Wannabeland, un largo ensayo sobre

Cuando estaba en la secundaria, gustar del manga y todo lo relacionado a ello, era visto como una afición más o menos peculiar y no muchas veces compartido por la mayoría.  Por suerte, yo si gocé de la oportunidad de tener amigos que estaban en el mismo barco, pero no eran numerosos.  La animación japonesa en sí, por otra parte, era algo cotidiano,  un detalle más de la niñez de uno. Todos crecimos viendo los Caballeros del ZodiacoDragon Ball o Sailor Moon,  de la misma forma que veíamos Nickelodeon, Cartoon Network y las telenovelas de la tarde.  Quien decidía ahondar más en el tema y quería empezar a conocer de donde venía todo esto, quien quería tener la oportunidad de leer aquellas historietas en blanco y negro que a veces se leían al revés de los cristianos, se las tenía que ver bastante negras, pues el material era caro y difícil de conseguir, sobretodo en mi caso, considerando la pequeña y remota ciudad de provincia en la que yo viví en mi adolescencia.

Los pocos tomos de manga que tenía en mi poder,  eran un tesoro preciado que uno ostentaba y el merchandising relacionado normalmente componía en su mayoria de cosas bastante piratas, como figuras mal pintadas y posters patéticamente vectorizados y arreglados con photoshop, que decian cosas como The prince of temmos en vez de The prince of tennis. Aún asi uno disfrutaba su afición. Era de cierta forma emocionante, por que había que salir a la caza de objetos raros y cuando uno se encontraba con otro aficionado uno se volvía eufórico. Donde normalmente se intercambiaba con gente parecida era en foros o chats,  en aquellos tiempos cuando messenger era un gran invento y uno podía encontrar gente de todo el globo que vivía en lugares más agraciados en cuanto a este hobbie se refiere. Al principio, los eventos eran escasos pero ya hacia el final de la secundaria, se comenzaron a hacer más frecuentes los encuentros en donde uno podía hacer cosplay y karaokear (de una forma bastante casera, de por cierto). En mi primer año de universidad este mundillo había crecido bastante y, aunque de repente se encontraban personas poseras que realmente no tenían idea de lo que estaban hablando, todavía el ambiente no estaba tan pesado. Cuando vine a Japón me desconecté completamente de todo esto. Aquí el ser otaku se vive de una forma completamente distinta y a pesar de lo que muchos creen, no es algo digno de envidiar.  Claro que se puede sacar pica y decir que voy a Akihabara y esto y lo otro, pero muchos no toman en cuenta (a veces producto de la ignorancia, y a veces por que la gente ve de Japón solo lo que le conviene) del precio que se paga todos los días por haber decidido poner el pie en este exótico archipiélago. En primer lugar porque, aunque hay lugares donde uno puede encontrar el merchandising de sus sueños, hay que llevar esta afición de la forma mas encubierta posible. El ser otaku en el país de los otakus significa vivir avergonzado de uno mismo. No es un motivo de orgullo ni algo que se debe gritar a los cuatro vientos. Siempre recuerdo la cara que puso una de mis primeras profesoras de japonés cuando supo que conocía la palabra cosplay. Se puso tan incómoda que me hizo pensar que había dicho una indecencia. Esa es la realidad. Acéptenlo de una buena vez.

Es probable que por la blogósfera pululen muchos seres que tengan opiniones distintas, personas en su  mayoría que sí tuvieron la oportunidad de aterrizar en el aeropuerto de Narita, pero con una visa de turista, lo cual supone una diferencia crucial en muchos puntos. Yo diría que el tiempo perfecto para experimentar Japón sería el de un año (con el detalle de tener una cantidad razonable de dinero en el bolsillo).

Así, uno podría hacer uso del pulcro sistema de ferrocarril, pasar por las ciudades más importantes, caminar por Gion, si uno tiene suerte ver geishas  (aunque la mayoría de las veces serán falsas) y entrar a diversos templos famosos para decir que uno tuvo la iluminación zen,  sacarle fotos a las lolitas de Harajuku, vestir como ellas y salir a la calle, impresionándose por la libertad que hay en Tokyo, visitar Odaiba, gastarse cantidades obscenas de dinero en Akihabara, comer pocky, sushi, beber té verde, pasar la tarde en un Maid Cafe,  admirarse de la amabilidad de la gente, dormir en futón un par de noches en un ryokan, disfrazarse de samurai, tomar fotos a los nativos y sus costumbres para llevarlas de souvenir, etc, entre un sin fin de actividades y demostraciones varias para luego gritarle al mundo que uno ha conocido este maravilloso país. No quiero que piensen que estoy en contra del turismo; a mí me gusta mucho viajar y de hecho, si se tiene la oportunidad, me parece una actividad muy saludable. Pero uno no puede declarar conocer un país en el que estuvo unos cuantos meses parranda tras parranda (y el caso de Japón es aún más especial, teniendo en cuenta esa -ignorante- idolatría sin medida que recibe de parte de mucha gente que se hace llamar otaku).

