

Y es ahí cuando la overtura de un gran drama personal comienza a sonar de fondo. Una historia tan triste como común. Acordémonos de Madama Butterfly.

La devota y amable joven china había sido novia de este rubio muchacho por varios años. Ella, enamorada hasta el alma de toda aquella occidentalidad que no podía tener, lo siguió a todas partes y aguantó cualquier capricho. Mi conocimiento de él, que antes de que ella me dijera ya sabía yo que era poseedor de un carácter complicado, fue coloreado con más detalles escabrosos.  Ella le cocinaba y le daba hasta el tiempo que no tenía. Al principio, como en todo, fue idílico. Hasta que ella creyó que el único destino de ese amor era el altar. Allí, el pálido ángel de cabellos dorados se convirtió en un ogro casi de un día para otro. Él dejó de llamarla y de querer que lo llamaran. La abandonó con una fría indiferencia.

Un período de tortuosos meses comenzó para ambos, hasta que en la cúspide de estas tribulaciones, él pareció desaparecer del planeta. Ella supo poco después que había enfermado y, como justo es época de un gran contagio de gripe humana, pensó lo peor. Desde un lejano punto de Tokyo ella tomó el tren, le compró comida y viajó hasta esta comuna en medio de arrozales y telas de araña. Habiendo llegado ya de noche, ella tocó su puerta y él no la dejó entrar en su casa. La lanzó afuera y después de unos momentos de drama, él estaba parado en frente de mi puerta para que yo me hiciese cargo.

Ella no podía entender el repentino cambio de personalidad de su Pinkerton, yo no podía decirle que no podía ser más obvio. No dormí en toda la noche escuchando sus lamentos; ella temblaba ante la idea de verse sin su rubio acompañante. En una ocasión hasta se había puesto a leer libros sobre las famosas diferencias entre hombres y mujeres para poder entender la repentina bipolaridad de su amado.

Él le dijo: “Si te gusta tanto ese libro, ¿porqué no sales con él?”

Ya de día, la fui a dejar a la parada de buses para que tomara el primer tren a Tokyo. Me dejó en agradecimiento el bento que le había comprado a su supuestamente enfermo amado. Después de mirar las cajas de comida por unos segundos, las usé para el desayuno, sin saber bien en qué pensar. No tenían mal sabor.


Sea of Blue

¿De qué te quieres graduar?” me preguntó el decano al observar mi nuevo horario de clase con huecos vacíos, mirando con desdén mis uñas negras, como si éstas fuesen otra incongruencia más que mi ser extranjero estaba produciendo. No contesté para evitar cometer una rudeza. El profesor asistente le explicó, con voz servil, que no había registrado las clases de la carrera por que tenía otras prioridades con las materias perdidas. El decano lanzó un gruñido y sus ojos eran apenas visibles, por su raza y por su vejez. ¿No era más fácil, pensaba yo, decirme lo que tenía que rellenar en los formularios para poder continuar en la universidad, en vez de producir esa cantidad obscena de silencios incómodos? Todos los que nos hallábamos en aquella habitación sentíamos que estábamos perdiendo el tiempo.

De todas formas, ha pasado todas las materias de los años anteriores.”agregó el profesor asistente.”Ya que le hicimos el servicio de que así fuera”. Y luego soltó una risa que nadie acompañó. Yo estreché mis párpados para mostrar disgusto de la forma más solemne posible. Mis manos estaban unidas rígidamente bajo mi abdomen, como si estuviese vistiendo un kimono. Luego el decano empezó una vez más el lento monólogo acerca de mi peligrosa situación, de qué iba a pasar cuando perdiese la beca, si he pensado en una forma de continuar mis estudios, opinando que mi decisión de vivir en Japón desde el comienzo “es algo que nadie hace, pues uno va a estudiar al extranjero para aportar algo a su país”. Sus palabras eran como la pintura sobre el papel de arroz cuando no se lo prepara con la pasta blanca, tratando de aferrarse en vano a aquella superficie vegetal. “Porque, ¿todas las personas tienen su país, no?”

