Gaijin Modelo

No hay estudiante extranjero de universidad en Japón que probablemente no haya visto el tentador aviso de la siguiente forma de ganarse unos mangos: se busca gente que tenga la disposición de dar una breve disertación sobre el país del que proviene, preferentemente a una clase de chicos de colegio.

Pan comido, uno dice. Aunque yo por varios años evité enrolarme en estas actividades. La razón principal es que no crecí en el lugar en el que nací y, si bien volví a éste por algunos años antes de venir a esta isla, hay muchas cosas de las cuales soy ignorante (todavía hay por ahí cierta persona que se ríe de mí al no entender la diferencia entre una jibia y una jaiba). Sumémosle a esto que mi padre viene a su vez de otro país diferente, convirtiéndome en una suerte de híbrido latinoamericano poseedor de múltiples costumbres y acentos. Me ha sucedido a menudo que en un grupo de latinos, soy la única persona a la que le hablan en inglés. Creo que para mí siempre ha sido más importante sentirme parte de este planeta y nada más.

Sin embargo, cuando la necesidad llama, no queda más que aperrar. Por lo que respondí al aviso publicado en el boletín de estudiantes extranjeros. Sonaba mejor que otros trabajos de gaijin que había hecho en el pasado, como enseñar español a personas de dudosas intenciones, o entretener amas de casa hablando en inglés para que ellas sintieran que algo en su vida valiese la pena; o ir a un complejo de investigación científica para participar en un experimento neurológico, o atender un combini transformándome en un robot que sólo sabe decir irasshaimase.

No podía ser tan malo, me dije. Me encontré con una de las encargadas que iba a llevarme al sitio de trabajo junto a otra estudiante de cierto país europeo y nos embarcamos a la derruida ciudad vecina, Tsuchiura. Al llegar a un recinto municipal, nos anuncian que nuestro público serán ancianos. Se apodera de mí la angustia. Horas antes, mientras me alistaba para esto me miré por cierto tiempo al espejo con indecisión. Tengo dos piercings en el labio. Me pregunté varias veces si debía cambiármelos por un tipo de joyería más sobria, de modo de dar una buena impresión. Después de pensarlo bastante, desistí en cambiar las púas que tenía puestas, puesto que en primer lugar, esto no se trataba de un trabajo de cajero en un banco y segundo, si iba a estar frente a gente más joven, procuraría en esforzarme en romper los estereotipos: tener un aspecto underground no significa falta de educación y cortesía. Me vestí con una camisa y un pantalón negros, de la manera más sobria y arreglada que pude. Decidí que no tenía nada de lo cual avergonzarme.

Cuando llegué al salón lleno de señoras mayores ya no tenía tal seguridad. La chica europea no había procurado en producirse tanto como yo-sólo un par de jeans y un saco deportivo- pero su cabello castaño claro producía un resplandor que hacía que el mío, negro azabache, se viera casi como un pecado. Aún así auné la fuerza que me quedaba, teniendo confianza en mis buenas maneras y comencé mi disertación. El tema que había escogido-pensando en una audiencia infantil-trataba de una breve introducción de la mitología mapuche y chilota. Al elegir tal tópico había pensado que los chicos se aburrirían al recitarles una entrada de wikipedia, relatándoles en cifras exactas el área y población de mi país. Había intentado unir mi propio interés en la mitología japonesa para poder llegarles de una forma más atractiva. Pero obviamente la mayoría de las señoras del público no estuvieron muy contentas con mi elección. De todas maneras, con mi mejor sonrisa, llevé a cabo mi presentación mientras les daba una muestra de música autóctona e imágenes relacionadas. Contesté las preguntas que me hicieron con la mejor disposición. Pero mientras hablaba, un par de señoras excesivamente arregladas que se sentaron en los pupitres del frente, comenzaron a hablar en un volumen no muy discreto acerca de mí: ¡Cómo traen a una persona así!, balbuceaban.¿Acaso no ven su atuendo? Este tipo de personas nunca debería estar en un lugar como éste. Tragándome mi estupefacción, seguí contestando diligentemente las preguntas como si no hubiera escuchado nada. Una señora mayor con aspecto granjero tenía mucha curiosidad por los mitos que le relataba y alegremente concluyó que Japón y aquella faja larga y angosta de tierra tenían, misteriosamente, varios puntos en común. Sólo por ella pensé que valió la pena pararme frente aquella pizarra.

