Koujou no tsuki (荒城の月)

Últimamente me da la impresión de que estoy más tiempo en el gimnasio general de la universidad que en mi facultad. Un día me bromearon preguntándome si es que me iba a graduar de Educación Física. La verdad es que el ejercicio siempre me ha gustado y creo que es en lo único que puedo perseverar sin sentir que me estoy torturando. Dibujar, lo cual se supone que es mi segunda naturaleza, me supone uno de los sufrimientos más perturbadores en este tiempo. Obviamente que para el deporte no tengo ningún talento y sólo lo hago por disfrute y vanidad.
En este decadente gimnasio (el cual me hace recordar siempre de que estoy en una institución pública, gracias a sus máquinas despintadas y viejas) no van muchos extranjeros, como es de esperarse, pero tampoco es que no aparezcan en lo absoluto. De cuando en cuando alguno va a aprovechar la gratuidad de aquellas máquinas desvencijadas, o hay otros que se someten a estoicas auto sesiones de yoga o algún arte marcial de dudosa definición. Dependiendo del día se llena de miembros del club de béisbol, los cuales tienen la cabeza rapada y parecen hechos todos con el mismo molde, o también puede aparecer la delegación del club de danza que se empeña en bailar los peores hits del j-pop actual que puede existir. A veces también hay corredores que con su esbelta figura hacen que me ponga azul de la envidia o pueden aparecer macizas mujeres judoka que sin hablar entre ellas, se concentran con semblante espartano en ayudarse a ejercitar. Todos ellos son un paisaje interesante de observar de reojo mientras subo escaleras ficticias en una máquina que se debió haber hecho poco antes de que yo naciera. Ninguno de ellos me presta mucha atención y por eso el gimnasio es uno de los pocos lugares en donde no siento tanta incomodidad. Creo que el color de mi pelo y mi expresión de pocos amigos ayuda mucho.

Cuando fui al gimnasio esta vez estaba más o menos vacío, pero noté una música que era bastante más agradable que las canciones de Hey Say Jump. Al parecer era una suerte de música tradicional japonesa. Luego veo que hay un par de personas bailando con abanicos. Al subirme a la bicicleta estática tengo una mejor vista y me doy cuenta de que eran un par de extranjeros, probablemente europeos o norteamericanos. Me llaman un poco la atención y los sigo con la mirada prudentemente. Estaban ensayando algún baile tradicional. Había otra figura que los supervisaba, una joven también extranjera. Poco tiempo después entró parte del grupo de danza ataviado con gorras y pantalones anchos y miraron a los extranjeros con un poco de resguardo. Me pareció gracioso. Los chicos japoneses empeñados en bailar rap y los extranjeros con sus abanicos. Ninguno de los dos grupos lo hacía bien, la verdad.

En ese momento me acordé que cuando estaba estudiando japonés hace cuatro años, en Tokyo, me uní a un grupo de shakuhachi por un tiempo. No era un club propiamente tal si no una agrupación destinada a que los extranjeros se relacionaran con la cultura japonesa. No era tan aburrido como las clases de caligrafía también para extranjeros-que estaban llenas de chicos que seguramente iban a estar tres meses en el país pero que me miraban en menos por hacer el kanji de uno más grácil que yo (mi caligrafía es horrenda en japonés o español, qué puedo hacer). En shakuhachi la mayoría eran también estudiantes de intercambio. Lo que más me gustaba de aquel lugar era el instructor, un anciano que tocaba aquel instrumento con una dulzura sorprendente y nunca nos miró de soslayo. A pesar de sus esfuerzos, eso sí, la mayoría aprendía bastante lento. Él sabía que en mi país habían quenas y esperaba que soplase sin mayores dificultades (porque todos los sudamericanos tocamos quena, claro), pero me demoré un par de clases en dejar de soplar al vacío. Pasé varias tardes en más o menos buena compañía, hasta que nos avisaron que en cierto evento de la universidad iba a haber una presentación del grupo. Yo al instante me negué, pues tocaba bastante mal, al igual que la mayoría. Pero nos insistieron. Tocaríamos Koujou no Tsuki, una canción tradicional que hablaba de un castillo en ruinas. Muy romántico todo, pero después de ir de mala gana a varios ensayos, desaparecí misteriosamente. No quería hacer el ridículo. Me sentí como cuando me pusieron un disfraz de pollo hecho de cartón para bailar en un acto de kinder. Pero los otros estudiantes de intercambio se lo tomaron bastante en serio. El día de la presentación los escuché de lejos y llámenme cruel, pero me alegré de no estar ahí.

Los jóvenes que bailaban con los abanicos se quedaron después de que yo terminara de quemar cuatrocientas calorías y se deslizaban por el suelo con el rostro solemne. Daban la impresión de ser autodidactas, aunque no me producía mucha admiración el hecho. No dudo que les gustase lo que estaban haciendo. Cuando tenía quince años a mí también me gustaba y le pedí a mi mamá que me fabricara un hakama y bailé también con un abanico, frente a todo el colegio. En ese tiempo me creía una persona versada en budismo Zen, pero creo que es el hikikomori de ahora que vive con su gata quien es más capaz de entender las cuatro verdades nobles porque lo único certero en estos años ha sido de hecho, el sufrimiento. Pero tampoco pretendo dejar de desear y ponerme bajo una cascada de agua helada para que me den el certificado que acredite mi iluminación.

Anuncios