Yo respiré hondo. Contestar todo aquello sería desperdiciar la enorme cantidad de energía que me significaba en traducir todo lo que pensaba al japonés en mi cabeza. De todas formas mi boca se abrió involuntariamente, respondiendo a mi indignación, pronta para contar la historia ya tan trillada de que yo, por criarme en otro país y ser tener padre extranjero, tenía muy vagos aquellos conceptos de pertenencia de los cuales la gente normal suele ser tan familiar. Disimulé mi respuesta fallida en un intento de atrapar una bocanada de aire, que de por cierto necesitaba. Contestando a mi silencio, el decano siguió hablando acerca de cosas que ya no recuerdo. Repentinamente se tocó el tema del documento que tenía que entregar al rector de la facultad en el que, explicando las razones de mi pobre rendimiento, rogaba por su misericordia para poder continuar el tercer año. Saqué el papel de mi carpeta y se lo entregué. En el formulario había una sola línea escrita en mi peor caligrafía. Razones: Debido a mi inestabilidad sicológica, mi salud física se deterioró y aquello influyó en mi asistencia, rezaban los perezosos caracteres en mi pobre japonés formal. “¿Inestabilidad sicológica?” exclamó el decano ¿Qué significa esto?” y me miró contrariado, como si aquella palabra y el oscuro semblante de ese ser aparentemente joven, vestido totalmente de negro no tuviesen absolutamente nada que ver. “Se llama depresión.” murmuré y el profesor asistente lanzó un gemido de sorpresa, pues no esperaba que yo conociera una palabra tan complicada. Las dos líneas de los incrédulos ojos del decano miraron al vacío a través de mí.

Ya, y si esta es la supuesta razón a todo esto, es de esperar que hicieras algo al respecto, ¿no?.”

Fuí al médico.”

¿Al médico?¿Qué médico?”

Al siquiatra y al sicólogo.”

El viejo profesor me observaba como si yo estuviese hablando una lengua muerta. “¿AH?”

Fui al siquiatra y al sicólogo.” repetí.

¿Y entonces qué fue lo que sucedió?”

Dejé de ir después de seis meses.”

¿Porqué?” agradecí que no me gritara ¡irresponsable!, como ya lo había hecho antes el rector ante aquel relato.

¡Por que soy extranjera, y no me tomaron en serio!” dije con la ira contenida, aunque luego me di cuenta del exceso de honestidad y traté de suavizarlo. “Usted ve, los médicos de la universidad seguramente estarán muy preparados para tratar estudiantes japoneses, pero cuando se trata de un extranjero, no cuentan con las herramientas adecuadas.”

“¿Y entonces qué es lo que se supone que vas a hacer?”

Eh… bueno, estoy buscando otro lugar donde me puedan atender.” mentí.

¿Otro lugar? ¡Pero eso te va a costar dinero!”

Posiblemente.”

Esto quiere decir que no importa cuantos documentos escribas, o cuantas clases registres, tu problema se va seguir repitiendo.”

No tiene por qué, profesor.”

¡Se va a seguir repitiendo! Después de que te hicimos pasar el examen de ingreso a esta carrera, gracias a lo cual estás aquí parada…!”

No tengo intención de que se vuelva a repetir.”

¿Qué es lo que quieres hacer con tu vida? ¿Para qué viniste?”

Cerré mi boca nuevamente. Un profesor japonés raramente alza la voz para una reprimenda, pero hace notar que el asunto se puso serio cuando se vuelve honesto. Por mi cabeza sólo pasó la sombra de aquel objetivo que me moviese otrora para cruzar el Pacífico y que ahora, es la débil llama que sostiene mi vida. Pero yo no iba a hacer semejante confidencia ante alguien que no me tomaba para nada en serio. Ya había cometido ese error una vez y la risa que recibí por respuesta todavía era una herida sangrante en mi memoria.

Eso no se lo puedo decir, profesor.” En mi voz opaca por la calefacción del lugar, dejé escapar un pedazo de la remendada determinación que me quedaba.