Luego subió al podio una de las representantes de aquella casta de los gaijin modelo.

(Gaijin modelo: representante de aquel ser humano ideal construído por la mente japonesa que consiste en tres atributos principales: 1.Pertenencia a un país norteamericano o europeo. 2.Tez blanca, ojos claros y cabello claro. 3. Tener cierto interés superficial en Japón que se pueda enmascarar como académico. Nota: no malentender como prejucio de quien escribe este blog. No tengo nada en contra con la gente de tales facciones. Sólo me llama la atención la fijación que los habitantes de este archipiélago tienen por ellas.)

La chica provee información enciclopédica. Ésta es mi bandera, mi capital, mis platos típicos. Fin. Todo el público encantado. Embelesado cuando ella les muestra el traje típico campesino que seguramente nunca se usó. Les comenta que practica Judo hace algunos años, enamorando finalmente a sus interlocutores. Le aplauden. Le dan tarjetas con sus direcciones. Por favor practique Judo con nuestros hijos.

Yo hasta ese momento no había pensado en vanagloriarme de que también había practicado artes marciales por varios años. ¿Qué venía al caso?

Una de las organizadoras del evento me comenta con dudosa amabilidad que si tengo intención de venir una próxima vez que lleve conmigo un traje típico. Le contesto que nunca me traje tal cosa. La última vez que puse una chupalla en mi cabeza fue cuando tenía unos cinco años, en una fiesta de inmigrantes en cierto país extranjero, en donde mis padres me disfrazaron y los compatriotas se sintieron contentos y enternecidos conmigo. Pero las señoras del auditorio y la organizadora me miraban con decepción. Cómo se me ocurría vestir tan 2011, cuando se suponía que debía andar con la mitad de mi cuerpo desnudo cazando con un arco o cerbatana, viviendo encima de los árboles. No importaba el que quisiera contarles sobre ciertos aspectos culturales que yo encontraba valiosos. El que no me viese como la imagen de sudamericano que se esperaba hacía que todo lo que dijera fuese inválido.

Al final del evento, ocurre una conversación entre la chica europea, la organizadora y yo.

“¿Hay mucha gente que quiere venir a Japón de tú país?” me pregunta la organizadora.

“Mmm bueno, supongo que ahora hay más gente, porque últimamente Japón está en boga, usted sabe…” respondo.

“Es verdad.” se une la europea. “Con eso de las subculturas…” murmura mirándome de soslayo. Luego prosigue, burlónamente. “Ahh, ¡Yo nunca he tomado un tomo de manga entre mis manos!”

Allí aproveché para darle mi mejor sonrisa. “Ya veo. Fíjate que yo tengo una colección de más de cien tomos y me los pienso llevar conmigo. ¡No sé que hacer! Jajaja…”

Nadie sabe qué responderme. He cometido el crimen de romper el tabú número uno del japonófilo oficial: nunca te mezcles con la cultura pop, pues así nunca tu interés por esta isla será genuino.

I have been there too.

La chica europea apenas se despide de mí cuando nos dejan en la universidad. Yo le respondo con infinita amabilidad.

 

Problemas maritales

(Una conversación más para esta colección de perlas envenenadas—-)

Caí en la oficina del consejero de estudiantes extranjeros otra vez. Era la tercera ocasión en la que me llevaban, porque me había dejado de dignar en contestar las llamadas de los profesores de mi carrera.  Queremos saber cómo estás, alegaban, pero en realidad lo único que querían deducir era si ya había sucumbido para tener una excusa para despedirme amablemente. Entonces me pusieron en frente a este pelagato que se ponía nervioso de sólo mirarme- porque el dichoso consejero no es ni sicólogo ni preparado en la materia, es un profesor elegido al azar de quién sabe dónde, para llenar un cargo que sirva de tapón de conciencia ante todas las tristezas que padecemos.

