Gaijin Modelo

No hay estudiante extranjero de universidad en Japón que probablemente no haya visto el tentador aviso de la siguiente forma de ganarse unos mangos: se busca gente que tenga la disposición de dar una breve disertación sobre el país del que proviene, preferentemente a una clase de chicos de colegio.

Pan comido, uno dice. Aunque yo por varios años evité enrolarme en estas actividades. La razón principal es que no crecí en el lugar en el que nací y, si bien volví a éste por algunos años antes de venir a esta isla, hay muchas cosas de las cuales soy ignorante (todavía hay por ahí cierta persona que se ríe de mí al no entender la diferencia entre una jibia y una jaiba). Sumémosle a esto que mi padre viene a su vez de otro país diferente, convirtiéndome en una suerte de híbrido latinoamericano poseedor de múltiples costumbres y acentos. Me ha sucedido a menudo que en un grupo de latinos, soy la única persona a la que le hablan en inglés. Creo que para mí siempre ha sido más importante sentirme parte de este planeta y nada más.

Sin embargo, cuando la necesidad llama, no queda más que aperrar. Por lo que respondí al aviso publicado en el boletín de estudiantes extranjeros. Sonaba mejor que otros trabajos de gaijin que había hecho en el pasado, como enseñar español a personas de dudosas intenciones, o entretener amas de casa hablando en inglés para que ellas sintieran que algo en su vida valiese la pena; o ir a un complejo de investigación científica para participar en un experimento neurológico, o atender un combini transformándome en un robot que sólo sabe decir irasshaimase.

No podía ser tan malo, me dije. Me encontré con una de las encargadas que iba a llevarme al sitio de trabajo junto a otra estudiante de cierto país europeo y nos embarcamos a la derruida ciudad vecina, Tsuchiura. Al llegar a un recinto municipal, nos anuncian que nuestro público serán ancianos. Se apodera de mí la angustia. Horas antes, mientras me alistaba para esto me miré por cierto tiempo al espejo con indecisión. Tengo dos piercings en el labio. Me pregunté varias veces si debía cambiármelos por un tipo de joyería más sobria, de modo de dar una buena impresión. Después de pensarlo bastante, desistí en cambiar las púas que tenía puestas, puesto que en primer lugar, esto no se trataba de un trabajo de cajero en un banco y segundo, si iba a estar frente a gente más joven, procuraría en esforzarme en romper los estereotipos: tener un aspecto underground no significa falta de educación y cortesía. Me vestí con una camisa y un pantalón negros, de la manera más sobria y arreglada que pude. Decidí que no tenía nada de lo cual avergonzarme.

Cuando llegué al salón lleno de señoras mayores ya no tenía tal seguridad. La chica europea no había procurado en producirse tanto como yo-sólo un par de jeans y un saco deportivo- pero su cabello castaño claro producía un resplandor que hacía que el mío, negro azabache, se viera casi como un pecado. Aún así auné la fuerza que me quedaba, teniendo confianza en mis buenas maneras y comencé mi disertación. El tema que había escogido-pensando en una audiencia infantil-trataba de una breve introducción de la mitología mapuche y chilota. Al elegir tal tópico había pensado que los chicos se aburrirían al recitarles una entrada de wikipedia, relatándoles en cifras exactas el área y población de mi país. Había intentado unir mi propio interés en la mitología japonesa para poder llegarles de una forma más atractiva. Pero obviamente la mayoría de las señoras del público no estuvieron muy contentas con mi elección. De todas maneras, con mi mejor sonrisa, llevé a cabo mi presentación mientras les daba una muestra de música autóctona e imágenes relacionadas. Contesté las preguntas que me hicieron con la mejor disposición. Pero mientras hablaba, un par de señoras excesivamente arregladas que se sentaron en los pupitres del frente, comenzaron a hablar en un volumen no muy discreto acerca de mí: ¡Cómo traen a una persona así!, balbuceaban.¿Acaso no ven su atuendo? Este tipo de personas nunca debería estar en un lugar como éste. Tragándome mi estupefacción, seguí contestando diligentemente las preguntas como si no hubiera escuchado nada. Una señora mayor con aspecto granjero tenía mucha curiosidad por los mitos que le relataba y alegremente concluyó que Japón y aquella faja larga y angosta de tierra tenían, misteriosamente, varios puntos en común. Sólo por ella pensé que valió la pena pararme frente aquella pizarra.