Yo nunca llevé mi bolso forrado en chapas, pero tenía algunos parches, los cuales me traje a Japón. No me he atrevido a usar ninguno. Hay veces que cuando he planeado invitar a amigos japoneses a casa, pienso en sacar algunos posters y/o esconder algunas figuras de acción antes de que lleguen. Una amiga japonesa, muy amante del manga, tiene su numerosa colección de tomos oculta en un armario para que pase desapercibida ante las visitas normales. Muchos de los y las cosplayers que podemos ver haciendo sus locuras en las calles de Tokyo, son salaryman u office ladies de día y cosplayers por los fines de semana, como superhéroes encubiertos.

Por eso me pone de mal humor, y más que eso, me shockea, cuando presencio esta proliferación de tribus urbanas en mi país. ¿Qué diablos pasó en estos dos años? La primera vez que tuve la oportunidad hace un tiempo de ver aquel programa que no voy a nombrar, en el que se les da espacio a los jóvenes para que pierdan su tiempo y neuronas en defender subculturas de las cuales no tienen ni idea, quedé inmóvil de la impresión. Niños de escuela secundaria que, sin distinguir cuál es la diferencia de la pronunciación de la sh y ch, proclaman ser versados en cultura popular japonesa. Niños, pobres niños, que copian modas y actitudes de una forma bastante penosa, alegando ser diferentes, evitando mirarse al espejo. No quiero sonar como una persona prejuiciosa, pero sólamente hay que escuchar cómo hablan. Y no lo digo para burlarme, si no por que en su léxico se nota una enorme falta de educación, la cual no tiene que ver con aspectos económicos o el rol de los colegios.  La mayoría seguramente cuenta con un computador y acceso a internet, justamente la vía por la cual empezaron a sacar las ideas de todas estas tribus pero, precisamente contando con tal infinita y conveniente fuente de información, pocos se dedican a aprovecharla. La mayoría imita lo que quiere ver y este archivo de conocimiento fallado se comienza a multiplicar tan rápido como un virus.

Ahora todos los jóvenes se identifican con una tribu (alegando una búsqueda de identidad que, se pierde precisamente en ese proceso de etiquetarse) e, incluso hay aquellos que se admiran de la nueva tendencia de los jóvenes de hoy, con sus innovadores gustos y preferencias que, compondrán una nueva generación. Yo no he visto que haya cambiado nada. Cuando yo tenía la edad de ellos era un ente extraño en un mar de gente que me criticaba lo que hacía por que yo no estaba a la moda. También habían personas que se definían como góticos, punks, y otras subculturas más old school, entre las cuales se hallaba gente inteligente que deben estar siguiendo sus propios y espinosos caminos, pero la mayoría sólo se ocupaban en delinearse los ojos, pararse los pelos, llevar chapas o carpetas con los cantantes de regla y creerse grandes personajes dentro de aquel austral país alejado de todo. Pues es muy fácil ser gótico, otaku o hardcore, desde las seguras inmediaciones de la propia casa, ciudad o cultura, viviendo un ensueño dibujado según nuestros pareceres y conveniencias.

Un buen profesor de fotografía, una vez relató en su clase:  “muchos han ido a la réplica de Venecia que está en Disneyworld y se maravillan por la atmósfera y belleza que posee. Pero luego esas mismas personas van de vacaciones a Italia, visitan la Venecia real y se ofuscan. La de Disneyworld les parecía más bonita. Estamos en una era donde las réplicas se vuelven más genuinas que los originales.”

Vuelvo a repetir, niños, pobres niños.  Si logran cumplir aquel sueño de venir a Japón que muchos dicen tener (si es que en primera instancia se atreven a subir al avión), van recibir la fría bienvenida de este pueblo que no se dedicaron a conocer y escucharán que se están riendo a carcajadas de ellos.