“¿Estás yendo a clases?”

“Eso intento.”

“Tú…¿qué era lo que estudiabas?”

“Arte.”

“Ah, entonces dibujas…”

“Antes lo hacía.”

“¿Y qué es lo que quieres para el futuro?”

“No lo sé con seguridad. Supongo que algo que tenga relación con lo que estudio.”

“¿Con quien vives?”

“Con nadie.”

“¿Qué haces en tu tiempo libre?”

“Quedarme en mi casa.”

“¿Pero eso no es muy solo?”

“¿Y qué más puedo hacer?”

La jornada había comenzado como un tedioso partido de tenis.

“Mire…” comencé, tratando de contener mi exasperación “…si usted es un consejero de estudiantes extranjeros, debe saberlo de sobra. La gente no se quiere relacionar con nosotros, si quiere ponga de excusa la cultura, las costumbres, etc, pero es un hecho. Usted debe saber que eso es un gran problema que enfrentamos, ¿o no?”

“Bueno….supongo que sí. Pero es que este país tiene cierta peculiaridad…”

“¿Qué quiere decir?”

“En este país los extranjeros que se vienen a vivir siempre se quejan, por una u otra cosa, pero nunca se van. Se pasan quejando pero no hacen nada al respecto.”

“¿Hacer algo al respecto?”

“Claro. Tú también deberías hacer algo al respecto.”

“¿Qué quiere decir? ¿Que me vaya?”

“Por ejemplo.”

“Entonces, según usted, sería mejor que no llegaran estudiantes extranjeros.”

“¿Y, sí no? De alguna forma eso sería mejor para ellos.”

“¿No se supone que usted es el consejero? ¿No debería darme usted ideas? Yo no sé si me vaya o no de aquí, no sé si me quiero quedar o no. Eso depende de varias cosas. Tal vez logre encontrar un trabajo y sea a largo plazo, tal vez sea la hora de ir a otros lados. Pero lo que sí sé, es que si me tengo que ir de este país, no me quiero ir en pelea con él. Yo todavía amo muchas cosas de este lugar. Todavía hay muchos aspectos que admiro y disfruto, y no tengo intención de recordarlos luego con amargura.” El consejero se rió.

“Esto es como los problemas maritales.” afirmó. Y ahora yo reí ante aquella disparatada frase. “Hay parejas que cuando se conocen, la pasan bien y se casan muy enamoradas, pero luego por circunstancias de la vida, a pesar de todo el amor que se tuvieron, terminan divorciándose. Es un final del cual ni la mejor pareja se salva.”

Yo callé y reí una vez más, esta vez para mis adentros. Luego la sesión terminó, agarré mi bicicleta y mientras escuchaba mi mp3 player, respiré la humedad del clima. Recordé que, a pesar del verano, los días nublados siempre me habían gustado, y aquella pureza traspasaba todo límite.

Wannabeland, un largo ensayo sobre

Cuando estaba en la secundaria, gustar del manga y todo lo relacionado a ello, era visto como una afición más o menos peculiar y no muchas veces compartido por la mayoría.  Por suerte, yo si gocé de la oportunidad de tener amigos que estaban en el mismo barco, pero no eran numerosos.  La animación japonesa en sí, por otra parte, era algo cotidiano,  un detalle más de la niñez de uno. Todos crecimos viendo los Caballeros del ZodiacoDragon Ball o Sailor Moon,  de la misma forma que veíamos Nickelodeon, Cartoon Network y las telenovelas de la tarde.  Quien decidía ahondar más en el tema y quería empezar a conocer de donde venía todo esto, quien quería tener la oportunidad de leer aquellas historietas en blanco y negro que a veces se leían al revés de los cristianos, se las tenía que ver bastante negras, pues el material era caro y difícil de conseguir, sobretodo en mi caso, considerando la pequeña y remota ciudad de provincia en la que yo viví en mi adolescencia.