Luego subió al podio una de las representantes de aquella casta de los gaijin modelo.

(Gaijin modelo: representante de aquel ser humano ideal construído por la mente japonesa que consiste en tres atributos principales: 1.Pertenencia a un país norteamericano o europeo. 2.Tez blanca, ojos claros y cabello claro. 3. Tener cierto interés superficial en Japón que se pueda enmascarar como académico. Nota: no malentender como prejucio de quien escribe este blog. No tengo nada en contra con la gente de tales facciones. Sólo me llama la atención la fijación que los habitantes de este archipiélago tienen por ellas.)

La chica provee información enciclopédica. Ésta es mi bandera, mi capital, mis platos típicos. Fin. Todo el público encantado. Embelesado cuando ella les muestra el traje típico campesino que seguramente nunca se usó. Les comenta que practica Judo hace algunos años, enamorando finalmente a sus interlocutores. Le aplauden. Le dan tarjetas con sus direcciones. Por favor practique Judo con nuestros hijos.

Yo hasta ese momento no había pensado en vanagloriarme de que también había practicado artes marciales por varios años. ¿Qué venía al caso?

Una de las organizadoras del evento me comenta con dudosa amabilidad que si tengo intención de venir una próxima vez que lleve conmigo un traje típico. Le contesto que nunca me traje tal cosa. La última vez que puse una chupalla en mi cabeza fue cuando tenía unos cinco años, en una fiesta de inmigrantes en cierto país extranjero, en donde mis padres me disfrazaron y los compatriotas se sintieron contentos y enternecidos conmigo. Pero las señoras del auditorio y la organizadora me miraban con decepción. Cómo se me ocurría vestir tan 2011, cuando se suponía que debía andar con la mitad de mi cuerpo desnudo cazando con un arco o cerbatana, viviendo encima de los árboles. No importaba el que quisiera contarles sobre ciertos aspectos culturales que yo encontraba valiosos. El que no me viese como la imagen de sudamericano que se esperaba hacía que todo lo que dijera fuese inválido.

Al final del evento, ocurre una conversación entre la chica europea, la organizadora y yo.

“¿Hay mucha gente que quiere venir a Japón de tú país?” me pregunta la organizadora.

“Mmm bueno, supongo que ahora hay más gente, porque últimamente Japón está en boga, usted sabe…” respondo.

“Es verdad.” se une la europea. “Con eso de las subculturas…” murmura mirándome de soslayo. Luego prosigue, burlónamente. “Ahh, ¡Yo nunca he tomado un tomo de manga entre mis manos!”

Allí aproveché para darle mi mejor sonrisa. “Ya veo. Fíjate que yo tengo una colección de más de cien tomos y me los pienso llevar conmigo. ¡No sé que hacer! Jajaja…”

Nadie sabe qué responderme. He cometido el crimen de romper el tabú número uno del japonófilo oficial: nunca te mezcles con la cultura pop, pues así nunca tu interés por esta isla será genuino.

I have been there too.

La chica europea apenas se despide de mí cuando nos dejan en la universidad. Yo le respondo con infinita amabilidad.

 

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Sea of Blue

¿De qué te quieres graduar?” me preguntó el decano al observar mi nuevo horario de clase con huecos vacíos, mirando con desdén mis uñas negras, como si éstas fuesen otra incongruencia más que mi ser extranjero estaba produciendo. No contesté para evitar cometer una rudeza. El profesor asistente le explicó, con voz servil, que no había registrado las clases de la carrera por que tenía otras prioridades con las materias perdidas. El decano lanzó un gruñido y sus ojos eran apenas visibles, por su raza y por su vejez. ¿No era más fácil, pensaba yo, decirme lo que tenía que rellenar en los formularios para poder continuar en la universidad, en vez de producir esa cantidad obscena de silencios incómodos? Todos los que nos hallábamos en aquella habitación sentíamos que estábamos perdiendo el tiempo.