Esta bien, si no lo quieres decir.” masculló el profesor con molestia. Traté de mostrar que no me importaba su incomodidad en lo absoluto, aunque en realidad por dentro me carcomía el deseo de gritarle a él y a su profesor ayudante toda la verdad.

La discusión flaqueó a partir de ese momento y después de vagas recomendaciones e insinceras afirmaciones que proclamaban que mi salud era más importante que los créditos que tenía que tomar-ocultando el verdadero mensaje de que lo mejor era que abandonase esta isla y los dejase en paz-, pude salir de esa decadente oficina, murmurando un muchas gracias que no tenía intención de ser oído.

Sobre Izumozaki (primera parte): la soledad

Los estudiantes de nihonga, desde segundo año, tienen que asistir a un campamento que cambia de lugar en cada ocasión, pero que normalmente se trata de un pueblo recóndito que nadie conoce y que ni siquiera aparece en la aplicación cities where you have been de Facebook. Como ahora estoy en segundo año, me tocó la primera ida en la prefectura de Niigata, en un pueblo costero llamado Izumozaki, en el que estuve la primera semana de este mes.

Izumozaki esta lleno de lugares que parecen postales y mira hacia un mar blanco e infinito que me dio cierta nostalgia, pues hace tiempo que no podía sentir esa infinitud y presenciar un mar virgen. Lo único parecido a mar que tengo cerca de donde vivo es el agua de Tokyo, atrapada entre varias islas artificiales y su modernidad. En sí puede ser muy romantico y animesco, pero no es lo que uno busca cuando quiere ver mar. Por esa razón, para recluirse a pintar, este pueblo es sin duda un lugar perfecto, aunque tiene ciertos detalles como que hay sólo una convenience store en todo el sector y se encuentra lejos. Aunque, por suerte también había un minimercado en la planta baja del hostal en el que me estaba alojando, lo cual salvó mi necesidad de alimentos poco saludables, alcohol y productos varios, en el que había un tío conversador que se reía cuando regresaba de la jornada con las manos llenas de tinta (pues estaba dibujando con plumilla en un intento de rebelación contra esa costumbre de hacer todo igual a los demás que hay en mi carrera). Por lo demás, el ryokan u hostal era bastante cómodo. Cuatro personas por habitación y bastante libertad de acción, entiéndase como volverse inmediatamente a dormir después del madrugador desayuno a las siete de la mañana , pues ¿quién rayos desayuna a esa hora? Claro que, por ser precisamente ryokan, también se contaba con la inconveniencia de tener que bañarse con la gente de la carrera de uno, cosa que obviamente daba cuenta de mi condición de gaijin. Lo soporté con bastante estoicismo, pero las últimas veces sólo me duchaba rápidamente y escapaba del lugar. Hay cosas del wafuu que no voy a transar con nada, aunque sí se debe reconocer que el ambiente de esas ocasiones es muy natural y no hay muchas razones para sentirse avergonzado.