Los pocos tomos de manga que tenía en mi poder,  eran un tesoro preciado que uno ostentaba y el merchandising relacionado normalmente componía en su mayoria de cosas bastante piratas, como figuras mal pintadas y posters patéticamente vectorizados y arreglados con photoshop, que decian cosas como The prince of temmos en vez de The prince of tennis. Aún asi uno disfrutaba su afición. Era de cierta forma emocionante, por que había que salir a la caza de objetos raros y cuando uno se encontraba con otro aficionado uno se volvía eufórico. Donde normalmente se intercambiaba con gente parecida era en foros o chats,  en aquellos tiempos cuando messenger era un gran invento y uno podía encontrar gente de todo el globo que vivía en lugares más agraciados en cuanto a este hobbie se refiere. Al principio, los eventos eran escasos pero ya hacia el final de la secundaria, se comenzaron a hacer más frecuentes los encuentros en donde uno podía hacer cosplay y karaokear (de una forma bastante casera, de por cierto). En mi primer año de universidad este mundillo había crecido bastante y, aunque de repente se encontraban personas poseras que realmente no tenían idea de lo que estaban hablando, todavía el ambiente no estaba tan pesado. Cuando vine a Japón me desconecté completamente de todo esto. Aquí el ser otaku se vive de una forma completamente distinta y a pesar de lo que muchos creen, no es algo digno de envidiar.  Claro que se puede sacar pica y decir que voy a Akihabara y esto y lo otro, pero muchos no toman en cuenta (a veces producto de la ignorancia, y a veces por que la gente ve de Japón solo lo que le conviene) del precio que se paga todos los días por haber decidido poner el pie en este exótico archipiélago. En primer lugar porque, aunque hay lugares donde uno puede encontrar el merchandising de sus sueños, hay que llevar esta afición de la forma mas encubierta posible. El ser otaku en el país de los otakus significa vivir avergonzado de uno mismo. No es un motivo de orgullo ni algo que se debe gritar a los cuatro vientos. Siempre recuerdo la cara que puso una de mis primeras profesoras de japonés cuando supo que conocía la palabra cosplay. Se puso tan incómoda que me hizo pensar que había dicho una indecencia. Esa es la realidad. Acéptenlo de una buena vez.

Es probable que por la blogósfera pululen muchos seres que tengan opiniones distintas, personas en su  mayoría que sí tuvieron la oportunidad de aterrizar en el aeropuerto de Narita, pero con una visa de turista, lo cual supone una diferencia crucial en muchos puntos. Yo diría que el tiempo perfecto para experimentar Japón sería el de un año (con el detalle de tener una cantidad razonable de dinero en el bolsillo).

Así, uno podría hacer uso del pulcro sistema de ferrocarril, pasar por las ciudades más importantes, caminar por Gion, si uno tiene suerte ver geishas  (aunque la mayoría de las veces serán falsas) y entrar a diversos templos famosos para decir que uno tuvo la iluminación zen,  sacarle fotos a las lolitas de Harajuku, vestir como ellas y salir a la calle, impresionándose por la libertad que hay en Tokyo, visitar Odaiba, gastarse cantidades obscenas de dinero en Akihabara, comer pocky, sushi, beber té verde, pasar la tarde en un Maid Cafe,  admirarse de la amabilidad de la gente, dormir en futón un par de noches en un ryokan, disfrazarse de samurai, tomar fotos a los nativos y sus costumbres para llevarlas de souvenir, etc, entre un sin fin de actividades y demostraciones varias para luego gritarle al mundo que uno ha conocido este maravilloso país. No quiero que piensen que estoy en contra del turismo; a mí me gusta mucho viajar y de hecho, si se tiene la oportunidad, me parece una actividad muy saludable. Pero uno no puede declarar conocer un país en el que estuvo unos cuantos meses parranda tras parranda (y el caso de Japón es aún más especial, teniendo en cuenta esa -ignorante- idolatría sin medida que recibe de parte de mucha gente que se hace llamar otaku).