De todas formas, ha pasado todas las materias de los años anteriores.”agregó el profesor asistente.”Ya que le hicimos el servicio de que así fuera”. Y luego soltó una risa que nadie acompañó. Yo estreché mis párpados para mostrar disgusto de la forma más solemne posible. Mis manos estaban unidas rígidamente bajo mi abdomen, como si estuviese vistiendo un kimono. Luego el decano empezó una vez más el lento monólogo acerca de mi peligrosa situación, de qué iba a pasar cuando perdiese la beca, si he pensado en una forma de continuar mis estudios, opinando que mi decisión de vivir en Japón desde el comienzo “es algo que nadie hace, pues uno va a estudiar al extranjero para aportar algo a su país”. Sus palabras eran como la pintura sobre el papel de arroz cuando no se lo prepara con la pasta blanca, tratando de aferrarse en vano a aquella superficie vegetal. “Porque, ¿todas las personas tienen su país, no?”

Yo respiré hondo. Contestar todo aquello sería desperdiciar la enorme cantidad de energía que me significaba en traducir todo lo que pensaba al japonés en mi cabeza. De todas formas mi boca se abrió involuntariamente, respondiendo a mi indignación, pronta para contar la historia ya tan trillada de que yo, por criarme en otro país y ser tener padre extranjero, tenía muy vagos aquellos conceptos de pertenencia de los cuales la gente normal suele ser tan familiar. Disimulé mi respuesta fallida en un intento de atrapar una bocanada de aire, que de por cierto necesitaba. Contestando a mi silencio, el decano siguió hablando acerca de cosas que ya no recuerdo. Repentinamente se tocó el tema del documento que tenía que entregar al rector de la facultad en el que, explicando las razones de mi pobre rendimiento, rogaba por su misericordia para poder continuar el tercer año. Saqué el papel de mi carpeta y se lo entregué. En el formulario había una sola línea escrita en mi peor caligrafía. Razones: Debido a mi inestabilidad sicológica, mi salud física se deterioró y aquello influyó en mi asistencia, rezaban los perezosos caracteres en mi pobre japonés formal. “¿Inestabilidad sicológica?” exclamó el decano ¿Qué significa esto?” y me miró contrariado, como si aquella palabra y el oscuro semblante de ese ser aparentemente joven, vestido totalmente de negro no tuviesen absolutamente nada que ver. “Se llama depresión.” murmuré y el profesor asistente lanzó un gemido de sorpresa, pues no esperaba que yo conociera una palabra tan complicada. Las dos líneas de los incrédulos ojos del decano miraron al vacío a través de mí.

Ya, y si esta es la supuesta razón a todo esto, es de esperar que hicieras algo al respecto, ¿no?.”

Fuí al médico.”

¿Al médico?¿Qué médico?”

Al siquiatra y al sicólogo.”

El viejo profesor me observaba como si yo estuviese hablando una lengua muerta. “¿AH?”

Fui al siquiatra y al sicólogo.” repetí.

¿Y entonces qué fue lo que sucedió?”

Dejé de ir después de seis meses.”

¿Porqué?” agradecí que no me gritara ¡irresponsable!, como ya lo había hecho antes el rector ante aquel relato.

¡Por que soy extranjera, y no me tomaron en serio!” dije con la ira contenida, aunque luego me di cuenta del exceso de honestidad y traté de suavizarlo. “Usted ve, los médicos de la universidad seguramente estarán muy preparados para tratar estudiantes japoneses, pero cuando se trata de un extranjero, no cuentan con las herramientas adecuadas.”

“¿Y entonces qué es lo que se supone que vas a hacer?”

Eh… bueno, estoy buscando otro lugar donde me puedan atender.” mentí.

¿Otro lugar? ¡Pero eso te va a costar dinero!”

Posiblemente.”

Esto quiere decir que no importa cuantos documentos escribas, o cuantas clases registres, tu problema se va seguir repitiendo.”

No tiene por qué, profesor.”

¡Se va a seguir repitiendo! Después de que te hicimos pasar el examen de ingreso a esta carrera, gracias a lo cual estás aquí parada…!”

No tengo intención de que se vuelva a repetir.”

¿Qué es lo que quieres hacer con tu vida? ¿Para qué viniste?”

Cerré mi boca nuevamente. Un profesor japonés raramente alza la voz para una reprimenda, pero hace notar que el asunto se puso serio cuando se vuelve honesto. Por mi cabeza sólo pasó la sombra de aquel objetivo que me moviese otrora para cruzar el Pacífico y que ahora, es la débil llama que sostiene mi vida. Pero yo no iba a hacer semejante confidencia ante alguien que no me tomaba para nada en serio. Ya había cometido ese error una vez y la risa que recibí por respuesta todavía era una herida sangrante en mi memoria.