No parecía haber muchos puntos en contra, pero la verdad es que al final del segundo día me comenzaron a dar ganas de volver a mi casa. Olvidando el hecho de que por ir a este campamento sacrifiqué el viajar a Sudamérica, e ignorando también que casi me quedo sin dinero para pagar la renta por los altos costos de esta travesía obligatoria, si me ponía en plan optimista, podría decir sí, tengo la oportunidad de visitar un lugar que no cualquier extranjero (y japonés tambien) visita, ser parte de la hermosa irrealidad de un Japón no tocado por los avances de este mundo, bajo un contexto tan ridículo como extraño, el ser estudiante de nihonga. Y de hecho soy optimista y estoy feliz de haber podido conocer Izumozaki. Lo que me produjo los deseos de querer volverme fue el aislamiento -no geográfico, si no social. El dormir en la misma habitación de mis compañeras fue una buena excusa para hablar con ellas la mayoría de las cosas que nunca se hablaron todo el año pasado -una de las causas de mi creciente depresión- es decir, conversaciones cotidianas. Por ese lugar estábamos ganando. Pero aparte de el par de ellas que me hablaba, mis conversaciones con mis otros compañeros y sempais eran siempre las mismas. ¿En tu país comen pescado crudo? /¿Cuánto tiempo llevas en Japón? / ¿Cuál es la bebida alcohólica de tu país? / ¿Tu país es mas cálido que Japón, no? (cualquier lugar de Sudamérica= exuberante selva tropical) a lo que respondía, tratando de parecer indulgente no, mi país es el que está más cerca de la Antártida, ejem. Y es verdad que si uno conoce a alguien de otras tierras hace esa clase de preguntas, pero si se considera a ese individuo como una persona igual a uno, la conversación avanza, no se detiene ahí. En mi caso la mayoría de las veces se terminaba ahí. Contestadas las preguntas acerca de mi exótico pais, terminado mi número del show, los demás japoneses se giran a hablar con otros japoneses sobre cosas en las que yo también podría participar normalmente, pero que se supone que como soy de afuera no debería conocer o saber. Con suerte pude hablar un poco sobre manga con un sempai, cosa que si ocurre es un afortunado pretexto para alargar un poco más la conversación. Pero la mayoría abren sus ojos y exclaman gran sorpresa ante el hecho de que lea manga y que en mi niñez me haya criado con la mayoría de los dibujos animados que ellos vieron. Para ellos es imposible, pareciera que escucharan una mentira cuando les digo que muchos de los animes que se pasaron y se pasan tienen su versión en español y que los niños están igual de locos por ellos que los niños de aquí. No entiendo por qué se sorprenden tanto. Ni que vivieran en una isla (mal chiste). Pero aun así, con las herramientas de información que hay hoy en día, nos es posible saber que ocurre en todos lados, sólo basta con poner el título de un manga en wikipedia para saber qué editoriales de qué paises lo han tomado, pero estos hechos no existen para los japoneses, los extranjeros son extraterrestres y nuestras vidas no tienen puntos que se crucen.

Y por eso quería volverme. En mi departamento lo más probable es que no hablase con personas cara a cara durante días y semanas, pero como esa soledad es más pura, más definida, es más fácil de soportar. Es horrible estar solo en medio de muchos. Pero la mayoría le echa la culpa al aislado, no a aquellos que aíslan.

Sin embargo, aunque me hubiese dejado llevar por la desesperación y tomado un tren hasta la prefectura en la que vivo, me hubiese costado otra pequeña fortuna y no podía costearme aquello. Así que me concentré en lo que habia ido a hacer, en dibujar, y me escondí en un pequeño templo Inari en el que pasaba todo el día, hasta que se oscurecía. Aquel templo era un lugar hermoso y abandonado. Cuando uno de mis profesores me encontró ahí por casualidad me dijo que estaba en un lugar tenebroso, que en la noche podían aparecer youkai, lo que me alegró- pues en el caso de manifestarse, se me hacían más amigables que la gente que me rodeaba. También, mientras estaba sentada en el punto más alto del lugar, podía ver pasar granjeros, muy viejitos algunos, que de vez en cuando se daban cuenta de mí y me saludaban. En uno de los últimos días un par de niñitas como de unos diez años, subieron hasta donde yo estaba y se sentaron a mi lado a verme dibujar. Me conversaron bastante, de si que conocía tal o cual juego y cuando les dije que era extranjera no me creyeron a pesar de mi obvio acento y apariencia, pero no dejaron de hablarme. Me contaron acerca del terremoto que hubo en la zona el año pasado, que el templo en el que estábamos se había derrumbado en parte (habían muchos faroles de piedra hechos pedazos en el piso) y qué estaban haciendo cuando sucedió.  Fue muy extraño. Recuerdo bien haber visto en las noticias acerca del terremoto, el cual hizo que explotase una planta eléctrica nuclear, pero los hechos se me hacían lejanos, casi ficticios. El que estas niñas me hayan contado esto sin razón alguna me hizo sentir que realmente estaba en aquel pueblo llamado Izumozaki, que no estaba presenciando un silencioso documental-y es que esto se llama compartir con los demás. No sé que sucederá cuando estas chicas crezcan, pero les agradezco por ese pequeño momento en el que traspasaron las barreras de mi soledad. Aunque ahora que lo vuelvo a recordar, me da una especie de melancolía.