Yo nunca llevé mi bolso forrado en chapas, pero tenía algunos parches, los cuales me traje a Japón. No me he atrevido a usar ninguno. Hay veces que cuando he planeado invitar a amigos japoneses a casa, pienso en sacar algunos posters y/o esconder algunas figuras de acción antes de que lleguen. Una amiga japonesa, muy amante del manga, tiene su numerosa colección de tomos oculta en un armario para que pase desapercibida ante las visitas normales. Muchos de los y las cosplayers que podemos ver haciendo sus locuras en las calles de Tokyo, son salaryman u office ladies de día y cosplayers por los fines de semana, como superhéroes encubiertos.

Por eso me pone de mal humor, y más que eso, me shockea, cuando presencio esta proliferación de tribus urbanas en mi país. ¿Qué diablos pasó en estos dos años? La primera vez que tuve la oportunidad hace un tiempo de ver aquel programa que no voy a nombrar, en el que se les da espacio a los jóvenes para que pierdan su tiempo y neuronas en defender subculturas de las cuales no tienen ni idea, quedé inmóvil de la impresión. Niños de escuela secundaria que, sin distinguir cuál es la diferencia de la pronunciación de la sh y ch, proclaman ser versados en cultura popular japonesa. Niños, pobres niños, que copian modas y actitudes de una forma bastante penosa, alegando ser diferentes, evitando mirarse al espejo. No quiero sonar como una persona prejuiciosa, pero sólamente hay que escuchar cómo hablan. Y no lo digo para burlarme, si no por que en su léxico se nota una enorme falta de educación, la cual no tiene que ver con aspectos económicos o el rol de los colegios.  La mayoría seguramente cuenta con un computador y acceso a internet, justamente la vía por la cual empezaron a sacar las ideas de todas estas tribus pero, precisamente contando con tal infinita y conveniente fuente de información, pocos se dedican a aprovecharla. La mayoría imita lo que quiere ver y este archivo de conocimiento fallado se comienza a multiplicar tan rápido como un virus.

Ahora todos los jóvenes se identifican con una tribu (alegando una búsqueda de identidad que, se pierde precisamente en ese proceso de etiquetarse) e, incluso hay aquellos que se admiran de la nueva tendencia de los jóvenes de hoy, con sus innovadores gustos y preferencias que, compondrán una nueva generación. Yo no he visto que haya cambiado nada. Cuando yo tenía la edad de ellos era un ente extraño en un mar de gente que me criticaba lo que hacía por que yo no estaba a la moda. También habían personas que se definían como góticos, punks, y otras subculturas más old school, entre las cuales se hallaba gente inteligente que deben estar siguiendo sus propios y espinosos caminos, pero la mayoría sólo se ocupaban en delinearse los ojos, pararse los pelos, llevar chapas o carpetas con los cantantes de regla y creerse grandes personajes dentro de aquel austral país alejado de todo. Pues es muy fácil ser gótico, otaku o hardcore, desde las seguras inmediaciones de la propia casa, ciudad o cultura, viviendo un ensueño dibujado según nuestros pareceres y conveniencias.

Un buen profesor de fotografía, una vez relató en su clase:  “muchos han ido a la réplica de Venecia que está en Disneyworld y se maravillan por la atmósfera y belleza que posee. Pero luego esas mismas personas van de vacaciones a Italia, visitan la Venecia real y se ofuscan. La de Disneyworld les parecía más bonita. Estamos en una era donde las réplicas se vuelven más genuinas que los originales.”

Vuelvo a repetir, niños, pobres niños.  Si logran cumplir aquel sueño de venir a Japón que muchos dicen tener (si es que en primera instancia se atreven a subir al avión), van recibir la fría bienvenida de este pueblo que no se dedicaron a conocer y escucharán que se están riendo a carcajadas de ellos.