Eso no se lo puedo decir, profesor.” En mi voz opaca por la calefacción del lugar, dejé escapar un pedazo de la remendada determinación que me quedaba.

Esta bien, si no lo quieres decir.” masculló el profesor con molestia. Traté de mostrar que no me importaba su incomodidad en lo absoluto, aunque en realidad por dentro me carcomía el deseo de gritarle a él y a su profesor ayudante toda la verdad.

La discusión flaqueó a partir de ese momento y después de vagas recomendaciones e insinceras afirmaciones que proclamaban que mi salud era más importante que los créditos que tenía que tomar-ocultando el verdadero mensaje de que lo mejor era que abandonase esta isla y los dejase en paz-, pude salir de esa decadente oficina, murmurando un muchas gracias que no tenía intención de ser oído.

Sobre Izumozaki (segunda parte): los que están encima de nuestros ojos

Alojarse en un ryokan normalmente significa comer comida tradicional japonesa, y estando en un lugar como Izumozaki, que encara al silencioso Mar de Japón, obviamente es posible disfrutar de buena comida marina. Esa fue una de las mejores partes de este viaje. Tres comidas al día bendecidas con lo mas nutritivo y saludable de la cocina japonesa. Hace tiempo que no me sentía con tanta energía, pues hay que mencionar que la vida del universitario aquí, como en cualquier parte del mundo, suele ser miserable. En Japón significa comer arroz todos los días, arroz con atún de lata, arroz con curry instantáneo, arroz con salchichas hechas tal vez de botellas pet recicladas, arroz con arroz–siendo esta última opción la mas común. Qué vegetales y frutas ni que ocho cuartos, uno no puede darse esos lujos.

Los dos primeros días fueron perfectos a ese respecto. Sin embargo, a la tarde del segundo día se fue uno de los cuatro profesores de nuestra carrera, quien se encontraba, por así decirlo, segundo al mando en la jerarquía de profesores. Quedándose con nosotros los maestros más jóvenes-los cuales reciben menos paga y dan más clases-, el menú comenzó a cambiar. Los desayunos estuvieron decentes, pero los almuerzos cambiaron de las maravillas marinas a un bento de segunda clase. La cenas variaban, pero en una ocasión nos dieron arroz con curry (lo que se sirve en cualquier cafetería de universidad japonesa y una de las menús más baratos que uno puede comprar), el cual tuvimos que servirnos nosotros mismos de una arrocera comunal, en platos de telgopor. Pero a pesar de eso no había muchas quejas de parte de mis compañeros. Yo era la única persona que rabiaba entre dientes por pensar en mis más de cuatrocientos dólares transformados en curry industrial. Luego, un par de días despues, se menciona que llegará el decano, el profesor de más edad, el venerable maestro. También escucho que en algunos días más será el cumpleaños de dicho profesor y muchos sempais murmuraban que toda esta costumbre de irse de viaje a pintar solamente era una forma encubierta de celebrar dicho evento.

Y así sucede que, el día en el que este profesor llega, el tema culinario cambia abruptamente y la comida servida era incluso mejor que cuando recién habíamos llegado. La cena fue un banquete excelente e incluso hubo bebidas alcohólicas. La noche de la fiesta hubo una reunión general en la que cada curso dio sus respectivos regalos (en el cual obviamente el mío también participó, pero yo no supe del asunto hasta ese mismo momento e incluso nunca me cobraron la cuota que me correspondía). Después de que el profesor recibiera su juego de té tradicional y otros objetos que no me podían hacer sentir más fuera de lugar, pude abandonar la fiesta y darme un baño (punto aparte, nunca supe bien qué fue lo que regaló mi curso). Estaba a punto de irme a recluir en mi habitación a leer un libro, cuando un estudiante de doctorado que siempre anda con los profesores me encuentra y me lleva a la habitación de éstos. Allí se encontraban los cuatro maestros, un estudiante de intercambio chino (el cual, dicho sea de paso, sufría una aislación el doble de peor que la mía) y un par de chicos de doctorado japoneses. Nos dividimos en equipos de dos, formando cuatro grupos y, nos pusimos a jugar nada más y nada menos que mahjong. A mí me tocó justamente con el viejo profesor y fue muy divertido. Pensé que sólo por eso había valido la pena el viaje. Nunca había visto a los profesores-sobretodo al decano-riendo y bromeando de tal forma. Fue una de las pocas veces en las que pude decir que no sentía incomodidad. Me puse a pensar que, aquellos que realmente están alto no están esperando reverencias, que aquellos que están por encima de nuestros ojos, como se suele decir aquí (目上の人, me-ue no hito), es más una invención de la frustración de los de abajo (y el producto de una cultura con una larga historia de represión). Así me acuerdo cuando una sempai se enojó mucho conmigo cuando le dije que no podía ir a determinada hora a un encuentro porque no tenía tiempo y me trató muy mal, dándome un sermón acerca de los deberes que uno debe acatar. La chica era uno o dos años menor que yo, pero me trató como si fuese totalmente superior. Yo no dije nadapara no pelear inútilmente. Sin embargo, el decano es capaz de sentarse conmigo a jugar mahjong. Lo triste es que este país está mas lleno de frustrados-que esperan con ansias su turno de pisotear a los de abajo- que de venerables maestros.