Ibara no michi (茨の道)

Muchas personas se podrían preguntar qué puede motivar a una persona que no es japonesa, a estudiar nihonga. Aprender una técnica que pocos extranjeros se han animado a enfrentar, utilizar materiales caros que no se pueden conseguir fuera de Japón, soportar la estupefacción, indiferencia, y por qué no decirlo, desprecio de muchos, es una experiencia que podría ser perfectamente un Ibara no Michi (茨の道), es decir, un camino de espinas, como el nombre de este blog.

Cuando uno revela la materia de su estudio, siempre se cruza con la punzante pregunta del porqué. Sobretodo si uno esta estudiando en un país totalmente lejano al propio. Y uno, por supuesto, tiene un libreto de respuestas con el que deja contento al público, pero dentro del propio corazón siempre persiste una sensación vacía que corresponde a la impotencia de no poder transformar en palabras la verdad de lo que sucede. Y es que no es fácil.

Por eso, intentaré describir mis razones. Podría ser algo como: me gusta y admiro la cultura japonesa. Por esa razón quise experimentarla directamente y la única manera de hacerlo es ir al lugar en cuestión y estudiarlo a fondo (como dijo Basho, si quieres aprender sobre el pino ve al pino.) O tal vez: quise estudiar nihonga porque quería profundizar en el conocimiento de la naturaleza y mejorar mi estilo de dibujo. O lo más romántico: porque el arte japonés (desde el sumi-e hasta el manga) es el único que ha podido moverme de una forma tan profunda y poderosa. Etc.Etc.

Y así podria seguir. Todo es bastante cierto, sobre todo lo último, aunque sea lo que suene menos académico. He de suponer que varios comparten mi obsesión con la estética de los nipones. ¿Pero qué es lo que hace que sea tan especial? Pensando en esto recuerdo de pronto el Fuushikaden, un manual sobre teatro Noh escrito por el fundador de la disciplina, el cual estaba leyendo hace un tiempo. Lo primero que se me viene a la mente de aquel escrito era el concepto de monomane (物真似)en el que mono es cosa y mane, imitación. El Noh, según este libro, es principalmente monomane. Al principio es difícil de entender, teniendo en cuenta lo abstracto que es el Noh, pero la pregunta es, ¿qué es lo que se quiere imitar? Si se ve la palabra mane (真似), esta compuesta de los kanji verdad y parecerse. Es decir, acercarse a la verdad. Tanto en el sentido literal como en uno más espiritual, se puede ver luego que monomane es más que imitar lo que vemos a primera vista con nuestros ojos. Tal vez así, el Noh resulte un poco más fácil de entender, aunque solo fuese un atisbo. Pero no sólo el Noh, también nihonga. Esto es sólo una serie de relaciones que se me ocurrió hacer, no sé si realmente un pintor pensará en esto, pero al menos es como ponerle palabras a cosas que siento. Tomando de ejemplo a una representación tradicional cualquiera de la pintura estilo japonés, uno puede ver varias cosas.

Primero, comúnmente se tiende a una estilización-deformación- del objeto de la realidad. Se acentúan sus cualidades y por así decirlo, se aleja de cierta forma al objeto. No es una copia fotográfica e hiperrealista. No es necesario. Una rama de ciruelo en un fondo vacío da la suficiente idea del aire gélido en el que se halla inmersa, de la fuerza que posee para ser una de las primeras en anunciar la primavera. Tal vez en la realidad no sean tan blancas, pero en mi opinión, si uno traspasa esa imagen previa y comienza a ver con más sentidos que con los ojos, uno siente (ve) que realmente hay luz dentro de cada flor. Esto puede tener un significado incluso religioso, aunque yo creo que es mas simple; es sólo el poder que la naturaleza tuvo y siempre tendrá. Intentar acercarse a la verdad, lograr el monomane del frío del invierno, del canto del río y la luz de las flores, es nihonga. Supongo que es por eso que a veces, suele tocar de una forma más fuerte la sensibilidad humana. Incluso tanto para decidir caminar un Ibara no michi.