En el viaje de regreso, hicimos una parada en una villa de la prefectura de Nagano. Fuimos a un onsen famoso donde los profesores habían hecho una exposición y tuvieron que dar un discurso junto con otras autoridades en un momento muy serio e incómodo. El decano sólo dijo dos o tres palabras en contraposición a las elaboradas expresiones de agradecimiento de los otros profesores. Tenía cara de aburrido, y me reí para mis adentros.

Puntos inconvenientes

Hace un par de semanas un amigo me invitó al club de aikido. Hoy fui a la experimentación y con esto cuento mi intento número cuatro de entrar a un club de artes marciales en una universidad de Japón (deberían darme un premio por número de intentos). El primero fue kendo, en el período que estudiaba en la Universidad de Lenguas Extranjeras de Tokyo, con las ganas de hacer ahora sí el arte marcial que más admiraba. Fui a ver los entrenamientos del club y participé de algunos, pero el club de karate, que entrenaba en el horario anterior en el mismo dojo, me llamó. Y ese fue mi segundo intento (porque antes de venir a Japón había hecho karate por tres años), para continuar ahora sí, japonesamente, lo que había venido haciendo. Duré varios meses, aunque el cambio de estilo de karate (el que había aprendido era Goju, y ese club era Wado) me cruzaba los cables de manera terrible. Después de haber sido más o menos fiel y despertarme a las seis de la mañana los fines de semana de vez en cuando para ir a torneos (experiencia de la que no me arrepiento, porque si bien no pude participar fue muy emocionante ver competencias de tal calidad), de salir a correr en vacaciones a dar la vuelta a la universidad y de parecer una persona estúpida por no aprenderme los katas rápido, lo dejé en pro del estudio del japonés, porque en esa época no hablaba muy bien que digamos y en las reuniones del club siempre terminaba en una esquina sin poder decir nada interesante y tampoco podía entender bien las explicaciones de las técnicas. Como buena cosa me quedó un amigo que me llama o me manda mensajes de vez en cuando, pero todo el karate que había aprendido en mi país se había desvanecido completamente y sentía que sabía menos que los que no sabían nada.

Mi tercer intento fue cuando entré a la Universidad de Tsukuba, ahora sí en serio a estudiar la carrera que había elegido. También elegí karate porque el ser keikensha (el que ha experimentado) me ahorraba un poco la verguenza y porque creí que si había empezado karate eso era lo que debía seguir y de una buena vez, despues de días y años de esfuerzo, conseguir el cinturón negro (empresa que había quedado truncada porque lo dejé todo al venir a Japón). Pero el destino obró en contra mío. Sucedió que en clase de Educación Física (sí, en esta universidad, estudie lo que se estudie todos debemos tomar Educación Física) por hacer el test de Cooper con zapatos no deportivos me hice una especie de desgarro en los nervios de un pie, cosa que me impidió caminar por una semana y me dejó un molesto dolor por dos. Por varias semanas quedé con una suerte de trauma en la que no podía apoyar los pies de cierta manera y con eso dejé de ir a los entrenamientos. Luego me curé completamente pero esta vida de mi facultad, en la que a veces uno se quedaba todos los días hasta la medianoche pintando cuadros para exponer, me alejó completamente de la idea clubes. Y asi desaparecí, sin decir adiós ni nada, pero con mucho arrepentimiento. Después de todo el haber hecho un arte marcial durante bastante tiempo me había dejado una especie de costumbre y sentía que algo me faltaba. Decidí que el próximo año, cuando todas las cosas se calmaran, podría hacerlo nuevamente. Y pues ahora es el próximo año.

Al principio tenía ganas de unirme al club de kyudo o de kendo. Fuí, de hecho, a visitar el club de kyudo pero, como practican hasta los días domingos, se me hizo imposible en vista de los cuadros que me mandan a hacer en mi facultad, cada vez de dimensiones más grandes. El club de kendo nunca lo fui a visitar por el desánimo (por algo cuando estábamos en primer año nuestros profesores nos dijeron que no podíamos entrar a ningún club, que no había tiempo para ello). Estudiar pintura no es algo que se pueda dividir en el margen de las horas académicas. Mi facultad en sí misma, ya es como un club, en el que también tenemos campamentos (con nota, dicho sea de paso). El dibujo es algo que mejora con la práctica y el que sólo nos pongan buena nota en un cuadro no significa que haremos algo mejor en el siguiente sin haber practicado horas y horas extra.

Pero aun así. Gracias a la invitación de un amigo que acababa de entrar al club de aikido, decidí probar. La verdad es que nunca se me hubiese ocurrido hacer aikido, era lo último que hubiese pensado en materia de artes marciales, pero la presencia de alguien conocido en un club me pareció un punto a favor, y pensé por qué no. Entonces hoy fui. Y vaya que fue divertido. Hace tanto tiempo que no me ponía mi dogi y me movía con él. Mientras me tiraban lejos o me doblaban el brazo de forma imposible (momento en el que pensé que, a pesar de que me habian dicho lo contrario, el karate duele menos que el aikido) me hice parte por un pequeño instante de esa gran cosa que es el budo, lo cual me dio un gran sentimiento de nostalgia. Sí, de hecho, creo que sin hacer artes marciales siento que me falta algo, que no estoy viviendo la vida completamente. Por qué será, me pregunto yo. Uno entra a un dojo en cualquier lugar y pareciera que es el mismo en todas partes.

Pero bueno, basta de poesía. Después del entrenamiento una sempai me preguntó que si iba a entrar al club y que si no sabía, debía decidir lo más rápido posible porque la temporada de entrar se estaba acabando. Me pilló con la guardia baja. Me había divertido y enfocado tanto en la práctica y en aprender algo nuevo que no había pensado en ese detalle. Entonces ahí viene toda esa lista de requerimientos de los clubes a la japonesa. Ir casi todos los días (bueno, eso no es tan descabellado, pues de hecho uno no se hace bueno si no practica), asistir a los eventos del club, que el faltar por que se tiene un trabajo a medio tiempo no está permitido (a pesar de que se tenga la necesidad) y que hay un campamento en el verano que es obligatorio. La chica me dijo que sí, que el estudio es lo primero, pero que luego sigue el aikido (aunque me dio la impresión de que el mensaje era al revés). Lo único que le pude decir es que si me dejaba pensarlo para la próxima semana. Luego, conversando con el amigo que me invitó, quien está en una carrera completamente diferente a la mía, le pregunté si no era medio difícil ser parte del club y él me dijo que no era tan terrible, pues el no tenía un pasatiempo determinado.

Entonces pensé, ahora qué hago. De hecho le comenté a la sempai que tenía un campamento de mi carrera justo cuando ellos tenían su campamento, pero ella no parecía ceder. No me dijo que no me preocupara, que si de verdad no podía ir no importaba, me dijo que podía ir al campamento mas tarde, pero tenía que ir (lo que significaba cruzar varias prefecturas solamente para atender un compromiso de dudosa importancia). Y yo, que tengo que pintar todo el verano al menos un cuadro casi del porte de mi estatura para exponer en el otoño (lo cual tambien tiene nota), ¿qué puedo hacer? Me da mucha tristeza. A las personas que nos gusta crear, lo que otras personas llaman pasatiempos o hobbies son al final nuestra vida, porque luego se convertirán en nuestros trabajos. Lo que se nos ocurre en una tarde despues de clases puede ser un cuadro o un libro, o no, pero aun así es importante para perfeccionar lo que uno quiere hacer. El arte–y en este caso el dibujo y la imaginación, no son estáticos. Si se dejan de hacer se pudren, o se mueren, como una planta que deja de ser regada. Me han puesto entre la espada y la pared. Ser una persona que le gusta crear tiene a veces tantos, tantos puntos inconvenientes.